El love bombing o cómo una persona te puede convencer de que sois almas gemelas en 72 horas

Bomba nuclear

Tu ex era perfecto al principio, ¿verdad? Tranquilo, que no eras tú. No eres tan idiota. Lo que te pasó tiene nombre y apellido: love bombing, una de esas tácticas de manipulación emocional tan eficientes que deberían venir con advertencia sanitaria como los paquetes de tabaco. Nadie es inmune a que le inflen el ego hasta dejarlo como un globo aerostático. Ni tú, ni yo, ni nadie.

Lo sabes. Y lo recuerdas: esas primeras semanas de “eres único”, “no he sentido esto en mi vida”, “estábamos destinados a encontrarnos”. Todo parecía un cuento de hadas escrito por un guionista con diabetes. Y digo hablo del guionista porque esto era nada más y nada menos que una películoa. Y tú estabas haciendo de protagonista creyendo que habían escrito el papel para ti. Lo que pasa es que eras el extra que se presenta voluntario sin mirar la letra pequeña. Mala suerte.

El tema de hoy es el love bombing, esa fase inicial en la que algunos manipuladores utilizan toda la pirotecnia emocional conocida para convertirte en su proveedor afectivo, en su fuente de validación y en su juguete preferido. El truco es sencillo: hackean tu necesidad de ser querido, secuestran tu atención y te enredan en un vínculo que parece romántico cuando en realidad es un mecanismo de control. Primero te hacen sentir imprescindible; luego te exprimen; después viene la devaluación. Es como entrar en un parque de atracciones y descubrir que la montaña rusa no tiene frenos.

Eres la víctima perfecta

Lo más jodido de todo es cuando el tipo te gusta de verdad y encima vienes de una relación anterior que te dejó tocado. Ese es el combo perfecto que busca un manipulador. Las personas con heridas recientes son un menú degustación para alguien que domina la idealización, porque entran con las defensas bajas y la esperanza alta. Lo llaman vulnerabilidad, pero en el manual del manipulador aparece como oportunidad.

El “manual del buen manipulador” siempre empieza con el mismo prólogo: no construyas la relación, secuéstrala. No busques intimidad, sino acceso. No necesitas conocerla, poséela. La herramienta estrella es el refuerzo intermitente, ese vaivén entre cariño desbordado y frialdad quirúrgica que te deja atrapado intentando recuperar el chute inicial. Una vez se aburren, encuentran a otro objetivo o ya han exprimido todo lo que podían sacar de ti, te descartan con una frialdad que le daría envídia a Patrick Bateman, el influencer el horror corporativo.

Diferencias entre el que se enamora rápido y el que te hace love bombing

Hay que distinguir entre quien está colgado y quien te está manipulando. Que una persona esté entusiasmada contigo no significa que tengas que activar el protocolo apocalíptico. La diferencia real está en la reciprocidad y en el respeto. El enamorado genuino respeta tus límites, tu espacio, tus tiempos y tu individualidad. Puede ser intenso, sí, y puede que te resulte pesado, pero no te trata como si fueras una extensión de su vacío emocional. Le dices que necesitas un respiro y lo entiende, quizá con cara de cordero, igual te pregunta por qué, es posible que no entienda lo que está pasando, pero lo acepta. El enamorado quiere conocerte; el bombardeador quiere absorberte.

El love bomber, en cambio, opera desde la urgencia inventada. No acepta un “vamos despacio”, porque lo interpreta como un obstáculo. Lo que hace es enviarte más mensajes, más promesas, más declaraciones épicas y te mete más presión envuelta en papel de regalo romántico. Y lo hace con precisión, porque sabe qué botones tocar para que confundas intensidad con destino. Mientras el enamorado te ve como un ser humano con matices, el manipulador te ve como pieza de un rompecabezas que necesita completar para sostener su ego. Esa diferencia marca la frontera entre amor y explotación emocional.

