El café en los tiempos del cólera
El otro día me encontré con un libro en Flensburg que se llama “Dänen lügen nicht: Kuriose Geschichten aus Skandinavien”, ‘Los daneses no mienten: historias curiosas de Escandinavia’, escrito por Kristof Magnusson. Y por detrás dice, traducción mía: Los daneses no mienten. Presumiblemente. Pero beben, adoran los muebles claros y hacen un café malísimo.
Sobre lo primero, ni idea.
Sobre que si beben, sí, beben. MUCHO. O es lo que me parece a mí.
Adoran los muebles claros: sí, los aman con todo su HENTREKOTT. Eso sí, los daneses hacen los muebles claros más bonitos del Universo. Y los más caros.
Que hacen un café malísimo, y esta es la clave de todo el post, sí, es una verdad empíricamente demostrada. Cabría preguntarse si hacen un café malísimo o si es que simplemente son muy creativos a la hora de poner nombre a las bebidas. Esta mañana, sin ir más lejos, me he tomado uno en la cafetería del aeropuerto y todavía no sé si lo que me han puesto era café o una muestra monodosis de las últimas tendencias en medicina escandinava contra el estreñimiento.
Impresionante.
El trayecto desde el aeropuerto a casa lo he hecho rezando con el mayor fervor a Nuestra Señora del Tanagel y pisando el acelerador lo más a fondo que me ha permitido mi responsabilidad y el miedo más absoluto a caer en un profundo pozo de desesperación y amargura, alaridos mediante, etc., etc.
Perdón por esta incursión en el ámbito de la escatología cotidiana, pero tenía que decirlo. Si queréis aceptar un consejo de buen amigo, no pidáis café en Dinamarca. Y si lo hacéis, será bajo vuestra exclusiva responsabilidad y teniendo en cuenta que podréis tener una auténtica experiencia vibrio cholerae.
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