La meritocracia de la felicidad

Los estereotipos de género y los estándares de belleza no son las únicas ideas a las que nos exponen los medios de comunicación: el 75% de las veces que sale un enfermo mental en la televisión lo hace mostrando un comportamiento violento ​(Harper, 2005)​ y, además, estos personajes son diez veces más proclives a actuar al margen de la ley ​(Diefenbach and West, 2007)​. O sea, que además de los roles sexistas y unos estereotipos de belleza que priman la delgadez frente a la salud, también nos están haciendo creer (o nos estamos dejando convencer) de que las personas con problemas de salud mental son peligrosas y pueden ser criminales.

Este sesgo tiene dos consecuencias: la primera es que no queremos tener a nuestro alrededor a personas que sabemos que tienen un diagnóstico , p. ej., de esquizofrenia, aunque la evidencia apunte a que, si está tratada, se producen menos casos de agresión a terceros. En todo caso, no tratada es responsable de de comportamientos violentos con un 30% más de frecuencia que con respecto a la población no diagnosticada y, en todo caso, las cifras no están claras ​(Li et al., 2020)​. Lo importante es que si conocemos a una persona con esquizofrenia es porque ésta ha recibido un diagnóstico, y si ha recibido un diagnóstico, probablemente tiene tratamiento. De ser así, la probabilidad de que sea violenta es igual o menor que cualquier otra persona. Pregunta: ¿no hay muchos pacientes que se dejan los tratamientos médicos? Sí, un 50%, pero hay otros factores que pueden influir en la tasa de adherencia al tratamiento, como el círculo de apoyo de los pacientes, el sistema de salud y, atención, sorpresa, la pasta: cuanto más pobre seas, más chungo lo tienes ​(Cañas et al., 2013)​.

La segunda consecuencia es que las personas que tienen diagnósticos psiquiátricos y sus familias tienen que soportar un estigma: decirle a alguien que eres bipolar o que tu hija tiene anorexia es el nuevo salir del armario o es incluso más difícil. De ahí se deriva la cultura del «soy súper feliz», «¿has probado con la meditación?» y el «aquí, sufriendo» de Instagram. La infelicidad está mal vista, es obligatorio ser optimista, disfrutar en familia o con amigos y pasarlo siempre súper bien y quien no está siempre en un estado de satisfecha embriaguez con su vida es porque no quiere. Los amargados de toda la vida. Esto es otra manifestación del «si quieres, puedes», «no trabaja porque le gusta vivir de las ayudas» y demás tonterías basadas en la ley del esfuerzo y en el todos somos libres.

Vamos, nada nuevo: ni la depresión se cura con yoga, ni hace falta ser bipolar para liarla parda, ni el cáncer se cura siendo optimista.


Referencias

  1. Cañas, F., Alptekin, K., Azorin, J. M., Dubois, V., Emsley, R., García, A. G., Gorwood, P., Haddad, P. M., Naber, D., Olivares, J. M., Papageorgiou, G., and Roca, M. (2013). Improving Treatment Adherence in Your Patients with Schizophrenia. Clinical Drug Investigation, 97–107. https://doi.org/10.1007/s40261-012-0047-8
  2. Diefenbach, D. L., and West, M. D. (2007). Television and attitudes toward mental health issues: Cultivation analysis and the third-person effect. Journal of Community Psychology, 181–195. https://doi.org/10.1002/jcop.20142
  3. Harper, S. (2005). Media, Madness and Misrepresentation. European Journal of Communication, 460–483. https://doi.org/10.1177/0267323105058252
  4. Li, W., Yang, Y., Hong, L., An, F.-R., Ungvari, G. S., Ng, C. H., and Xiang, Y.-T. (2020). Prevalence of aggression in patients with schizophrenia: A systematic review and meta-analysis of observational studies. Asian Journal of Psychiatry, 101846. https://doi.org/10.1016/j.ajp.2019.101846