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  • Los testículos de Europa

    Khrushev is supposed to have called Berlin ‘the testicles of the West: every time I want to make the West scream, I squeeze on Berlin’.

    Katja Hoyer, Beyond the Wall

  • La resaca que llevo hoy es de antología. Hace siglos que no bebo y ayer cené por ahí, iba a ser algo corto, una puesta al día rápida. Botella de vino va, gin tonics por aquí, un ruso no sé qué antes de que cierren, me queda una botella de protos en casa, uy, que no puedo coger el coche, pues a ver qué hacemos, uy, mira, mi mujer me está llamando, ay, es que no te la mereces, soy muy fan, yo también, pero es mía, ya lo sé, no te preocupes…

    Martes de resaca. Martes.

  • Hoy hace un año del incidente.

    Hoy también ha sido el primer día en que he podido andar con un poco de normalidad. Llevaba casi una semana que no podía andar bien de los dolores, de las agujetas y del agotamiento.

    Un año del horror.

  • Market Polyamory, Patriarchal Monogamy & Other Queer™ Traps

    man in white dress shirt holding red bouquet

    There’s something that’s been bugging me for a while: how did open relationships become the sacred cow of queer culture—especially among gay men?

    I’m not anti-sex. Or anti-freedom. I just don’t buy the idea that sleeping with multiple people automatically makes you radical or anti-patriarchal. It often feels like we’ve traded one tired model, hetero monogamy, for another—just now with more bodies in rotation and a dash of capitalist urgency.

    The Market Logic of Love

    I was reading this Guardian article about a straight couple who separate, sleep with other people, then rediscover their passion and come back stronger. Enlightened. Renewed. Transcendent. And I thought: isn’t that basically the same plot behind most “modern” queer relationships?

    The idea that for love to work, you have to inject variety, movement, competition—a kind of sexual stock market. Like desire can only exist when it’s constantly fed with novelty. Like Burger King is the measure of freedom in North Korea.

    What if it’s not freedom at all? What if it’s just another hustle?

    Polyamory and Open Relationships, but Make It Neoliberal

    Let’s be honest: open relationships are hard. Especially for gay men. Not because we’re weak or messed up, but because we’re swimming in murky waters.

    On one side, we’re rejecting traditional monogamy—an institution historically used to control women, inheritance, sexuality, and bodies. Good. On the other side, we’re applying neoliberal logic to our intimacy: maximise pleasure, avoid boredom at all costs, diversify your sexual portfolio. Swipe, match, repeat. We want everything. Now. Or else? Anxiety. Low self-worth. Grindr. Another scroll.

    Are We Just Repackaging Alienation?

    Here’s the thing: open relationships aren’t inherently bad. But let’s stop pretending they’re inherently liberating either. If your relationship is just two people orbiting each other while outsourcing affection and orgasms to strangers, is that freedom—or just a different kind of disconnection?

    What if we’re not dismantling patriarchy, but just validating capitalism’s favourite myth: that more = better? What if all we’re doing is burning ourselves out emotionally and sexually?

    The Cult of the “Cool Couple”

    Let’s talk about those couples on apps—»we go together» bios, looking for thirds. At first it sounds mature, honest, evolved. But give it a month, and they’re fucking separately, lying by omission, and performing queerness like a brand.

    Most of these encounters aren’t even that satisfying. Not for lack of skill (okay, sometimes), but because there’s no connection, no care. Just quick consumption. If someone doesn’t want you anymore, maybe the answer isn’t outsourcing. Maybe it’s confronting what’s broken. Monogamy and patriarchy aren’t the same thing.

    I’m 100% with Adrienne Rich when she said:

    “Sexuality without mutual desire or connection is just another form of alienation.”

    Amen.

    If our radical politics boil down to having a lot of mediocre sex with strangers while calling it freedom, something’s gone very wrong. Let’s stop confusing sexual productivity with liberation.

    Let’s dream bigger than “open or closed.” Let’s ask what kind of values we want to build our relationships on. Tenderness. Commitment. Honesty. Mutual care. Room to breathe and grow—together. A space that’s not a prison, but also not a fucking shopping mall. We don’t have to mimic the hetero starter pack of white sheets, two kids, and a Volvo estate. But neither do we need to become the poster children of pink capitalism.

