Si pensabas que la limerencia era la cima de tu montaña rusa emocional, agárrate porque todavía quedan curvas. Si el tío o la tía de quien estás enganchado fuese constante, amable y coherente, te aburrirías como una ostra y, probablemente, no habrías entrado a leer esto.
Para evitar repetir “el tío que te tiene enganchado” en cualquier género o combinación (“enganchado/a/e”), voy a hablar en adelante de tu LO, tu “love object”, o sea, esa persona que te tiene medio vegetal.
Vuelvo al tema. Nunca confesaremos esto en voz alta, pero lo que verdaderamente nos alimenta es el suspense, esa mezcla de esperanza, miedo y masoquismo que nos mantiene pendientes del móvil. Y ahí entra el fenómeno psicológico al que deberías enviar una cesta de Navidad: el refuerzo intermitente.
El perro de Pávlov eres tú: las tres fases del refuerzo intermitente
El Perro de Pávlov era un aficionado comparado contigo. Cambia la campana por el sonido de la notificación de WhatsApp que le has puesto a esa persona (porque todos sabemos que lo has hecho) y ya está: babeas más que un bulldog mirando cómo te cepillas esa bolsa de patatas fritas.
Fase 1
El refuerzo intermitente funciona más o menos así: primero llega la golosina emocional. Un like perdido, un mensajito nocturno con tono íntimo, un “te echo de menos” mal tirado pero eficaz. Fíjate que funciona hasta con falta de ortografía incluida: TE HECHO DE MENOS. Tu cerebro, que es más básico de lo que te gustaría admitir, lo celebra con una tormenta de dopamina y te deja escuchando la canción de la Era de Acuario. Ese pico momentáneo es suficientemente fuerte como para convertirte en un devoto de la ansiedad romántica. No eres consciente del torrente de neurotransmisores, pero tu cerebro sí, y quiere más.
Fase 2
Luego llega el apagón. Días sin noticias, respuestas que no dicen nada, monosílabos, el emoji del pulgar hacia arriba (que debería estar penado con prisión). No hace falta que desaparezca del planeta: basta con que apague cualquier interés emocional por ti. Un “ok”, un “me alegro”, ese tipo de cosas. Esa indiferencia es la mordida real. Es la falta del refuerzo que esperabas lo que te deja queriendo más. Te quedas colgado, esperando el siguiente golpe de dopamina. Enhorabuena, te acabas de convertir en un yonqui.
Fase 3
¿Y tú qué haces? Te obsesionas. Revisas el móvil como si fueras analista de mercados financieros y te convences de que igual hoy sí. Lo trágico es que si tu LO fuese una persona emocionalmente disponible, tú no caerías en esta ciénaga. Porque lo consistente no engancha, solo sostiene. Lo aleatorio, en cambio, te destroza mientras te convences de que te hace sentir vivo. Querías amor, pero te has enganchado a un algoritmo biológico diseñado originalmente para que las palomas siguieran picoteando sin rendirse. No es Cupido quien te domina, sino un mecanismo biológico primitivo pero muy elegante.
La dopamina: la profesora sádica que enseña a tu cerebro a repetir tonterías
Fórmula de la dopamina, uno de los neurotransmisores más importantes del sistema nervioso central y periférico. Es la droga más potente, amiga. Fuente: Wikipedia.
La dopamina no es “placer puro”, como se suele decir, sino un marcador de aprendizaje que señala qué conductas conviene repetir. No te recompensa por lo que tienes, sino por lo que podrías conseguir. Actúa como un sistema de predicción: cuando recibe una sorpresa agradable, aumenta su liberación para grabar en tu cerebro que ese comportamiento merece la pena.
Lo fascinante es que responde de forma más intensa cuando la recompensa es incierta, lo que significa que tu cerebro aprende con más fuerza en condiciones caóticas que estables. Por eso recuerdas con obsesión cada migaja de atención de tu LO: tu sistema dopaminérgico interpreta esa aleatoriedad como si estuvieras participando en un experimento crucial para tu supervivencia.
A nivel técnico, estás reforzando un patrón que asocia incertidumbre con recompensa, y eso te predispone a repetirlo incluso aun cuando sabes racionalmente que te hace daño. No es magia, no es destino, no es amor épico. Es pura biología y química cerebral (esto lo digo en voz bajita porque los psicólogos no dicen “la única causa de esto es la química cerebral”, eso es anatema… y además es falso, pero bueno).
¿Por qué este patrón es la causa de tu insomnio y del éxito de las tragaperras?
¿Por qué las máquinas tragaperras son tan adictivas? Porque esas máquinas del mal entendieron tu cerebro antes que tú. No dan el premio cada vez, ni cada diez veces, sino de forma aleatoria. Nunca sabes cuándo llegará el jackpot. Solo te dejan ganar cuando a ellas les sale del mismísimo coño.

