De fuera vendrán
… que acabarás descubriendo lo muchísimo que odias las fiestas patronales de tu ciudad y de cuánta gilipuertez puedes llegar a hacer en cuatro días. Si hablamos de Valencia y sus fallas, la cosa se vuelve siniestra.
Estos días he estado haciendo TODO lo que las guías turísticas de pro dirían que hay que hacer durante estas fiestas, a. s.:
- Ver las fallas más grandes, las de la sección especial (que es como la Primera División de las fallas): todo arte, color y expresión del más fino y vanguardista de los humores,
- visitar las calles iluminadas de los primeros premios. podríase decir que este año han imperado los diseños minimal con un aire zen contemplativo, todo muy posmoderno (a las pruebas me remito)
- ver los castillos de fuegos artificiales, las mascletàs municipales y disfrutar de los petardos de los espontáneos (todo muy respetuoso),
- tomar chocolate con coca de llanda al llegar el alba y, por encima de todo,
- contemplar la cremà, momento espiritual que los valencianos disfrutamos con especial recogimiento.

Iluminación super zen de la muerte
Todo esto significa, en el mismo orden arriba expuesto:
- Pegarte unas caminatas de padre y muy señor mío, bajo un frío húmedo que penetra hasta el hueso mayor de la curcusilla y dejarte los pies con más ampollas que la espalda de un alemán en Benidorm,
- contemplar ninots elegantes, como antes he dicho es todo muy de vanguardia, como a Carmen de Mairena con un tanga dorado enseñando un huevo o un ancianito tomando viagra y cuyo miembro viril dejaría a la Torre de Pisa en muy mal lugar,
- esperar media hora para ver una mascletà, esa misma noche una hora para ver el castillo, hora y media al día siguiente para la traca y dos horas para la nit del foc, junto a otros 400.000 individuos sudorosos y/o borrachos y/o histéricos y/o hasta el mismísimo coño de tener que aguantar que 399.994 vándalos (o sea, todos, menos los seis que íbamos) te tiren petardos a los pies, qué divertido, hombre, no pongas esa cara, que total, solo se te ha quemado la parte derecha de la cara, los pantalones vaqueros y las botas de militar… ríete, hombre, ¡que estamos en fallas!,
- pegarte un atracón de comida sana intentando emular los resultados de Supersize Me, pero en cuatro noches, a base de chocolate caliente, buñuelos, churros que ya estaban rancios en la Cueva de Altamira, cocas, restaurantes chinos, raciones de arroces al horno preparadas para un regimiento de infantería y que cinco personas consumen en siete minutos, siete (y ojo con acercarte al plato, que hasta Sauron echaría a correr gritando cual puerco) y, he aquí la esencia fallera,
- abrasarte la cara porque uno decide, como no puede ser de otra manera, acercarse a ver la falla más grande en la plaza más pequeña de la ciudad y resistir una estampida que ya quisieran los peregrinos de la Kaaba mientras las llamas se hacen cada vez más altas y el calor empieza a derretir los ojos de los incautos que se han puesto en la primera fila… todo con mucho dolor, vísceras y lamentos.

Carmen de Mairena.
En fin, que cómo he disfrutado de las fallas y qué bien lo he pasado. Estamos a lunes y ayer, e. d., 48 horas después de quemarlas, dormí hasta las tres de la tarde.
Qué bonitas las fallas, oye.



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