¿Sabíais que en la selva de la República Democrática del Congo hay unos primates llamados “bonobos” que se comunican con una sofisticación que se parece muchísimo a la nuestra? Acaba de salir un artículo que cambia en parte la forma en que entendemos el lenguaje y que desmiente lo que creíamos que nos hacía únicos. Soy muy fan de los bonobos en general y de todos ellos en particular. ¿Tiene sentido lo que he dicho? No. Me la trufa.
Pan Paniscus: el bonobo para los amigos
El bonobo (Pan paniscus) es ese pariente cercano al que solemos ignorar en favor del chimpancé y que resulta ser la vergüenza evolutiva de nuestra especie, como Carlos Mazón. Viven al sur del río Congo y, a diferencia de sus primos los chimpancés (conocidos por su diplomacia a base de estacazos y de poner cara de no haber dicho una palabrota en su vida) prefieren la paz, el consenso y restregarse mucho la entrepierna para solucionar los conflictos. Pero mucho.
Y tú me preguntarás: ¿cómo distingo un bonobo de un chimpancé? Muy fácil: cuando los veas juntos, lo sabrás. El bonobo es el feo.
Viven en sociedades matriarcales donde las hembras, a menudo más pequeñas, unen fuerzas para mantener el orden, lo que demuestra que la famosa supremacía masculina no es más que una rabieta. Si quieres entender cómo la cooperación y la promiscuidad pueden ser las claves para evitar conflictos y resolver tensiones sociales, deja de leer manuales de autoayuda y ponte a mirar vídeos de bonobos. Todos podemos observar primates en nuestro día a día, puede ser tu jefe, tu novio o tu cuñada. Pero para ver bonobos tienes que hacer algo más que un par de transbordos. Así que hay que conformarse con los vídeos (hay uno al final del post que mola bastante).
Nota bene así: los bonobos tendrán un lenguaje muy elaborado y serán muy de pacifismo feminista y todo lo que tú quieras, pero todavía no son capaces de hacer una paella. Los valencianos humanos todavía les llevamos ventaja en eso.
Fuera de coñas, la cosa se pone interesante cuando dejamos de ser supremacistas y le damos vueltas al asunto. Parece que los bonobos son capaces de combinar sonidos simples para crear mensajes complejos, algo que hasta hace poco nos lo atribuíamos a los humanos en exclusiva, si no contamos a los votantes de Vox. Los bonobos demuestran que las raíces del lenguaje podrían ser mucho más antiguas de lo que pensábamos. No son solo chimpancés que han pasado una mala noche porque se les ha ido la mano con el garrafón; son el espejo en el que deberíamos mirarnos para entender que gran parte de lo que consideramos único del ser humano, el lenguaje, es un invento que compartimos con ellos.
En fin, que no estamos solos en el arte de comunicarnos. Vale que las ballenas componen verdaderas sinfonías submarinas, los delfines se llaman por su nombre y algunos pájaros repiten frases y pronuncian mejor que tú un domingo por la mañana. Pero, por muy sofisticados que sean esos sistemas y por muy flipantes que nos parezcan, carecen de lo que nos distingue: la capacidad de combinar sonidos y símbolos para crear significados nuevos, infinitos e imprevisibles.
¿Qué es la composicionalidad?
Mélissa Berthet, Martin Surbeck y Simon Townsend han demostrado en el estudio que ha publicado Science que los bonobos no solo emiten sonidos al azar, sino que combinan sus vocalizaciones de manera estructurada. En otras palabras, no se limitan a decir “uh” y “ah” por reflejo: las unen, las ordenan y las repiten con intenciones diferentes según el contexto. Y eso se parece mucho a algo que en lingüística se llama “composicionalidad”.
La composicionalidad es la capacidad de combinar unidades de significado (como palabras o sílabas) para crear algo nuevo cuyo sentido depende de las partes y de cómo se organizan. En su versión más simple, la trivial, es cuando el significado de la frase se entiende directamente de las palabras: “perro negro” significa lo que parece, un perro de color negro. Pero existe una forma más avanzada, la no trivial, cuando el significado cambia de manera más compleja, como en “mal bailarín”, donde una palabra altera profundamente a la otra: entender “mal bailarín” requiere una gran capacidad de manejo cognitivo de elementos de significación. Hay, al menos, dos bailarines y a uno de ellos no lo ves. Hasta ahora, se pensaba que los humanos éramos los únicos capaces de usar esa estructura mental, pero los bonobos, según este estudio, acaban de pedir apuntarse al club.
Esta peña se pasó meses grabando y analizando los sonidos de bonobos en libertad: más de setecientas grabaciones y más de trescientas variables por cada una, desde el comportamiento de los individuos hasta las reacciones del grupo. Luego aplicaron un método de análisis de semántica de distribución (una técnica que normalmente se usa en lingüística computacional) para crear una especie de mapa del “significado” de cada llamada. O sea, una guía de lo que los bonobos dicen.