La imprevisibilidad mantiene tu sistema dopaminérgico en modo “Fiesta Nacional de la Anticipación”, que es mucho más potente que el placer del premio en sí. A diferencia de una recompensa predecible, donde sabemos exactamente cuándo vamos a ganar, metes otra monedita en la máquina porque es teóricamente posible que esa vez sí. te toque Por eso puedes pasar horas tirando de una palanca que no te da nada. De la misma manera, te pasas días pendiente de una persona que tampoco te da nada.
Skinner ya dejó claro que las recompensas aleatorias convierten a cualquier organismo en un acérrimo insistente: las palomas en sus experimentos picoteaban compulsivamente una palanca que entregaba comida de manera aleatoria. Y lo hacían mucho más que cuando la recompensa era constante o predecible.
Tú haces lo mismo cada vez que miras el móvil para ver si tu LO te ha escrito. Amiga, tu LO es tu casino portátil.
Tu relación con esa persona es estar jugando a todas horas a ver si te toca esta vez. Y es posible que te toque, pero solo ganas un like, o un buenos días, no te llevas el premio gordo. Con esa persona, cada mensaje de WhatsApp es una tirada. Si te contestara siempre, tu emoción se iría a la mierda sin la anticipación del posible premio. Pero como responde cuando quiere, tu cerebro activa al máximo el programa de probabilidad de recompensa y tú sigues enganchado a la ilusión del quizás. No amas a la persona: amas el intervalo.

Cómo dejar de pringar pasta en la tragaperras del amor
Ahora llega la parte que no quieres leer. La salida es tan obvia como insoportable. Hay que dejar de tirar de la palanca. Contacto cero. Bloqueo si hace falta. No por dramatismo, sino porque mientras exista la mínima posibilidad de recibir tu dosis aleatoria, no saldrás del bucle y seguirás echando monedas.
También puedes practicar el tedioso ejercicio de decirte la verdad: “esto no es amor, es mi cerebro pidiendo otro chute barato”. “Soy una paloma en un experimento.” “No voy a morir porque no me respondan.” Esa última es sorprendentemente difícil, pero tremendamente eficaz. La ansiedad por el abandono es una mentirosa experta. Todo esto suena súper evidente y seguro que no te estoy diciendo nada nuevo, pero es lo que me toca decir. Consejos vendo que para mí no tengo.
El refuerzo constante es otra vía, quizá la más digna. Está en tus amistades, en actividades donde el crecimiento y el beneficio son reales, en proyectos que te aportan algo más que cortisol. No se trata de sustituir una obsesión por otra: se trata de aprender a reconocer estímulos que no te destrozan. La madurez suena aburrida porque no está diseñada para generarte un subidón inmediato; está ahí para que no acabes emocionalmente en ruinas. Sobre esto y lo que dijo Ellis al respecto, más información al final del post.
Si quieres seguir enganchado al casino emocional, perfecto, la banca siempre gana y tú seguirás perdiendo horas de sueño. Pero si por una vez quieres ocupar el papel principal en tu propia vida y no ser la rata que pulsa la palanca sin parar ya sabes lo que toca.
Lo que queda por hacer no es heroico ni épico, solo sensato: salir de la máquina, mirar a tu alrededor y recordar que mereces cosas que no dependan de una tirada aleatoria. Y si esto te ha fastidiado la obsesión, considera que al menos te he ahorrado otra noche sin dormir.
PD: A todo esto, yo soy un experto en darle a la palanquita constantemente. No en el amor, sino en todo. Y me va como el culo, también tengo que decirte.
Albert Ellis
Albert Ellis decía más o menos lo siguiente: muchas veces, la causa de los episodios depresivos no es lo que nos pasa, sino nuestras creencias irracionales a la hora de entender lo que nos pasa. Si tenemos una comprensión distorsionada y creemos que nos va a pasar algo malo, ¿cómo no nos vamos a sentir mal? Cuando nos va mal en el amor y nos sentimos del culo, no es solo el comportamiento del otro los que nos hace sentir mal, sino el terror que sentimos ante la posibilidad de perderlo. Y aquí está la clave: ¿qué pasaría realmente si esa persona desapareciera de tu vida?
La respuesta racional es clara. No te vas a morir. Tu vida no quedará arruinada. No perderás todo lo que tienes ni tu valor como persona quedará anulado. Si crees que te abandonan porque eres un fracaso, ese pensamiento no nace del rechazo, sino de una creencia previa sobre ti mismo que ya estaba ahí y que es falsa.
El abandono no te convierte en alguien que vale menos, simplemente revela los miedos que ya cargabas. Esta técnica de cuestionamiento radical de nuestras creencias irracionales (preguntarse “¿qué es lo peor que puede pasar realmente?”) es el núcleo de la terapia racional emotiva conductual desarrollada por el psicólogo Albert Ellis. Requiere disciplina y honestidad brutal, pero funciona: al desmantelar el catastrofismo, recuperas el poder que habías cedido al miedo. Pero no es fácil.
