El italiano es fácil

Cuando alguien habla de la lengua italiana, muchas veces nos vienen a la cabeza dos cosas: a) que es una lengua romántica -como si tuviera algo que ver con el romanticismo artístico, además de que en el DRAE aparece romántico como sentimental, generoso y soñador– y b) que es una lengua sencillísima…, hm,… sencilla, sí, como todas.
Es cierto que podemos comunicarnos con los italianos con relativa facilidad -no es que podamos leer a Umberto Eco de buenas a primeras, pero vale- y que eso nos llena de satisfacción y nos regodeamos en esa hermandad italo-española tan de sangría. Pero el que haya estudiado italiano sabrá que la ortografía no es precisamente fácil, los artículos son la monda, hay vida léxica más allá del pomodoro y el carpaccio, los participios son dignos de rabieta y la sintaxis de las condicionales no tienen nada que ver con la castellana. Luego está el tema del supuesto romanticismo. ¿Quién se inventaría esa estupidez? Supongo que Laura Pausini y Franco Battiato han hecho mucho daño al cerebelo de más de uno.
Hay lenguas que nos pueden resultar difíciles a los castellanoparlantes y otras no tanto, pero no se puede decir a las bravas que el italiano es facilón y el chino, difícil de morirse -aunque no tenga conjugación, declinación ni nada que se le parezca, lo que, francamente, es una ventaja: pregúntaselo a un estudiante de alemán, ruso, griego, rumano, persa o japonés-. No voy a decir ahora que el mandarín es sencillo: es terriblemente complicado de pronunciar, hay que andar con pies de plomo colocando las palabras en el orden correcto y, claro, la ortografía hay que tomársela con mucha calma -como la del inglés o la del gaélico, por otra parte-… aunque puestos a rizar el rizo de la escritura, el japonés es más enrevesado todavía a pesar de que al principio te puedes apañar con unos 56 símbolos.
Otro día hablaré de ortografías difíciles -el griego moderno, el inglés, el gaélico, el polaco, el japonés-, de pronunciaciones difíciles -que no necesariamente se corresponden con los que acabo de mencionar-, de morfologías que pueden provocar neurosis -la del rumano, las lenguas eslavas, el húngaro, el ronga, el navajo…- y de sintaxis que parecen inventadas por un sádico -ahora la que todos estabais esperando: el alemán.
Ni el italiano es facilísimo, ni el alemán es para superdotados, ni los chinos son gatos aunque maúllan, ni los coreanos son sus primos. A los castellanoparlantes, que estamos encantadísimos con los imperfectos -con los que hay que andar con más cuidado que con el uranio enriquecido- y con el subjuntivo -a pesar de que los islandeses sobreviven sin él y mira qué de pasta tienen-, que podemos enviar con tanto donaire a alguien a que se haga la permanente, a tomar viento fresco o, simplemente, a la mierda -que para eso el castellano es más customizable que un Opel Astra-, retomo el hilo que me voy por las ramas, a los castellanos nos puede parecer dificilísima una lengua, pero a los búlgaros, a los marroquíes o a los indonesios no. Las lenguas naturales -no hablo de las construidas- no son fáciles o difíciles a priori, todo depende de tu lengua materna, de cómo aprendas la lengua en cuestión -es más difícil aprender alemán con una beca Erasmus que enseñarle a mi perro la lista de los reyes godos-, de tus conocimientos de gramática, del interés y la motivación en el momento de estudiar, de si te gustan las matemáticas, la historia o si te despiporras averiguando los entresijos del comportamiento de los bivalvos en aguas poco profundas, de si la lengua a estudiar es fácil al principio y difícil a partir del tercer curso -como el inglés- o al contrario -el alemán- y de muchos factores más.
Eso sí, pedir una cuatro estaciones es fácil.