    The Real Revolution Is Staying

    The market wants us queer, productive, desirable—and lonely.
    Always chasing, never enough. But maybe the most radical thing left is to stay, to build and to care. Even if it’s not sexy. And maybe, just maybe, that’s exactly the point.

    If you want to read the Spanish version of this text, you can find it here.

  • Vivir sin WhatsApp

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    Vivir sin Whatsapp o cómo desconectarse del capitalismo, del grupo del colegio y hasta del Grindr

    Parece una locura, pero sí, se puede vivir sin WhatsApp. Y no solo se puede, sino que es profundamente liberador si eres mujer, cuidadora, precaria o un hombre gay atrapado entre el doble check azul y el «está a 374 metros». Porque no es solo una app, es un sistema de control emocional y disponibilidad permanente. Una prolongación de las jornadas laborales, sí, pero también de las ansiedades afectivas. Nos viene fenomenal para la cabeza.

    ¿Se puede vivir sin mensajería instantánea y sin redes sociales?

    Sí, se puede, pero para eso hay que entender primero una cosa. Nos vendieron la mensajería instantánea como una herramienta para estar más conectados, para hacer fácil una reunión de amigas, para distribuir información por escrito, pero lo que han conseguido es que estemos más vigiladas, más disponibles y más explotadas. Si eres mami te meten en los grupos del colegio, en el de la familia, el trabajo, y el que crean para celebrar el cumpleaños del perro. Si eres maricón, Grindr te tiene igual de enganchado, pero en otro tipo de trinchera emocional: la de las notificaciones, los «hola», los «qué buscas», las fotopollas y los ghostings como forma de gestión afectiva estándar.

    Y eso también desgasta. Porque cada chat es una promesa o una expectativa que no se cumple. Y si se cumple, igual tampoco era para tanto. El capitalismo afectivo crea una economía basada en la atención: cuanto más disponible estás, mejor. O al menos, eso parece. Y WhatsApp (y Grindr, y todas) juegan ese juego.

    woman holding black smartphone at Whatsapp logo

    WhatsApp, cuidados invisibles y explotación emocional

    Podemos ponernos intensos y decir que vivir sin WhatsApp o sin Grindr es un gesto político. No voy a estar siempre, no voy a contestar todo, no voy a dejarme drenar. Es también una forma de cuidarse, de no regalar energía a quien no la devuelve, de salir del bucle de likes, vistos y mensajes sin respuesta. Porque a veces no necesitamos más comunicación, sino más silencio, más presencia y menos algoritmo.

    Yo no tengo ninguna red social y estoy intentando no sentirme culpable cuando no contesto a los mensajes. Y sí, desconectarse cuesta. Incluso si has aprendido con el tiempo que el deseo también pasa por ahí. Si el afecto se mide en líneas verdes y la validación depende de si alguien te contesta en tres minutos o en tres días. Pero precisamente por eso hay que intentarlo: porque merecemos vínculos menos frágiles, menos productivistas y menos precarios. Las llamadas son una maravilla que habíamos olvidado. Cristina Fenollar, que en paz descanse, ya lo decía: ¿por qué vamos a hacer una llamada de tres minutos para quedar con tu amiga y tomar café si podemos estar tres días con mensajes para arriba y para abajo para terminar no viendo a esa persona? ¿Estamos locas o qué?

    Desintoxicación digital: salud mental y resistencia

    Vivir sin mensajería instantánea también es una cuestión de salud mental. Porque de verdad que esto va de ansiedad, de presión, de culpa, de expectativas en todas direcciones y de sentir constantemente que hay alguien que te está prestando atención. Va de no saber si puedes tardar en responder sin parecer una borde. Y puede que no respondas porque no eres capaz de pensar o porque no te apetece o porque estás con una diarrea voladora de las que te hacen adelgazar dos kilos en 24 horas. Esto va de conversaciones simultáneas que no profundizan en nada y que sirven para comunicar «que sepas que soy tu amigo y me acuerdo de ti pero no nos vamos a ver en los próximos cuatro años». También va de burnout afectivo, de relaciones de usar y tirar y de «te uso para hablar contigo porque estoy cachondo, quieras tú o no». Y si lo piensas bien, esto no se diferencia mucho de ser el exhibicionista ese de toda la vida.

