Feliz año nuevo. Y tal. (2)
ESTA ES LA CONTINUACIÓN DE ESTE POST. LEANSELO ANTES GRASIAS DE ENTREKOT KE DIOS LOS VENDIGA KE PAJINA MAS VONITA
Más kilómetros de nada. Y más. Y más. Y después, Despeñaperros. Curioso nombre para un desfiladero estrecho y con más peligro que un lingote de oro en una fiesta de poligoneras, digo. Curva paquí, curva pallá, curva paquí, pota pallá, curva paquí, otra pota pallá y así sucesivamente hasta que llegamos a Córdoba (ilusión por tierra, yo quería ver la mezquita, hoygan, aunque fuera desde la autovía), después Sevilla, Jerez (más propiamente Heré) y dos km más pallá de Heré todo empieza a volverse como muy andaluz, como muy de señorito, copa de fino y caballo con borlas, todo muy folklórico y muy de tonadillera. Hasta la cuneta de la autovía tiene volantes. Y para los que os pase lo mismo que a mí, os advierto: Rocío Jurado no es de Chiclana, es de Chipiona. Ya me ha quedado claro. No hace falta que nadie se vuelva a descojonar en mis morros. Vale. Así que me tuve que conformar con ver la puerta de la casa de la Pantoja.
A todo esto, la Señora Fra no sé quién es pero debe de estar forradísima. Y tiene pueblos y todo. De Sevilla pal sur todo es de esta señora: Jerez de la Fra. (Heré), Chiclana de la Fra., San Fernando de la Fra., Las Alquerías del Niño Quemado con un Litro de Ácido Sulfúrico de la Fra., etc. Y juro que hay un pueblo que se llama San José de Malcocinado. San José de Malcocinado. DE MALCOCINADO. Y si no me creéis, enlace al canto. Afortunadamente, no es San José de Malcocinado en una Olla Exprés sin Aceite de Oliva Virgen Extra de la Fra.
Llegamos al pueblo (que no es ninguno de los anteriores, no digo el nombre para mantener la intimidad de todos los habitantes de Benalup-Casas Viejas [de la Fra.], que son pocos y no me arriesgo a ser el protagonista de la próxima matanza del cerdo), dejamos las cosas y nos dispusimos a roncar cual reno siberiano en época de celo, que son muy de roncar, como todo el mundo sabe.
Al día siguiente me desperté y estaba yo con tanta sugestión de cosa de la naturaleza y de vida campestre (soy más de asfalto que las apisonadoras) que me parecía que habían puesto la Suite de Peer Gynt por los altavoces del pueblo. Allá que nos fuimos después de desayunar a hacer las compras para la cena de Nochevieja y el cocido de Año Nuevo. Oye, qué de poderío en las tiendas de ese pueblo, tú, que aquello parecía la Cueva de Alí Babá (demasiado acostumbrado estoy a Mercabrona y su Hacendado). Claro, el problema vino cuando intenté comunicarme con los nativos. Me sentía yo como un híbrido entre David Livingstone y Lázaro Carreter, gorro de explorador incluido. «Uy, mira, qué criatura más interesante, cómo glotaliza» y «anda, la carnicera, hay que ver qué metátesis más majas hace» o «fíjate, qué aspiraciones más de africada postdorsal sonora de la estanquera». Claro, más fascinado que andaba yo que si me hubieran dejado en la Quinta Avenida con un fajo de cien billetes de mil dólares cada uno en el zurrón, no me cosqué de que nos tocaba a nosotros. Y menos mal que llevaba intérprete, porque yo no entendía nada de nada. Pero nada es nada. Y eso que yo estoy acostumbrado a lidiar con todo tipo de estructuras guiris tipo «en la casa de mío voy al pie» o «ayer estaba andado al calle desde centro a la Corte Inglés, ¿o?» y similares. Pues nada. Juro que me habría apañado mejor intentando explicar el mecanismo de la fisión nuclear a una clase de preescolar de Helsinki (y no es que hablen raro, que sí que lo hacen, es que además las partes del cerdo se llaman de otra manera y, para colmo, el cocido tiene otros ingredientes).
En fin. Comprado ya todo (Freixenet Semi-Seco nunca más, pero era el que había), descansamos, pasamos el día bucólicamente y nos pusimos a hacer la cena. Claro, antes de cenar había corrido el arcol por aquello del hermanamiento interprovincial y llevábamos ya una buena curda. Pero el apoteosis (u apoteosi) estaba por llegar.
CONTINUARÁ (MÁS TODAVÍA).


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