La señal definitiva aparece cuando marcas un límite y, de repente, ves un destello de irritación, frialdad o victimismo donde antes había devoción absoluta. Ahí se cae la máscara. El enamorado puede frustrarse o no entenderte, pero no te atribuye la culpa como si fueras responsable de su supuesta tragedia personal. Cuando aparece la culpa, empieza el juego sucio. La culpa siempre siempre siempre es una bandera roja.

Las fases del love bombing

Las técnicas del love bombing suelen seguir un patrón bastante predecible. Primero llega la idealización exagerada, esa forma de describirte como si fueras una mezcla entre filósofo griego, modelo escandinavo (o de donde sea) y gurú emocional. Te dicen que sois idénticos en todo, que coincidís hasta en cómo respiráis. Tú dices cualquier cosa y ellos responden con un “estamos hechos el uno para el otro”. Si les devuelves silencio para ver qué pasa, podrás distinguir si es entusiasmo ingenuo o si sufre un cortocircuito porque su guion no está funcionando.

Después empieza la invasión estratégica. Te escriben a todas horas, te llenan la agenda, te regalan cosas para distraerte, te integran en su vida a velocidad absurda. Todo ello para que no tengas tiempo de pensar con claridad. Si estabas necesitado de cariño, si venías de un desamor, si te sentías solo o con la autoestima por los suelos, es prácticamente imposible no morder el anzuelo. Y ahí entra el futuro imaginado: planes de convivencia, hijos hipotéticos, ensoñaciones compartidas. El subidón es tan fuerte que parece una iluminación romántica. Luego llega la culpa. Siempre llega.

La identificación proyectiva

Una dinámica frecuente: te colocan emociones que no son tuyas hasta que tú mismo dudas de tu percepción. Melanie Klein ya lo describía como identificación proyectiva: el otro expulsa su ansiedad, culpa o vergüenza y tú la absorbes como si hubieras nacido para ello. Así, de repente, estás pidiendo perdón por cosas que ni hiciste. Fenomenal para quien proyecta, un infierno para quien recibe.

Esto no es drama, es mecánica fina de las defensas primitivas. Si creciste en ambientes donde la paz dependía de regular emocionalmente a otros, tu cuerpo entra en piloto automático y repite su especialidad. Aunque te marchites por dentro.

Aquí es cuando suelen crear una imagen muy clara de un futuro en común. No solo te van a plantear mudaros juntos, es que van más allá: imagínate los dos paseando con los dos churumbeles. Y tú vas más allá y te imaginas una cena con tus amigos del alma y pensando en qué te dirá tu mejor amiga “es que es perfecto”. Es un subidón de la hostia, ¿verda? Pues cuidado.  

A todo esto, el love bombing funciona tan bien porque alimenta la limerencia, esa obsesión romántica que se activa cuando alguien te da exactamente lo que tu sistema emocional desea desesperadamente. Y sí, es el concepto con el que me he obsesionado este mes. Si tienes apego ansioso, fantasías románticas o simplemente hambre de validación, el manipulador te da la dosis perfecta de idealización para que todo encaje con lo que necesitas. Por eso, cuando aparece la devaluación, no ves al manipulador: te ves a ti mismo buscando explicaciones donde solo hay estrategia.

Ahora viene lo que muchos terapeutas de trauma llaman (Fase 3) la fase de erosión, la etapa donde ya no quedan fuegos artificiales ni invasiones épicas, solo un desgaste silencioso que te va limando la identidad y te vas haciendo cada vez más pequeñito. Es el momento en que la otra persona ya no necesita impresionarte ni absorberte; ahora solo mantiene lo justo para que no te escapes. Aparecen las microdevaluaciones, las pequeñas retiradas de afecto, los silencios estratégicos y la sensación de que estás caminando sobre cristales. Tu sistema nervioso se ha puesto en alerta baja pero constante, ese estado en el que no hay explosiones, pero tampoco descanso. El apego ansioso, si eres de esos, se activa al máximo: haces más, das más, sostienes más, como si pudieras salvar algo que nunca fue real. Es algo parecido al trauma complejo.