    Y podría continuar con ejemplos, pero me aburro hasta ayo. Aquí es donde entra la desintoxicación digital. No como moda “wellness” ni como retiro espiritual con batidos verdes ni para abrazar árboles, sino como reseteo emocional. Como forma de decir «hasta aquí». Porque también necesitamos parar en lo íntimo, en lo emocional y en lo cotidiano.

    Parar un momento y repensar cómo usamos WhatsApp no es solo un gesto simbólico o político, que no hace falta ponerse intenso a todas horas: puede tener beneficios muy reales para nuestra salud mental. Simplemente dejar de mirar notificaciones cada cinco minutos reduce esa sensación de urgencia constante que nos tiene con el cerebro en modo centrifugado 18 horas al día. Menos estímulos, menos agotamiento. También nos ayuda a gestionar mejor el tiempo porque revisar WhatsApp por inercia veinte veces al día nos parte la concentración y nos hace sentir que no hemos hecho nada aunque no hayamos parado. Y si tienes la atención un poco tocada y fuera de control, que no sé de qué me sonará a mí eso, oye, igual hasta te viene bien y todo.

    Además, hay algo profundamente liberador en dejar de sentir que tenemos que responder al momento. Se desinfla esa presión social invisible que dice que si no contestas rápido es porque no te importa. No es verdad, de verdad que no, que si cuantificas el valor de tus amistades por la rapidez en que responden a tus mensajes estás jodida. Y cuando te desconectas un poco, aunque sea solo una horita al día, aparece ese espacio mental donde de pronto respiras mejor, piensas más claro y duermes una siesta sin sobresaltos (o eso me han dicho, porque creo que mi última siesta fue antes del Vaticano Segundo). Si no respondes durante unas hora y no tienes una depresión como un piano, de pronto te das cuenta de que se abre hueco para el autocuidado, para estar contigo mismo/misma sin tanta interrupción. Y, de rebote, también mejora cómo nos relacionamos: más presentes, más atentos, menos dispersos.

    El ghosting como síntoma del capitalismo afectivo

    ¿Y qué tiene que ver el ghosting con todo esto? Pues todo. El ghosting en Tinder, en Grindr y en Whatsapp no es solo mala educación: es la forma neoliberal de gestionar los vínculos. Se desaparece porque no hay tiempo, ni responsabilidad, ni ganas de sostener nada. Porque el mercado nos ha enseñado que todo es reemplazable y porque tenemos que sacar un beneficio. Además, en los tiempos que corren, una amistad no puede salirte a devolver porque piensas que esa amistad ya no vale, que esa persona no te quiere o que a ese ligue ya no le gustas. Y en el menú infinito de cuerpos disponibles y amistades digitales, lo que no nos da gratificación inmediata, se desecha. Y si te la da, se desecha a continuación.

    Eso obvio que estamos agotades. Y sí, nos cuesta confiar. Porque las plataformas no están pensadas para construir nada, sino para mantenernos enganchadas y enriquecerse. No fomentan el vínculo, sino un enganche emocional dopaminérgico de baja intensidad, pero constante. Juegan con tu cerebro para ganar dinero. No soy un experto, pero te aseguro que la relación que tienes con whatsapp, con las apps de zorreo y con instagram es una relación tóxica de manual. Y si Tinder fuera una persona, tendría un trastorno de la personalidad.

    Aunque la palma se la lleva Duolingo, que es ese amigo tóxico que todos tenemos. Y si no tienes uno, el tóxico del grupo eres tú.

    Grindr, atención constante y vínculos precarios

    Grindr es el hermano mayor queer de WhatsApp: más salvaje, más rápido, más impersonal y más desesperado. Una feria de cuerpos geolocalizados donde el deseo se mide en metros y el silencio duele como si te hubieran dejado en visto con megáfono y efectos especiales. No es solo una app, es un ecosistema entero donde el enganche es parte del diseño, y la soledad, paradójicamente, se multiplica con cada nuevo “hola” sin respuesta.

