Feliz año. Y tal. (1)
Feliz 2010. Y tal.
«Joder, qué entusiasmo», pensaréis. «Sí, ¿y qué?», os responderé. Es que entre los putos Reyes Magos y las Navidades y la Nochevieja estoy ya de la tradición hasta el mismísimo ñoco. Menos mal que escribo esto con la distancia temporal suficiente.
Todo empezó el día que decidí pirarme a Cádiz a pasar la Nochevieja. A un pueblo de Cádiz. Desde Valencia. En coche. En pleno monzón. 804 km. O-CHO-CIEN-TOS-CUA-TRO-KI-LÓ-ME-TROS. Vale que el coche era cómodo y tal (a Dios gracias, han pasado los tiempos del 850 a Valladolid), vale que era para descansar y olvidarme del mundanal ruïdo. «¿Y dónde ves el problema?» ¿Os lo digo? ¿Sí? Pues que terminé más estresado que si me hubiera tocado aprender alemán en tres semanas.
Allá que cogemos la A3 dirección Madrid. A unos 60 km de Valencia ciudad empieza la NADA. Y cuando crees que las carreteras rectas del Gran Cañón (aullido de coyote) y esas cosas solo salen en las películas de autoestopistas asesinos, vete a la Mancha en diciembre, a las seis de la tarde y con tormenta. Entrado en La Mancha que hubimos, me vino a la mente la ya clásica imagen navideña de un camionero loco que te persigue para hacerte picadillo empotrando tu coche contra la mediana de la autovía usando su TIR negro con chimenea, versión «El diablo sobre ruedas» de Cuenca. «Si nos arrolla el camión, ni Cristo se entera», pensuve. Pensé en llamar a mi madre para comunicarle que donaba mi cuerpo a la ciencia y tal, que no quería entierros, pero cómo hacerlo sin que mi madre terminara preguntándose qué pecado había cometido para tener un hijo tarado era una dificultad demasiado grande teniendo en cuenta que había cosas más importantes de qué ocuparme en ese momento (como el hecho de tener a un camionero psicópata persiguiéndonos cerca de Almendralejo de los Colgajos).
Doscientos km de nada absoluta después, en la autovía Comunidad Valenciana – Extremadura, y sin que el camionero degenerado hubiera dado señales de vida, decidimos parar para estirar las piernas, aunque fuera la última vez que lo hiciéramos en vida. «Paramos en la siguiente, ¿eh?» Sí. En la siguiente. Claro. Dando por hecho que habría una siguiente estación de servicio. Pero es lo que tiene la nada, que no tiene NADA. No sé cuántas horas después va y encontramos una (así que ya no puedo decir que hicimos 800 km de nada absoluta, fueron solo 760). Pero hete aquí que es la única estación de servicio del país regentada por dos descuartizadores degenerados que primero nos iban a violar, después nos iban a romper las rótulas, nos iban a volver a violar y al final nos iban a degollar para vender nuestros órganos a la mafia albaceteña (que es muy mala).
Escena: lluvia torrencial, luminoso sin letras (era una ESTAIÓN E SERICIO REPOL); dentro: dos estantes con chocolatinas caducadas y yogures Chambourcy con el consabido tubo de neón que titila. A la izquierda, un mostrador con un ábaco y un cajón para los ducados de plata. A la derecha, otro mostrador, unas banquetas y un televisor en marcha con la Belén Esteban gritando como una verdulera (super tranquila).
«Dos cafés, por favor», sonrío.
El tío nos mira a los ojos, y nos mira, y nos mira, y sigue mirando.
«¿Azúcar?», pregunta.
«Sí», y a punto estuve de añadir «a mí vióleme el último y las rótulas si eso ya me las voy rompiendo yo mismo», pero me contuve, no le fuera a dar ideas.
Nos tomamos los cafés (¿por qué no me pusieron en los genes un paladar de amianto?), pagamos al otro violador-descuartizador y salimos de allí a toda leche.
Rechinado los neumáticos que hubimos y pensando con alivio que habíamos burlado a la Parca, decidimos que a la próxima (si es que no nos había hecho puré el camionero psicópata) pararíamos en algún pueblo, que si te descuartizan, por lo menos ponen tu nombre a una calle: Calle de la Matanza de los Valencianos.
Continuará.

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