Diario del 19 de noviembre
Querido diario:
Hoy he acompañado a un amigo a comprar una mesa de despacho. Hemos aterrizado en un polígono industrial a la caza de una tienda de esas de liquidación de stocks y precios bajos. Lo que no sospechaba es que esa excursión iba a convertirse en un viaje hacia lo desconocido, a dimensiones paralelas de la existencia y hacia un horror cósmico que ni Lovecraft en plena borrachera podría imaginarse.
Al entrar he sufrido una regresión a los años ochenta y he llegado a temer que un Chanquete con tupé, hombreras y una Ruperta en la mano derecha, me preguntara qué andaba buscando. Pero no: nos ha atendido un chaval de unos 28 (recién salido también de la máquina del tiempo), que en cuanto mi amigo le ha dicho lo que quería, ha contestado lo siguiente (intento transcribir fiel y lealmente):
Pasad por aquí… Bueno, lo que son mesas de oficina no las tenemos porque no las tengo preconfiguradas.
Mi amigo, que ha debido percibir que crecía en mi interior el interés por el funcionamiento de la silla eléctrica, me ha mirado a los ojos aterrorizado suplicándome telepáticamente que, por favor, no hiciera nada por lo que pudiera terminar acusado de homicidio con premeditación y saña y lo más sorprendente del caso es que le he obedecido mansamente, me he quedado cual esfinge y me he puesto a declinar pa mis adentros los sustantivos del sindarin con el objetivo de no escuchar al dependiente.
Después de repasar mentalmente la morfología completa de las lenguas de la Tierra Media, me he percatado de que ya estaban a punto de cerrar la transacción y empezaban a hablar de precios. En eso que el dependiente, que debería estar en Guantánamo con un tratamiento a base de bromuro, prozac y antiparasitarios, va y suelta:
El precio de lo que son las mesas de oficina, las cuales llevan tablero de cristal, no lo tengo en lo que son los catálogos de la otra empresa, que es como de gama alta, pero tiene una línea de precios ajustados que viene a ser un poco lo que tú estabas buscando.
Como comprenderás, querido diario, he intentado que no se me notara el latigazo de adoración que he sentido en este momento por Vlad el Empalador y estarás conmigo en que ha sido muy difícil mantener la calma mientras sentía que la sangre se evaporaba de mis venas. Pero al final, de tanta tensión acumulada, he terminado explotando y no he podido evitar la risa. Bueno, ha sido una risa silenciosa. Una risa para dentro, siniestra, gorjeante. Mi amigo me ha mirado y me ha preguntado si me pasaba algo. Y no le he podido contestar. Tenía la mano en la boca y de mis ojos derramábanse lágrimas de puro estupor y descojone. Cuando el dependiente iba ya por el lo que es número quince (que los he contado), me he visto obligado a desconectar porque en ese momento se me planta un alien delante y dejarlo acojonado solo con la mirada.
En fin, querido diario, hemos salido de allí sin comprar la mesa. Mi amigo me ha confesado después que él también ha sentido la regresión y que sospechaba que el dependiente estaría ahora en un cubículo húmedo y oscuro, esperando a que viniera otro cliente. Yo le he dicho que seguro que cuando pusiera el cartel de cerrado en la puerta del comercio, le saldría joroba, arrastraría la pierna izquierda y se pondría a respirar con el mismo ruido que hace una cazuela llena de crema de calabacín hirviendo.
Sinceramente, querido diario, espero que mi amigo termine comprándose la mesa en Ikea, que serán todo lo difíciles de montar que tú quieras, pero por lo menos uno no siente el vértigo en el estómago que, como todo el mundo sabe, se produce al cambiar de dimensión temporal.

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