    Porque sí, también forma parte de esta lógica de hiperconexión sin compromiso, donde todo el mundo habla con todo el mundo pero nadie dice nada. Las conversaciones duran lo que tarda en llegar alguien “mejor”, “más cerca” o “más disponible”. Y si no encajas en ese molde fugaz del deseo, simplemente desapareces. Next. Una economía afectiva regida por algoritmos, expectativas irreales y cuerpos que valen más o menos según la hora del día, la zona, el tipo de foto o si estás “en forma” para el mercado.

    El afecto, aquí, no se construye: se gestiona como una estrategia de mercado. Atención por atención, validación por validación. Un toma y daca emocional en el que siempre sientes que das más de lo que recibes, y donde quedarte en la app esperando algo que ni sabes si quieres pero que no puedes dejar de buscar se convierte en rutina. Como un juego infinito que no puedes ganar, pero del que tampoco sabes cómo salir. Porque lo que buscas (contacto, deseo, cariño, descargar o lo que sea) nunca termina de aparecer, pero la promesa de que quizá lo hará está siempre flotando ahí, como una zanahoria digital.

    Y mientras tanto, tú con la pantalla encendida a las dos de la mañana, diciéndote que esta es la última vez. Hasta la próxima notificación.

    Esta movida es mucho más interesante de lo que parece. A veces me pregunto hasta qué punto es verdad lo de que la peña busca solo sexo o cree que busca sólo sexo. Que oficialmente sí, pero no. Que caiga un chaparrón. Ya hablaré de esto en otro momento.

    Cómo desconectar y reconectar con lo humano

    Vivir sin WhatsApp, sin Grindr, sin Instagram y sin la urgencia de contestar todo, no es una locura. Es una necesidad. Es volver a tener derecho al silencio, al deseo que no se acelera, a las conversaciones que no están mediadas por emojis. No se trata de idealizar el pasado, ni de encerrarse en una cabaña con un Nokia 3310. Se trata de elegir cómo queremos estar presentes y hasta qué punto queremos llevar el control de nuestras interacciones con otras personas. De no regalarle todo nuestro tiempo y energía a plataformas que solo nos quieren enganchadas y en las que la mercancía con la que trafican es nuestra atención. Se trata, en el fondo, de recuperar el control sobre nuestras emociones, nuestro deseo y nuestro descanso.

  • Poliamor de mercado, monogamia patriarcal y otras trampas del «queerer»

    man in white dress shirt holding red bouquet

    Hay una cosa que llevo rumiando desde hace tiempo: ¿cómo hemos llegado a esta glorificación casi religiosa de las relaciones abiertas, sobre todo entre los hombres gay? Y no porque tenga nada en contra de que la gente folle con quien quiera, sino porque tengo la sensación de que nos estamos tragando sin masticar otro relato normativo, disfrazado de liberación sexual, que en realidad es más neoliberal que revolucionario. Pero a muchos les han convencido de que es eso precisamente, una contribución a la lucha contra el patriarcado, nuestro granito de arena a la liberación marika. Y después, ya podemos seguir con nuestras vidas. Circulen.

    Todo esto viene porque he leído en The Guardian la historia de una pareja hetero (Fred y Hester) que se separan, empiezan a acostarse con otras personas, redescubren el deseo mutuo, y acaban volviendo más sabios, más seguros, más sueltos. Una maravilla todo. Y voy yo y pienso: ¿cuánto de eso no es exactamente lo mismo que se repite en muchas relaciones abiertas LGTBIQ+? Es esa idea de mierda de que para que funcione el amor hay que meterle mercado, variedad y constante rotación de cuerpos. Como si la cantidad garantizara la calidad y el bienestar. Como si el deseo solo se sostuviera a base de novedad y consumo rápido. Es como decir que la población venezolana no es libre porque no puede ir al Burger King. Como si la libertad consistiera en poder elegir la comida rápida de la que te vas a morir.

    Venga, va, vamos a ser honestos. Las parejas abiertas son difíciles. Mucho. Y las parejas abiertas de maricones, más aún. No por moralina ni por trauma, sino porque estamos nadando en aguas aún más turbias: por un lado, queremos deshacernos del modelo monógamo tradicional, esa institución del patriarcado que ha funcionado durante siglos como herramienta de control de las mujeres, del deseo, del cuerpo, de la herencia y de la reproducción. Es un modelo que nos ha venido jodiendo a la mayoría de los maricones desde hace mucho. Al mismo tiempo, aplicamos la lógica neoliberal a nuestras relaciones: maximizar el placer, diversificar la cartera sexual, huir del aburrimiento como si fuera la peste, consumir polvos. Lo queremos todo. Y lo queremos ya. ¿Y si no lo tenemos? Ansiedad. Autoestima por los suelos. Grindr. Otra ronda. Scroll.

