¿De verdad la ansiedad es un problema tuyo? ¿O será que vivimos en un sistema diseñado para generarla? La narrativa dominante insiste en que la salud mental depende únicamente de la fuerza de voluntad, de la resiliencia individual y de aprender a gestionar mejor el estrés. Un horror. Sin embargo, gran parte de nuestro malestar diario tiene raíces sociales y económicas. El concepto de «alienación» nos ayuda a entender por qué nos sentimos cada vez más desconectados de nuestro trabajo, de la comunidad y hasta de nosotras mismas.
Alienación: cuando la vida deja de pertenecernos
Marx utilizó el término «alienación» para describir cómo las personas pierden el control sobre lo que hacen y sobre lo que son. En el siglo XIX se refería a la fábrica, pero hoy se cuela en la oficina con sus reuniones interminables, en los algoritmos que nos dictan el ocio y hasta en las relaciones sociales que giran más en torno al consumo que al cuidado y a disfrutar de pasar un buen rato con alguien que nos hace sentir bien.
Sentimos alienación cuando el trabajo nos vacía en lugar de llenarnos, cuando la identidad queda reducida a lo que producimos y a producir sin descanso, cuando mirar el reloj en mitad de la jornada laboral, si es que tienes trabajo, se convierte en el momento más esperado del día. Es esa sensación de estar presentes pero desconectados, como si fuéramos robots con emociones en piloto automático que intenta siempre que tengamos una vida para compartir en las redes sociales. Si en vez de «producir» dices «generarnos felicidad», lo verás clarísimo. No podemos dejar de «producir» ni de «ser felices», porque es que ya no sabemos ni aburrirnos, joder.
La ansiedad no es un fallo personal
En la vida diaria se nos repite que si no somos felices es porque no sabemos disfrutar lo que tenemos, porque no practicamos suficiente mindfulness o porque no tenemos la actitud adecuada. «Hay que disfrutar de las pequeñas cosas», «aprovecha lo que tienes», «eres un privilegiado», «lo tuyo son problemas de primer mundo». Mucha gente cree que la psicología dominante nos vende la idea de que con un poco de yoga y voluntad, un par de frases motivacionales y un planificador de productividad basta para calmar el malestar y para ser felices. Si no lo eres, es culpa tuya. Eres débil. La psicología no hace eso, la psicología nos ayuda a despojarnos de toda esta mierda y a reprogramarnos para que los malestares de la vida cotidiana no nos paralicen. Otra cuestión muy diferente es que la ansiedad sea siempre una consecuencia directa de estos inconvenientes cotidianos: en muchas ocasiones está vinculada a nuestro entorno y a las expectativas capitalistas de que hay que producir, hay que ser felices, y hay que hacerlo a todas horas.
Sin embargo, lo que sentimos no surge del vacío. La ansiedad que se ha vuelto tan común no es solo una cuestión de química cerebral que se solucione con una combinación de psicofármacos y terapia: es la consecuencia de la precariedad, de la incertidumbre y de un sistema que nos exige estar siempre disponibles, siempre perfectos, siempre a la altura de unas expectativas imposibles.
Salud mental y condiciones materiales
La salud mental no puede separarse de las condiciones materiales. No estamos quemadas porque seamos débiles, sino porque vivimos en un sistema que nos exprime hasta el último segundo para que otros se enriquezcan. Y nos han convencido de que esa es la meta de la vida: ser felices teniendo mucho y experimentando mucho a cada segundo, sin parar. No nos sentimos vacíos porque seamos ingratos, sino porque las dinámicas sociales nos alejan del sentido de vivir, que no es más que sobrevivir, y de la comunidad. El malestar, en muchos casos, es una respuesta bastante lógica a un entorno hostil que nos han creado y nos hemos creído.
Lo que describía Betty Friedan en «La mística de la feminidad» va muy en la misma línea. Aquellas amas de casa de los años cincuenta que sentían un vacío sin nombre no estaban deprimidas por ser unas ingratas o por no poder disfrutar de las pequeñas cosas, sino porque vivían atrapadas en un modelo social que las alienaba de sí mismas. Su malestar no era individual, sino estructural. Lo mismo ocurre hoy con la ansiedad de la que hablo: no es que fallemos como personas, es que el sistema en el que vivimos nos empuja a sentirnos incompletos y a buscar soluciones individuales a problemas colectivos.
Quizá lo que necesitamos no sea aprender a resistir de manera individual, sino empezar a imaginar cómo cambiar colectivamente lo que nos enferma. En otras palabras: no es resiliencia lo que falta. Lo que falta es revolución.
Cuando hablamos de alienación no nos referimos a una idea filosófica perdida en los libros de Marx, sino a esa sensación de llegar a casa después de un día interminable y no reconocer nada de lo que has hecho como «tuyo». La alienación es real. Es el vacío que sientes cuando tu trabajo solo sirve para pagar facturas, cuando descansas con el único objetivo de volver a rendir mañana y vivir la vida a tope, cuando hasta el ocio parece estar diseñado para que sigas consumiendo sin parar. Porque ser feliz cuesta dinero y no debería.
Reconocer que este malestar tiene raíces estructurales no significa negar la importancia de la terapia, la medicación o los cuidados personales, sino situarlos en un marco más amplio. La ansiedad, el burnout y la tristeza no son únicamente «problemas individuales»: son síntomas de un modo de vida que nos desconecta de lo que somos y de lo que necesitamos. Y ahí está la clave: no basta con arreglarnos por dentro si por fuera todo sigue roto.