Los resultados del estudio
Lo interesante es que encontraron siete tipos básicos de llamadas que, combinadas entre sí, daban lugar a estructuras con sentido propio. Algunas combinaciones eran simples, casi mecánicas, pero otras mostraban una relación más profunda: el significado del conjunto no era exactamente la suma de las partes. Esas son las combinaciones no triviales, y ahí es donde la cosa empieza a molar bastante. En tres de estructuras observadas, el patrón era lo bastante complejo como para que los investigadores hablaran, sin miedo al ridículo, de algo parecido a una proto-gramática.

Por supuesto, nadie está diciendo que los bonobos estén a punto de escribir la gran novela americana. Pero sí parece que su comunicación tiene una base estructural más parecida a la humana de lo que se creía. Total, que no somos los únicos animales capaces de combinar unidades sonoras con un significado flexible. Y eso obliga a revisar la historia de nuestro propio lenguaje.
La implicación más interesante del estudio, en mi opinión, es que la capacidad de combinar elementos con sentido podría ser mucho más antigua que el homo sapiens. Tal vez no apareció de repente con nosotros, sino que ya estaba presente en el último ancestro común que compartimos con los bonobos y los chimpancés, hace entre siete y trece millones de años. Si eso es cierto, entonces la chispa de lo que hoy llamamos “lenguaje” lleva encendida desde antes de que existiera nuestra especie.
La noticia también tiene un toque de ironía. Mientras los humanos seguimos discutiendo si un emoji cuenta como comunicación y de qué forma, los bonobos llevan generaciones combinando sonidos con más coherencia que muchos hilos de Twitter. Pero no tienen redes sociales. Y follan bastante. Igual más que tú. Amiga, déjate Grindr.
Ojocuidao: el lenguaje humano es una evolución de algo que ya existía
El estudio no está exento de matices. Los autores no pueden saber con certeza qué significa cada vocalización, solo pueden inferirlo del contexto. Tampoco se trata de un lenguaje con sintaxis y vocabulario estable, sino de un sistema flexible que depende del entorno y de las relaciones entre los individuos. Pero eso no le quita valor, al fin y al cabo los humanos hacemos lo mismo. Lo que sí significa es que la frontera entre el lenguaje humano y la comunicación animal no es un muro, sino más bien una cuesta. El lenguaje humano es una evolución de los mecanismos comunicativos que tenían nuestros ancestros.
Los propios autores lo reconocen: los resultados no convierten a los bonobos en oradores peludos, como los gremlins que todavía no han atracado la nevera durante lo noche. Pero sí obligan a reconsiderar qué entendemos por “lenguaje”. Muy probablemente nuestra forma de hablar no sea un milagro biológico, sino una extensión evolutiva de algo que ya estaba ahí. Entender que el ser humano es súper especial y que la evolución dio un triple salto mortal con nosotros es una tontería.
Implicaciones para comprender al ser humano
Este descubrimiento, más allá de su valor científico, plantea una cuestión yuyante, que en el fondo es la misma de siempre. Si los bonobos pueden expresar algo parecido a combinaciones de ideas, ¿qué nos separa realmente de ellos? La respuesta fácil sería decir “la cultura”, “la escritura” o “el champú anticaspa”. Pero en el fondo, seguimos siendo seres que dependen de sonidos, gestos y silencios para entenderse. Como los bonobos. Y muchas veces fallamos en ello. Quizá esos monos simios nos lleven ventaja en algo que creíamos exclusivamente nuestro: la coherencia emocional al comunicarnos, y no siempre.
Piénsalo un momento. Los bonobos usan la voz para coordinarse, calmarse, advertirse o llamar a otros. Otras especies lo hacen, pero no con tanta complejidad ni con grados de abstracción tan altos. No parece muy distinto de lo que hacemos nosotros, solo que ellos no han inventado el correo electrónico. Es posible que, en vez de hablar de una “aparición del lenguaje”, tengamos que hablar de una continuidad o de una evolución: una línea que empieza mucho antes de nosotros y que sigue viva en esos bosques donde aún se escuchan sus llamadas.
¿Qué nos queda por aprender?
Mucho. El artículo no da respuestas definitivas, lo que hace es invitarnos a mirar más allá de nuestras cómodas creencias sobre la superioridad del sapiens. Y, sinceramente, después de leerlo, cuesta seguir creyendo que la inteligencia y la comunicación humanas son fenómenos únicos. Tal vez solo somos los que hemos llevado esa tendencia natural al extremo, con gramáticas, alfabetos y aplicaciones móviles. Pero la raíz, el impulso de combinar sonidos para significar algo, ya estaba ahí.
Si la ciencia sirve para algo, es para recordarnos lo poco que sabemos. Los bonobos, con sus “uhs” y sus “ahs”, acaban de darnos una pequeña lección de humildad. Mientras nosotros seguimos inventando maneras cada vez más complejas de malinterpretarnos por WhatsApp, ellos siguen comunicándose con una eficacia silenciosamente elegante. Y por eso, aunque el estudio hable de primates, también habla de nosotros.
Lee más sobre los bonobos:
Clay, Z., Zuberbühler, K., & Arnold, K. (2024). Extensive compositionality in the vocal system of bonobos (Pan paniscus). Science Advances, 10(42), eadv1170.
de Waal, F. (2013). The bonobo and the atheist: In search of humanism among the primates. W. W. Norton & Company.
Hare, B., & Woods, V. (2020). