
Ni prepararse para una entrevista de trabajo, ni hacer una exposición oral sobre la historia de tu país, ni leer un novelón de 700 páginas: uno sabe comunicarse en una lengua extranjera cuando va a la peluquería y sale satisfecho.
La primera vez me equivoqué de hora, el peluquero me pegó la bronca y aprendí a hostias la diferencia entre menos cuarto y y cuarto en danés. Je. Je, je. Después de eso, dejé que me hicieran y salí con una permanente, mechas en caoba y el corazón encogido.
La segunda vez, repasadas las horas, me estudié por los lados, por arriba, la nuca, las patillas. Al llegar a casa, abro la puerta y oigo: Soy servidor del Fuego Secreto, que es dueño de la llama de Anor. Tu fuego oscuro es en vano, llama de Udûn. ¡Regresa a las Sombras! ¡¡¡No puedes pasar!!!
La tercera, o sea, ayer, fue bastante mejor y pude decir en perfecto danés lo quiero así y así o te partiré las piernas en un callejón oscuro, ¿estamos?
Y conseguí lo que quería.
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