El sesgo de optimismo: por qué crees que a ti no te va a pasar

portrait of a smiling man in a park in black and white

Tú conduces mirando el móvil. No siempre, claro. Solo cuando el mensaje es importante. O cuando estás en un semáforo. O cuando la carretera es recta y no hay nadie. Total, controlas. Llevas años haciéndolo y nunca has tenido un accidente. Los accidentes les pasan a otra gente que hace el imbécil. A gente distraída. A gente irresponsable. A gente que no tiene tu nivel de coordinación y reflejos.

Tú no ahorras para emergencias. ¿Para qué? Tienes un trabajo estable, una salud decente, y si algo malo pasa ya te las apañarás. Además, la probabilidad de que te pase algo grave es baja. Los despidos masivos, las enfermedades largas, los imprevistos económicos… eso le pasa a otra gente. Gente con mala suerte. Gente que no planifica tan bien como tú.

Tú no usas protección solar. Bueno, a veces sí, cuando vas a la playa todo el día. Pero ¿para el día a día? Venga ya. El cáncer de piel es cosa de gente que se pasa horas al sol sin protección. O de gente con piel muy clara. O de gente con mala genética. Tú no eres uno de esos.

Si me preguntaran a mí, por supuesto que yo estaría por encima de la media en calamidades. Cáncer, no, pero algo de salud, siempre. Especialmente en ETS. Todas, a todas horas. Soy menos de tumores, la verdad. ¿Diagnósticos psiquiátricos? Tres, de normal.

Ese es el sesgo de optimismo: la tendencia cognitiva a creer que los eventos negativos les pasan a otros, pero a ti no. Que tú eres especial, más cuidadoso, más inteligente, o simplemente más afortunado que la media. Y que por tanto, las estadísticas que aplican al resto de la humanidad contigo no cuentan.

Kary, sí cuentan. Y ese sesgo te está jodiendo más de lo que crees.

Qué es el sesgo de optimismo y por qué tu cerebro te miente

Neil Weinstein lo documentó por primera vez en 1980 cuando preguntó a estudiantes universitarios sobre su percepción de riesgos futuros. Los resultados fueron fascinantes y deprimentes: la mayoría creía que tenían menos probabilidades que sus compañeros de experimentar eventos negativos (divorcio, alcoholismo, cáncer, despido) y más probabilidades de experimentar eventos positivos (trabajo bien pagado, matrimonio feliz, vida larga y saludable).

Matemáticamente, esto es imposible. No todos pueden estar por debajo de la media. No todos pueden ser más afortunados que el promedio. Pero tu cerebro no hace matemáticas. Hace narrativas. Y la narrativa que prefiere es: “Yo soy diferente. Yo estoy protegido. A mí no me va a pasar.”

Tali Sharot (2011) demostró mediante estudios de neuroimagen que cuando procesamos información sobre riesgos futuros, nuestro cerebro procesa de forma diferente la información positiva (sobre nosotros) y la negativa (sobre otros). El lóbulo frontal se activa más cuando imaginamos futuros positivos para nosotros mismos, y se desactiva parcialmente cuando nos presentan información que contradice ese optimismo.

No es que seas estúpido. Es que tu cerebro está filtrando, minimizando y rechazando información que amenaza tu visión optimista de tu futuro.

Por qué evolucionamos para ser idiotas optimistas

Antes de que pienses “qué cerebro más inútil tengo”, déjame que te diga: el sesgo de optimismo fue evolutivamente útil. Probablemente.

Si nuestros ancestros hubieran sido perfectamente realistas sobre los peligros de la vida (depredadores, enfermedades, hambrunas, conflictos tribales) probablemente se habrían quedado paralizados en una cueva esperando la muerte. El optimismo irracional les permitió salir, cazar, explorar, reproducirse, y transmitir sus genes.

En contextos donde la acción es necesaria y la parálisis es mortal, un poco de optimismo irracional es adaptativo. Te hace intentar cosas, asumir riesgos calculados (o no tan calculados), y seguir adelante incluso cuando las probabilidades están en tu contra.

El problema es que tu cerebro sigue usando ese mismo mecanismo en un mundo completamente diferente. Un mundo donde los riesgos no son tigres dientes de sable sino cosas mucho más abstractas y acumulativas: cáncer de piel por exposición solar crónica, accidentes de tráfico por distracciones repetidas, ruina financiera por falta de ahorro.

Y para esos riesgos modernos, el optimismo irracional no te protege. Te jode.

Cómo el sesgo de optimismo te está arruinando la vida

No ahorras para emergencias: El 40% de españoles no tiene ahorros suficientes para cubrir tres meses de gastos básicos. ¿Por qué? Porque “a mí no me van a despedir”, “yo no me voy a poner enfermo”, “ya ahorraré cuando gane más”. Y luego llega una crisis (personal o global) y te das cuenta de que las estadísticas también se aplican a ti.

Conduces como un imbécil: Sabes que usar el móvil al volante multiplica por cuatro el riesgo de accidente. Lo sabes. Todos lo saben. Y aun así, el 30% de conductores admite hacerlo regularmente. ¿Por qué? Porque “yo controlo”, “solo es un segundo”, “a mí nunca me ha pasado nada”. Hasta que pasa.

No te proteges del sol: El melanoma es uno de los cánceres más prevenibles. Literalmente: te pones crema solar y se reduce el riesgo a lo bestia. Pero la mayoría de la gente no lo hace de forma regular porque “yo no soy de los que se queman fácilmente”, “mi piel aguanta”, “el cáncer eso es de viejos”. Y luego a los 50 te sale una mancha sospechosa y piensas “¿cómo me pudo pasar esto a mí?”

