El corpiño de Wagner

No me lo puedo DE creer. Acabo de leer en EL PAÍS, que se está volviendo el Diario del Corral, cuya tirada llega incluso al establo, algo sobre Wagner que primero me ha puesto las plumas de punta y después los pelos de gallina:

Corpiños de cuello alto y encajes para Wagner
La publicación de una carta en la que el compositor encarga ropa interior reabre la polémica sobre su tendencia al travestismo

Evidentemente, he picado, como todo hijo de vecino y, si no os lo creéis, fijaos en las tablas de los artículos más leídos de la edición digital, que no he sido el único, ni mucho menos. Claro, me he puesto un cubata, presto a disfrutar del artículo y ha merecido la pena. No se centran en el descubrimiento, en la polémica, en los autores que entran en tan fértil discusión –la cuestión no es su obra, no, parece ser que lo importante de Wagner está en si prefería las longanizas a la sopa de ajo y si padecía insomnio–, no, lo importante no era eso. Sigo y me entra la carcajada:

Wagner pedía «algo elegante para las veladas en casa», corpiño de cuello alto, encajes, volantes abultados, lazos y cola.

Claro, imaginarme al compositor –y a cualquiera, claro– con un corpiño de cuello alto, con el calor que debe de dar eso, con encajes, volantes, lazos y cola, así, tojunto, me meaba de la risa, el pobre Wagner, venga perifollos, claro que si hubiera sido una mujer, creo que me habría reído igual, como si me dijeran que Pepi II necesitaba vestirse de momia para dar al reino un par de faraoncillos o faraoncillas, o que Isabel de Inglaterra exigía que su marido se disfrazara de decapitado para concebir a su hijo Carlos o que Kant se llevara demasiado bien con su gato persa, que, a la sazón, fue el verdadero autor de sus obras. Hombrepordió. Wagner: «Me ponga cuarta y mitá de volantes, medio kilo de perifollos y dos ristras de encajes, a trocitos pequeños para poder hacer lacitos», y no continúo que me puedo poner grosero.

A lo que íbamos, que me pierdo. No contentos con eso, me encuentro con la teoría de que la mujer del compositor, una tal Cosima –mucho gusto, a sus pies quedo, señora o señor, pa servirle a Dios y a la Patria–, resultó no ser su mujer, sino un alocado mancebo al que no le gustaba cortarse el pelo. ¿A quién coño le interesa esto? Claro que teniendo en cuenta el follón que se ha montado con lo del etarra éste, banderitas, aguiluchos y manos en alto mediante, entiendo que las reacciones humanas son un misterio insondable. De hecho, aquí estoy yo, que me he leído la noticia de cabo a rabo.

[Pssst, esto os lo digo en voz bajita, que quede entre nosotros pero es que me he enterado de que a Wagner no le iba bien la lana, que le salían erupciones en la piel, el pobre, menudo comentario marujil, sacado del artículo, todo sea dicho de paso.]

Sigo:

Así que además de ser un supuesto travestí, dice, Wagner «tuvo una relación que pudo o no llegar a consumarse». Con una mujer que le daba seda y perfumes.

Patidifuso me quedo. «Tuvo una relación que pudo o no llegar a consumarse». Esto es como lo de Warren Sánchez. «Zapatero legalizará la marihuana… o no», o yo me he perdido algo o esta frase está bipolar perdida, frase que, por cierto, es de The Guardian, según El País. Olé la informatividad, palabro que no dudo en poner en circulación, para cojones, los míos. «Un soldado podría haber muerto en un atentado en Irak… o podría no haber muerto… o podría no ser en Irak». Obsérvese el condicional. De la puntuación, que me parece sospechosa, no digo nada. Sigue:

«A mí de Wagner me interesa la música».

Toma declaración profundísima y trascendente viniendo del Señor Breig, catedrático de la Universidad de Bochum. Hombre, lo notable sería que le interesara más saber si se depilaba el entrecejo o la entrepierna o qué tal andaba de la presión arterial, no sea que tuviera tensión, que dicen por ahí y aprovecho la ocasión para reivindicar a las personas con tensión, que si no tenéis tensión, prefiero que ni os acerquéis a mí. ¿Cómo puede alguien decir que «tiene tensión»? Supongo que cualquier hijo de vecino tiene tensión. O colesterol. Mientras esté vivo, claro.