Si me conoces en persona, sabes que cuando me siento a trabajar, leer algo en internet o prepararme para salir, soy un artista en perder la concentración. De una cosa salto a la otra. Da igual la situación: puede ser manteniendo una conversación, viendo un reality o preparándome para salir a tomar algo. En el trabajo me he dado cuenta de que no rindo porque siempre estoy saltando de una cosa a otra. Muchas veces vuelvo a casa agotado pensando que he hecho mucho, y luego al cabo de una hora me doy cuenta de que no he solucionado nada porque paso de una cosa a otra. Al final siempre pasará una mosca que sea más divertida que lo que estoy haciendo. Pero es tentador pensar que he sido productivo y en realidad no lo he sido. Me engaño pensando que soy un experto del “multitasking” y en realidad no hago nada. Soy un experto en “multiprocrastinating”.
El mito del multitasking
El multitasking es la ilusión de que estás haciendo más de una cosa a la vez, prestando atención a todas. En realidad no es así. Estás cambiando la atención de un sitio a otro y, cada vez, tienes que redirigir la atención. Terminas cometiendo más errores porque no es una manera eficaz de gestionar la concentración. Dicho esto, hay que entender primero qué es la atención.
¿Qué es la atención? La atención es un proceso cognitivo que filtra los estímulos a los que estamos expuestos. Constantemente estamos recibiendo información del mundo que debe ser revisada y catalogada por nuestro cerebro para decidir qué es valioso y qué no. Lo valioso es lo que nos permite hacer las cosas de forma efectiva: la información que vamos a necesitar para ejecutar una acción. En ese proceso, mucha información termina descartada porque no todo lo que estamos recibiendo es importante.
La vida pasa mientras recibes estímulos a cada segundo, uno detrás de otro y sin descanso, no existe el botón de silenciar mundo exterior. Todo entra, quieras o no. Y como no podemos cerrar las ventanas sensoriales como si fueran pestañas del navegador, el cerebro tiene que improvisar un mecanismo de descarte para no bloquearse. Básicamente va tirando a la papelera todo lo que considera prescindible. Si no lo hiciera, estaríamos ahí, atrapados procesando cada notificación, cada ruidito y cada pensamiento absurdo hasta convertirnos en un servidor saturado a punto de reiniciarse solo.
Amiga: tener las notificaciones del móvil activadas convierte cualquier chorrada en una urgencia disfrazada, bombardeando tu atención con estímulos que parecen importantes, cuando en realidad son ruido colándose en primera fila.
Si intentas centrarte en el trabajo y escuchas un podcast a la vez, ¿a qué estímulo estás prestando atención? Depende de muchos factores: de tu interés, de la situación y de lo que estés haciendo. Si estás limpiando, escuchar un podcast no interfiere demasiado. Pero si estás haciendo un trabajo que requiere procesar información, estás forzando a tu cerebro a decidir constantemente qué es lo importante.
Es muy fácil entenderlo: si bombardeas tu cerebro con información de un podcast, estás ocupando una capacidad de procesamiento que debería estar dedicada al trabajo. Tu capacidad de computación se reduce. Es como cuando haces que un ordenador termine una tarea que requiere procesador y, mientras esperas, abres otro programa. El ordenador se vuelve lento porque no puede procesar todo a la vez. Pues tu cabeza es igual. En cuestión de RAM, somos bastante limitados. Si no te interesa este tema, sáltate el cuadro siguiente.
El concepto “Magic 7” (o el número mágico siete, 7 ± 2) se refiere a un principio clásico de la psicología cognitiva, propuesto por George A. Miller, que establece que la capacidad de almacenamiento de nuestra memoria de trabajo (o a corto plazo) es limitada, oscilando típicamente entre cinco y nueve elementos (chunks o piezas de información) discretos. Es decir, al procesar información de forma inmediata, nuestro cerebro solo puede manejar una media de siete unidades de información simultáneamente antes de que la nueva información desplace a la anterior, lo que subraya una limitación fundamental en nuestra capacidad de atención y procesamiento consciente, y explica por qué tareas como memorizar números de teléfono largos requieren agrupar la información. Por eso no podemos memorizar secuencias largas y tenemos que dividirlas en grupos (como cuando memorizábamos números de teléfono).
Cambiar de tarea: el coste oculto
Además de sobrecargar nuestro cerebro con información, para que esa información sea procesada necesitamos usar recursos de concentración. Nuestro cerebro no puede decidir qué es importante con dos cosas a la vez. Primero decidirá una y después decidirá la otra. Si los dos ítems de información pertenecen a tareas diferentes, el cerebro establece una secuencia para decidir uno a uno los ítems redundantes. Es lo que se conoce como “shifting”, o atención alternante.
Cuando creemos que estamos haciendo dos cosas a la vez, en realidad estamos cambiando de una cosa a otra muy rápido. Y creemos que estamos concentrados en ambas. No es cierto. Y además, forzar al cerebro a cambiar continuamente lo hace menos efectivo.
¿Por qué? Porque cada vez que prestamos atención a dos tareas diferentes, estamos activando dos “programas” distintos. Primero uno, lo abrimos, procesamos la información. Lo cerramos, abrimos otro, procesamos, cerramos, abrimos el primero, y así todo el rato.
Cuando tu cerebro mezcla programas
¿Qué puede ocurrir? Que en una de esas, proceses información con el “programa” equivocado. Imagínate que estás escuchando un podcast sobre el comportamiento social del cangrejo de las Maldivas y pasando datos de facturas a una hoja Excel. Necesitas un programa mental para procesar las facturas pagadas y otro para fascinarte con los rituales de apareamiento del crustáceo del Índico. Los programas que activas se llaman esquemas cognitivos.
¿Qué es un esquema cognitivo? Un esquema cognitivo es un marco mental o una estructura organizada de conocimiento que un individuo utiliza para organizar, interpretar y dar sentido a la inmensa cantidad de información que recibe del entorno. Funcionan como atajos mentales (heurísticos) que nos permiten procesar rápidamente la realidad, ya que engloban un patrón de pensamientos, recuerdos, emociones y creencias interconectadas sobre un tema específico (personas, situaciones, el yo, etc.), y eso guía nuestras expectativas, influye en nuestra atención selectiva y, en última instancia, condiciona nuestro comportamiento. Si bien son esenciales para la adaptación, los esquemas pueden volverse rígidos o disfuncionales (como en el caso de los estereotipos o creencias limitantes), requiriendo un proceso de modificación para adaptarlos a nuevas experiencias.
¿Qué pasa si antes de cerrar el programa “CANGREJO” procesas la factura de la comida con tu amiga y la incluyes por error en la lista de COMIDAS DE TRABAJO para Hacienda? Que las probabilidades de cagarla son enormes. Es lo que se llama switching cost. Según la Asociación Americana de Psicología, cambiar de tarea constantemente puede reducir la productividad hasta un 40%, aumentando la fatiga mental y la posibilidad de que te equivoques.
No haces más, haces peor
No hacemos más cosas al mismo tiempo; las hacemos peor y más cansados. Nuestro cerebro no fue diseñado para el caos de las notificaciones ni para trabajar con tres ventanas mentales abiertas. Cada cambio de tarea agota, roba energía y reduce la calidad del resultado. La multitarea no te hace eficiente: te convierte en un equilibrista cansado que corre sobre una cuerda floja sin avanzar.
Consejos vendo, que para mí no tengo: cuando pienses que estás haciendo de todo, recuerda que tu cerebro está corriendo en círculos, persiguiendo su propia cola neuronal. Mejor haz una sola cosa, hazla bien y luego, si te queda energía, ya verás lo del cangrejo.
