Que el documental “Hitler’s DNA: Blueprint of a Dictator” se plantee diseccionar el genoma del Adolf Hitler (preguntando si tenía micropene, testículo retenido o diagnósticos genéticos previos) no es sólo sensacionalismo barato: es un síntoma de cómo seguimos invocando la biología para explicar la maldad, cuando lo que de verdad necesita explorarse es la ideología, la estructura de poder y la cultura del odio. Y aunque la ciencia puede aportar matices sobre los condicionamientos biológicos, usarla como puente directo al por qué del terror nazi corre el riesgo de naturalizar lo que fue una construcción política y social, no un fallo genético inevitable.