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Parecía ahogarme tanta luz, tanta sed abrasadora de asfalto y piedras. Estaba caminando como si recorriera el propio camino de mi vida, desierto. Mirando las sombras de las gentes que a mi lado se escapaban sin poder asirlas. Abocando en cada instante, irremediablemente, en la soledad.

Carmen Laforet, Nada, Barcelona, Comunicación y Publicaciones, 2004, pág. 145.

No conozco Barcelona a fondo, ni mucho menos, pero las calles Aribau, Muntaner y las adyacentes me suenan como si fueran de mi barrio. He buscado en el callejero fotográfico de QDQ para echarles un ojo y ver dónde vivía la familia de Andrea y cómo sería la casa de Pons. Es lo que tiene ser obsesivo. Tengo una visita pendiente a Barcelona y prometo que será pronto, aunque sea cortita, como la que hice a la capital, donde hacía como cinco años que no había dejado ver mi culo por ahí. Por cierto, sin ánimo de ofender y sin entrar en la historia de si Madrid o Barcelona –en el fondo las dos me gustan, como todas las ciudades grandes pero no enormes–, tengo que decir que vi que Madrid estaba peor que la última vez que me dejé caer por esos lares. Claro que no salí del centro y no puedo juzgar cosas como el tráfico –bendito metro, qué suerte tenéis– o la calidad de la chistorra, pero sí, estaba hecha unos zorros. No voy a darle la razón a Sánchez Dragó, que es un impresentable y ayer salió en Telemadrid con orejas de burro pidiendo perdón –entre otras lindezas, dijo que los “madrileños son sucios y los inmigrantes aún peor”, según EL MUNDO–, porque no sé a qué se debe. La basura acampa por las calles entre las estaciones de Lavapiés y Bilbao –vamos, todo el centro–, los grafiteros se han empleado a fondo y hace un frío que pela. No es que esto último contribuya a que la ciudad esté más sucia, o sí, no lo sé. El caso que es que me llamó mucho la atención la guarrindonguez urbana. Y es una lástima, porque si estuviera limpita sería una delicia total, que ya lo es al 99%, eso sí. Y yo que creía que Valencia era un asco y tengo que reconocer que está más aseada, por lo menos por fuera, eso si ignoramos el tufo a abono y a hierbajos quemados que asalta la ciudad dos días al mes, o no sé cuándo, pero muchas veces, y el de alcantarilla, que es continuo, pero con la huerta tan cerquita, ya se sabe. Es que la Rita puede ser de todo, pero apañada es un rato, que te deja las calles como los chorros del oro. Es tan tan tan apañada que no duda en cargarse todo un barrio, el Cabañal, y plantar un manojo de edificios colmeneros de esos grandotes, bien altos, honra y prez de la Terreta, que tengan un aire a M–30, para ver si así da la impresión de capital. Todo menos derivar más pasta a los fondos de las concejalías de juventud y transportes, por ejemplo, que el papa es mucho papa, y más si es alemán.

 

N. B.: Obsérvese que el primer texto de la web de la alcaldesa de Valencia trata de petardos.

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De la entrevista a Sánchez Dragó en 20minutos.es:

¿Cuál fue su último viaje en metro?
Lo cojo a menudo. Da asco. Los españoles son uno de los pueblos más sucios de la Tierra y los madrileños ni te digo. Y los emigrantes, aún peor.
Recomiende una película ambientada en Madrid.
Nunca veo cine español. Alguna americana quizá, de la época de Ava Gardner, Hemingway… Fue ésa la mejor época de la ciudad.
¿Y un libro?
Una novela mía: Las fuentes del Nilo.
¿Cómo son los madrileños?
Ya no existen. Ahora son negros, cobrizos o amarillos.