¿Por qué ese amigo que sacó un sobresaliente en la selectividad ahora comparte en redes vídeos grabados con una webcam de 2006 donde demuestran que la Tierra es plana, que los inmigrantes viven de las pagas de Perrosanxe y que los políticos comen niños en sótanos? ¿Qué ocurrió exactamente entre la selectividad y Facebook?
Aunque lo creas, no se ha vuelto tonto. Y aquí viene la segunda parte, aún peor: tú tampoco eres inmune a volverte imbécil. Compartir fake news no es un problema de inteligencia, ni siquiera de formación académica. Es un problema de cómo funciona el cerebro humano cuando se mezcla con emociones fuertes, identidad social y un feed infinito que no da tiempo a procesar nada con calma.
Las noticias falsas no triunfan porque la gente sea idiota, sino porque están diseñadas para encajar en nuestras debilidades cognitivas. Y no, no es culpa del algoritmo. El algoritmo solo te sirve lo que sabe que te gusta. El problema es que lo que te gusta no siempre es la verdad.
Qué son realmente las fake news
Las fake news no son simples mentiras. Son mentiras construidas con intención psicológica, pensadas para activar emociones intensas, reforzar identidades de grupo y evitar cualquier análisis mínimamente racional. No buscan informar, buscan que reacciones. Y, sobre todo, que compartas.
La tesis es sencilla y poco halagadora: tu mente prefiere una mentira emocionante a una verdad aburrida. A continuación, los tres motivos principales por los que caes una y otra vez. Spoiler: ninguno te deja especialmente bien.
La regla de oro del cerebro vago: la fluidez de procesamiento
El cerebro humano es extraordinario, sí, pero también es profundamente perezoso. Está optimizado para ahorrar energía, no para buscar la verdad. Cuando una información es fácil de procesar, el cerebro la acepta sin demasiadas preguntas. Esto se conoce como fluidez de procesamiento.
Un mensaje con un titular simple, una imagen llamativa y una idea que encaja con lo que ya crees entra sin resistencia. No porque sea cierto, sino porque no cuesta esfuerzo mental. Aquí aparece el llamado efecto de verdad ilusoria: cuanto más veces ves una afirmación, más verdadera te parece, aunque sea objetivamente falsa. Da igual que la afirmación sea absurda. Si aparece repetida en memes, vídeos cortos y capturas de pantalla mal recortadas, se vuelve familiar. Y lo familiar, para el cerebro, se siente seguro. Se siente verdadero.
Compáralo con la verdad real, que suele ser compleja, llena de matices y poco satisfactoria. Explicar por qué sube la inflación implica hablar de múltiples factores económicos interrelacionados. Decir que “el político X te roba” es rápido, emocional y fácil de digerir. Tu cerebro no duda. Elige el camino corto.
Cada repetición reduce el esfuerzo cognitivo necesario. Como un sendero en la selva, a fuerza de pasar por él se convierte en una autopista mental. Y una vez ahí, la mentira circula sin semáforos.
La condena tribal y el sesgo de confirmación
Aquí entramos en terreno incómodo. No buscas información para entender el mundo. Buscas información para sentirte en el bando correcto. Esto se llama sesgo de confirmación, y consiste en aceptar sin cuestionar todo aquello que refuerza tus creencias previas mientras ignoras o desprecias lo que las contradice.
El cerebro no quiere verdad. Quiere coherencia interna y pertenencia al grupo. Tu endogrupo es inteligente, moral y lúcido. El exogrupo es ignorante, corrupto o directamente maligno. Cualquier noticia que confirme esta narrativa recibe vía libre, sin controles de seguridad.
Por eso las fake news funcionan especialmente bien cuando atacan al “otro”. No importa la fuente, la veracidad o la lógica interna. Si humilla, ridiculiza o demoniza al bando contrario, se comparte con entusiasmo. No es un acto informativo, es una celebración emocional.
Pensar da pereza
Otro dato: una gran parte de las noticias falsas se comparten sin que la persona haya leído el artículo completo. A veces, ni siquiera el titular entero. El entorno digital fomenta la reacción rápida, no la reflexión. Scroll, indignación, compartir. Repetir. Y así sin parar.
Las fake news están diseñadas para ese consumo superficial. No quieren que leas, contrastes o dudes. Quieren provocar una emoción intensa y aprovecharla antes de que aparezca el pensamiento crítico.
Pensar críticamente exige frenar, y frenar va contra la lógica de las redes. Aun así, el proceso es sorprendentemente simple: comprobar la fuente, desconfiar de emociones extremas y buscar confirmación en otros medios, incluso en aquellos que no te gustan. Pero claro, eso lleva tiempo. Y discutir en las redes sociales es más gratificante y te da ese subidón que no te da leer filosofía contemporánea.
Si la gente dedicara la mitad del esfuerzo que pone en discutir bulos a verificar información, el debate público sería más aburrido, menos histérico y bastante más sano.