Fumas, bebes y comes mal, la santísima trinidad del cáncer: Porque “mi abuelo fumó toda la vida y vivió hasta los 90” (sesgo del superviviente), “yo conozco gente que come fatal y está perfecta” (evidencia anecdótica), “a mí el tabaco no me afecta tanto como a otros” (ilusión de control). Y luego te sale un cáncer de pulmón a los 55 y te sorprendes.

La confianza no correlaciona con la precisión

Cuanto más optimista eres sobre tu capacidad de evitar riesgos, más confiado estás en que controlas la situación. Y esa confianza no tiene ninguna correlación con tu capacidad real de evitar el riesgo.

Los conductores que creen que son mejores que la media (la mayoría de conductores creen esto) no conducen mejor. De hecho, algunos estudios sugieren que conducen peor porque su exceso de confianza les hace tomar más riesgos.

Las personas que creen que tienen relaciones “diferentes” y que “a nosotros no nos va a pasar” no tienen menos probabilidades de divorciarse. Tienen exactamente las mismas probabilidades, pero están menos preparadas para el impacto cuando pasa.

La gente que cree que su trabajo es seguro no tiene trabajos más seguros. Simplemente están menos preparadas cuando llega el despido.

Tu confianza en que estás protegido no te protege. Solo te hace más vulnerable cuando la protección imaginaria desaparece.

Variables que aumentan el sesgo

No todo el mundo tiene el mismo nivel de sesgo de optimismo. Algunos factores lo aumentan:

Edad: Los jóvenes son más optimistas irracionales que los mayores. Porque no han acumulado suficientes experiencias negativas para calibrar correctamente los riesgos. También porque evolutivamente tenía sentido: los jóvenes necesitaban asumir riesgos para establecerse, reproducirse, sobrevivir.

Experiencia personal: Si nunca te ha pasado algo malo, tu cerebro asume que no te va a pasar. “Llevo 20 años conduciendo y nunca he tenido un accidente” no significa que seas buen conductor. Significa que has tenido suerte durante 20 años. Pero tu cerebro lo interpreta como evidencia de habilidad.

Distancia temporal: Cuanto más lejos está el riesgo en el futuro, más optimista eres. “Dentro de 30 años me jubilaré cómodamente” es fácil de creer cuando faltan 30 años. Menos fácil cuando faltan 5 y no has ahorrado nada.

Control percibido: Cuanto más crees que controlas una situación, más optimista eres sobre el resultado. Por eso la gente le tiene más miedo a volar (no controlan el avión) que a conducir (creen que controlan el coche), aunque estadísticamente volar sea infinitamente más seguro.

Cuando el optimismo se vuelve peligroso

El sesgo de optimismo no es siempre malo. Como decía antes, tiene funciones adaptativas. Te ayuda a intentar cosas difíciles, a no paralizarte con el miedo, a seguir adelante después de fracasos.

El problema es cuando ese optimismo te impide tomar precauciones razonables. Cuando confundes “pensar positivo” con “ignorar riesgos reales”. Cuando tu necesidad de creer que estás protegido te impide protegerte de verdad.

No necesitas crema solar si crees que el cáncer no te va a pasar a ti. No necesitas ahorros de emergencia si crees que nunca tendrás una emergencia. No necesitas conducir con cuidado si crees que los accidentes les pasan a otros.

Y así es como gente inteligente, educada, razonable, acaba en situaciones evitables. No por estupidez. Sino por un sesgo cognitivo que les hace creer que las reglas estadísticas no aplican a ellos.

Yo soy súper especial y eso a mí no me va a pasar

No eres especial, amiga.

Si el 50% de matrimonios acaban en divorcio, tú tienes un 50% de probabilidades. Tu amor no es más especial que el de los millones de parejas que se divorciaron creyendo que ellos sí eran diferentes.

Si el 30% de fumadores desarrolla cáncer de pulmón, tú tienes un 30% de probabilidades. Tu genética no es mágica. Tu suerte no es infinita.

Si los accidentes de tráfico son la principal causa de muerte en menores de 40, tú estás en riesgo. Tu habilidad al volante no te hace inmune a un idiota que se salta un semáforo.

Las estadísticas no son “cosas que les pasan a otros”. Son descripciones de lo que le pasa a la gente. Y tú eres gente.

Tu cerebro va a seguir diciéndote que estás protegido, que controlas, que a ti no te va a pasar. Es su trabajo. Pero tu trabajo es reconocer ese sesgo y tomar decisiones racionales a pesar de él.

Ponte la puta crema solar. Ahorra para emergencias. Conduce sin mirar el móvil. Hazte las revisiones médicas. Contrata seguros razonables.

No porque seas pesimista. Sino porque no eres tan especial como tu cerebro quiere que creas.

Y aceptar eso, paradójicamente, es lo único que realmente te protege.

Referencias:

  • Sharot, T. (2011). The optimism bias. Current Biology, 21(23), R941-R945.
  • Weinstein, N. D. (1980). Unrealistic optimism about future life events. Journal of Personality and Social Psychology, 39(5), 806-820.
  • Shepperd, J. A., Klein, W. M., Waters, E. A., & Weinstein, N. D. (2013). Taking stock of unrealistic optimism. Perspectives on Psychological Science, 8(4), 395-411.