El trauma complejo

El trauma complejo no es un evento, sino una atmósfera. Afecta la regulación del cortisol, altera la memoria autobiográfica y distorsiona la lectura de señales sociales. Cuando vives durante años en modo “amenaza leve pero constante”, tu cuerpo aprende que sobrevivir es más importante que identificar qué es sano y qué no. Esto se traduce en dinámicas adultas donde lo familiar pesa más que lo funcional.

Esto no es drama, es mecánica fina de las defensas primitivas. Si creciste en ambientes donde la paz dependía de regular emocionalmente a otros, tu cuerpo entra en piloto automático y repite su especialidad. Aunque te marchites por dentro.

Las personas con antecedentes de trauma complejo suelen experimentar:

  • hiperactivación fisiológica ante conflictos mínimos
  • disociación ante la sobrecarga emocional
  • idealización exagerada en fases tempranas del vínculo
  • miedo paralizante a la separación

O sea, que no estás “dramático”. Tu sistema nervioso está trabajando horas extra sin cobrar.

Y al final llega la fase de vaciado, donde ya no eres sujeto sino función. Te conviertes en decorado emocional: alguien a quien acudir cuando conviene, pero sin valor autónomo. Técnicamente, tu autoestima queda subordinada a un circuito de refuerzo que ya ni siquiera devuelve recompensas. Es el equivalente psicológico a respirar con un pulmón perforado: sobrevives, pero cada inspiración duele. Aquí es donde la gente suele despertar, no por iluminación, sino porque ya no queda nada que ceder. La relación no “se rompe”; se cae sola porque la estructura que la sostenía era pura ficción.

¿Cómo protegerse de un manipulador?

Si quieres protegerte, la clave está en la lentitud. Las relaciones sanas no necesitan pirotecnias emocionales ni proclamaciones eternas en la primera semana. Si alguien te te dice que estáis hechos el uno para el otro antes de saber dónde naciste, levanta una ceja y revisa bien lo que está pasando. Háblalo con alguien: la perspectiva ajena es kryptonita para los manipuladores. Y observa la aparición del primer gesto de devaluación, porque esa es la grieta por donde se ve la estructura real del vínculo.

El love bombing es un mecanismo de control enmascarado de pasión destinado a generar dependencia. Si tus inicios fueron demasiado perfectos, la culpa no es tuya. El manual básico de manipulación emocional lleva circulando desde que el ser humano inventó el ego y la necesidad compulsiva de validación.

No eres imbécil, es que es difícil no caer

No te tortures pensando que fuiste idiota o que te faltaban dos veranos. Caíste porque a cualquiera con un mínimo de hambre afectiva le habría pasado lo mismo. Te tocó un director cutre con delirios de grandeza con un arsenal de frases que suenan profundas hasta que las dices en voz alta y descubres que no significan nada. La parte buena es que tú sí puedes reescribir el guion, y no necesitas música épica de fondo para hacerlo.

Cuando alguien llegue con más luces que la Puerta del Sol en Nochevieja, activa el temporizador interno, respira, y recuerda que lo auténtico no grita, no atropella y no se presenta como un tráiler de Marvel. La intimidad real es lenta, un poco torpe y jamás huele a urgencia. No se cocina en cinco minutos ni la pone la freidora emocional en modo turbo.

Deja de buscar el romance y empieza a apreciar la verdad gris clarito que no promete milagros, pero tampoco te drena la dignidad. Si algo parece demasiado perfecto, demasiado intenso o demasiado inmediato, seguramente no es amor: es un atracador sentimental poniéndose los guantes de látex. Recuperar lo que te robe cuesta más que verte del tirón una serie de diez capítulos.

Planta un límite, aunque sea pequeño y aunque te tiemble la mandíbula. Tu paz mental te mandará flores por sorpresa. Si aun así prefieres seguir dándole like a sus fotos, allá tú, pero luego no digas que no olía a chamusquina desde la primera cita.