Juan Ramón Jiménez

Juan Ramón Jiménez es otro de esos autores obligatorios, como Delibes. Todos conocemos Platero y yo, del que muchos piensan que es una obra infantil. Menos conocen la cuestión ortográfica que defendió toda su vida -usar la jota para el sonido sordo velar fricativo, como en antolojía, jeranio y Jerardo– o que recibió el Nobel de Literatura en 1956, de los españoles, creo que el más merecido.
Es un poeta accesible, rotundo, sensible, se puede leer en cualquier sitio, pero sus textos son perfectos, no berrea, no hay fuegos artificiales, abras por donde abras, siempre encuentras algo interesante. ¡Qué pena que se le preste tan poca atención en las escuelas!

Platero – le dije – vamos a esperar las Carretas.Traen el rumor del lejano bosque de Doñana, el misterio del pinar de las Ánimas, la frescura de las Madres y de los dos Fresnos, el olor de la Rocina…
Me lo lleve, guapo y lujoso, a que piropeara a las muchachas por la calle de la Fuente, en cuyos bajos aleros de cal se moría, en una vaga cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos.
Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de los Rocíos caía sobre las viñas verdes, de una pasajera nube malva. Pero la gente no levantaba siquiera los ojos al agua.
Pasaron primero los burros, mulas y caballos ataviados a la moruna y la crin trenzada, las alegres parejas de novios, ellos alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado. Detrás, las carretas, como lechos, colgadas de blanco, con las muchachas morenas, duras y floridas, sentadas bajo el dosel, repicando panderetas y chillando sevillanas . Mas caballos, mas burros… Y el mayordomo -¡Viva la Virgen del Rocío! ¡Vivaaaa! – calvo, seco y rojo, el sombrero ancho a la espalda y la vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus frontales de colorines y espejos, en los que chispeaba el trastorno del sol mojado, cabeceando con la desigual tirada de la yunta, el Simpecado, amatista y de plata en su carro blanco, todo en flor como un cargado jardín mustio.
Se olía ya la música, ahogada entre el campaneo y los cohetes negros y el duro herir de los cascos herrados en las piedras…
Platero, entonces, dobló sus manos y como una mujer, se arrodilló – ¡una habilidad suya! -, blando, humilde y consentido.

Platero y yo, capítulo 48.
Juan Ramón Jiménez dijo en un prólogo a Platero y yo: Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren.
¡Qué hombre más sabio!

Comentarios

sonia dice:

Tampoco lo he leido y no me ha llamado mucho la atención, pero nunca se sabe.

IxcheL dice:

Otro libro más recomendado por ti es sinónimo de calidad ya quiero regresar al defeño parada obligada es la Gandhi que es donde yo compro mis libros.
Gracias Óscar por tus comentarios a mi blog y tus recomendaciones siempre oportunas y bien recibidas.
Saludos un abrazo.

Óscar dice:

Me alegro, IxcheL. A mí me encantó, el relato del que te he hablado me hizo pensar sobre lo (poco) absurda que es la muerte. Más besos pa ti.
Sonia, si tienes la oportunidad, ¡a por él!

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