    Dicho esto, pienso: ¿no será que las parejas abiertas, en lugar de liberarnos del patriarcado, nos hacen firmar otro contrato de permanencia con el capitalismo emocional? ¿No estaremos validando la idea de que más es siempre mejor, incluso cuando “más” nos deja vacías?

    Abro otro melón: ¿qué me decís de esas parejas súper enamoradas que al cabo de diez meses de conocerse están abriendo la pareja? Ay, chica, yo qué sé, pero me da por pensar que tan enamorados no estaban. Como me oiga la Policía Queer Antifascista, me lleva preso. Que igual yo me enamoro de otra forma y soy yo el que tiene la cabeza carcomida. Pero cuando me ha pasado de verdad, sólo he querido follar con esa persona. ¿Y qué hacemos con esos que sólo se validan cuando han follado o cuando tienen novio? Que eso es muy marika: es lo de estar «conociendo a un chico» cada dos semanas, en una rutina imparable de buscar a alguien que valide tu cuerpo y te valide a ti. Porque tengo que follar mucho pero tener pareja y viajar y saberme todos los grupos de modernas folklóricas porque yo soy muy revolucionaria y escucho muixerangas, pero también veo Eurovisión y me gasto en Primark tres euros por una camisa que ha cosido mano esclava infantil. O sea, qué jaleo.

    Vamos a hablar de las parejas abiertas que buscan a terceros online porque han tenido esa conversación iluminadora, la que hace que construyan una narrativa entre los dos para justificar follar con otros. ¿Soy yo o es un clásico empezar escribiendo en Grindr «vamos juntos» y terminar follando por separado cada tres días? ¿Soy yo o esas parejas terminan mintiéndose por sistema, con honrosas excepciones? ¿Por qué necesitan follar con uno detrás del otro constantemente para hacer ostentación de ser antipatriarcal? Si me dijeras que están teniendo dos orgasmos cósmicos a la semana, lo entendería. Pero no. La mayoría de los polvos con desconocidos son, vamos a decirlo, mediocres. No porque falte técnica, que también, sino porque falta vínculo, conocimiento mutuo y cuidado. ¿Cómo va a compararse eso con follar con alguien que te conoce, que te escucha, que te mira con deseo incluso cuando no te has duchado? El problema es, precisamente, cuando no te desea. Haz algo por recuperar a tu pareja, la persona a la que dices que amas, que el patriarcado y la monogamia no son lo mismo, joder. ¿De verdad queremos sustituir la intimidad por el scroll eterno? Soy muy fan de Adrienne Rich y su “la sexualidad sin deseo mutuo, sin conexión, es solo otra forma de alienación.” Fin de la cita y qué gran verdad, maricón. Hemos caído en la trampa de mezclar deseos, cuantificaciones y consumo al creer que de ahí saldría la revolución queer. Que no, que al patriarcado no se le combate solo follando con desconocidos.

    Tampoco digo que la pareja monógama sea la solución mágica. Porque esa solución no existe y porque históricamente ha sido una jaula, sobre todo para las mujeres y las personas queer. Pero reproducir el modelo sin cuestionarlo, solo que con más cuerpos en rotación, tampoco nos va a salvar. De hecho, a veces nos hunde más. Porque cuando todo gira en torno a follar mucho y variado, ¿qué pasa si no tenemos ganas? ¿Si no estamos bien? ¿Si no hay matches? ¿Y si estamos en una silla de ruedas? ¿Nos sentimos fracasadas? ¿Indeseables? ¿Deprimidas? ¿Qué dirá el Komité Queer de las Buenas Costumbres? Consumir sin parar es lo más reaccionario, joder, que no os enteráis.

    Y añado algo de sicalipsis, pero que se nos olvida a la hora de «abrir la pareja»: si yo he tardado cincuenta años en aprender a masturbarme como Dios manda, ¿cómo piensas tú, alma de cántaro, que vas a venir y me vas a hacer una mamada «con premio» en cinco minutos? Es que es imposible y eres muy lerdo si piensas y esperas que sí. Pero también eres imbécil si piensas que vas a ser mucho más feliz viviendo con tu pareja mientras quedas por Grindr para que uno te alivie en el portal de tu casa.

    Cuando hablamos de modelos afectivos alternativos, tenemos que ir más allá de abrir o cerrar relaciones. Tenemos que hablar de qué valores queremos que rijan nuestros vínculos: el compromiso, la ternura, la honestidad, la mutualidad, la posibilidad de construir algo común que no sea una cárcel, pero tampoco un centro comercial.

    Las familias y las parejas LGTBIQ+ no estamos aquí para copiar el pack heterosexual de casa, hijos y sábana bajera blanca a falta del Volvo ranchera, que cuestan una pasta. Pero tampoco deberíamos convertirnos en la punta de lanza del capitalismo rosa. Podemos y debemos inventar otras formas de querernos, que no pasen ni por la exclusividad tóxica ni por la productividad sexual compulsiva.

    Si, como dice Hooks, el amor no es dominación, sino libertad, entonces esa libertad no la vamos a encontrar en la lógica de acumular amantes como likes. Es lo mismo que entender que ir al McDonalds te hace libre. Igual encontramos esa libertad en la posibilidad de crear modelos afectivos donde podamos respirar, desear, y sobre todo, cuidarnos.

    Maricones y huestes LGTBIQ+: hablemos de amor, de deseo y de libertad sexual. Pero también de cuidados, de comunidad, de tiempo compartido y de proyectos comunes. Porque el poliamor y las parejas abiertas no son la panacea. Y la monogamia tampoco. Ni las parejas que se abren en un intento de «no ser celoso». Yo no lo soy, que conste, pero si lo eres, no pienses que por tener tres conversaciones con tu pareja al respecto va a hacer que dejes de serlo. El problema es que eres celoso, no que toleres que tu novio folle con otros. Lo que sí puede ser revolucionario, en este mundo que nos quiere maricas de bien y ricas, pero solas, cansadas y deseando más, es quedarnos, construir, cuidarnos y comprometernos. Aunque eso no se pueda monetizar.

    Qué pesado soy, joder.

  • Sobre los deberes en los coles

    white graphing notebook

    Sigo sin entender cómo en pleno 2025 seguimos defendiendo los deberes de toda la vida. Que no, que no “forman el carácter” ni “preparan para la vida real” ni hacen que se repase lo que se ha aprendido. Lo que hacen, muchas veces, es reforzar desigualdades. Sorpresa. Porque no es lo mismo hacer los deberes en una casa con wifi, silencio, apoyo y fruta cortada que en un piso con tres hermanos, una tele a todo volumen y una madre que llega a las ocho reventada del curro. Y sí, las madres son las que siguen ocupándose de que la muchachada estudie y haga los deberes como toca.

    Ojo con el reparto de tareas: cuando los deberes entran por la puerta, el patriarcado se sienta a la mesa. En muchísimas casas, son las madres las que asumen el seguimiento escolar: las que preguntan, las que imprimen, las que se sientan a repasar. Y no porque los padres no estén, sino porque seguimos arrastrando la idea de que la educación (como los tuppers, las vacunas o las notas del cole) es “cosa de ellas”. Así que los deberes no solo alargan la jornada escolar, sino también la de muchas mujeres que ya llegan al final del día hechas mierda. Es una carga que no se contabiliza, pero pesa.

    Los deberes funcionan y han funcionado siempre como una extensión de la jornada escolar, pero sin maestras, sin condiciones, sin igualdad de oportunidades y, sobre todo, sin sentido pedagógico. Y en esto somos quienes nos dedicamos a esto los que tenemos que darle una buena pensadita. Son la prueba de que seguimos midiendo la educación en tiempo y no en calidad. De que seguimos creyendo que más es mejor. Spoiler: no lo es. O de que la letra, con sangre entra.

    Y sí, claro que puede haber tareas con propósito pedagógico: leer algo que emocione, investigar una pregunta, escribir lo que te pete con unas pautas para hacerlo de forma ordenada o practicar matemáticas en situaciones de la vida cotidiana y no repartiendo manzanas. ¿Por qué siempre son manzanas? Pero eso no suele ser lo que se manda. Lo que se manda son fichas en serie, multiplicaciones sin contexto, redacciones tipo “qué hice el fin de semana” (lo mismo de siempre, profe). Tareas que aburren hasta a la tortuga, que nadie quiere corregir y que acaban crispando a toda la familia. El objetivo es terminarlos para que puedas ver la tele o jugar a la consola o cerrar la puerta de tu habitación

    A veces me da la impresión de que los deberes siguen ahí no porque funcionen, sino porque no nos atrevemos a deshacernos la idea de que la educación tiene que doler. Que la infancia necesita entrenamiento, no socialización y pasarlo bien. Que cuanto antes se acostumbren a las exigencias del sistema, mejor. Repito: nos importa que aprendan a cómo funciona el mundo y a que se saquen las castañas del fuego, no sea que vayan a convertirse en personas de paguita.

    Lo que necesitan estas criaturitas de Dior es tiempo libre, juego, descanso, conversación, equivocarse sin pánico, aprender sin castigo, cagarla en un entorno en que puedan hacerlo y aprendan. Lo que necesitan son adultos que no anden todo el día diciendo “venga, que se te acumula”. Y siempre bajo la premisa de que primero son los deberes y después el disfrute, ahí, para que aprendan a quitarse las cosas de encima y a cumplir con sus obligaciones.

    Con siete años, kary, lo que tienen que hacer es saltar como macacos y hacer coreografías en grupo. Ya aprenderán la cultura del esfuerzo más tarde, que de eso hay tiempo.

    Los deberes, tal y como los entendemos, no forman: clasifican. Y siempre clasifican igual. Refuerzan las ventajas de quien ya las tiene. Penalizan a quienes no pueden. Y enseñan desde muy peque a adaptarnos a este capitalismo que nos hemos montado. Y luego fingimos sorpresa cuando vemos a quién votan los jóvenes.

    Cuando viene un niño acojonado a confesar que no ha terminado los deberes, o cuando una madre me escribe agobiada porque no le da la vida para ayudarle, me dan ganas de coger todas esas fichas y hacer una hoguera bien grande, con mascletà, y todo. Porque si educar va de eso, mal vamos.

  • “Yo, adicto”

    El enfermo no acepta ser adicto, no reconoce que necesita ayuda. Vive en una subcultura particular y utiliza un lenguaje con códigos típicos de esa subcultura para comunicarse. Es una persona con inteligencia promedio o superior (la mayoría). Tiene conflictos con la autoridad y la rechaza. Es egocéntrico e individualista, se suele preocupar poco por los demás. Distingue entre el bien y el mal, pero cuando actúa primero lo hace y después piensa (es impulsivo). Tiene controles internos pobres o débiles. Es inconsistente, no persevera. Comienza las cosas pero no las termina. No tolera la rutina. Vive el presente como un niño. Quiere las cosas cuando las pide y no puede esperar. No planifica en base a la realidad. Es manipulador, siempre busca salirse con la suya. Es inmaduro, ansioso e inseguro. No aprende de sus experiencias ni de las de otros. Tiene una bajísima tolerancia a la frustración y también una bajísima autoestima. No se hace cargo ni se responsabiliza de sus conductas, los culpables siempre son los demás. Presenta embotamiento afectivo, le cuesta sentir amor y se le hace muy difícil recibirlo. Es mentiroso y se cree sus propias mentiras. Tiene ambiciones y autoexigencias desmedidas, así como una gran capacidad para seducir y agradar. No se conforma nunca, siempre quiere más. O provoca conflictos con su pareja (objeto que puede usar como quiere) o, por el contrario, se deja usar. Trata de modificar el mundo de acuerdo con sus propios intereses. Le cuesta aceptar las reglas y las pautas externas. Es un ser desconfiado. Su complejo de inferioridad a menudo se desarrolla en forma de patología narcisista. Tiene poca confianza en sí mismo. A veces se torna irascible, negativo y hostil. Siente una culpabilidad y una vergüenza permanentes con autodesvaloración, minusvalía y tendencia al autocastigo. Tiende a la amargura existencial y la depresión. Necesita obtener la aprobación de los demás.

    Javier Giner, p. 115.

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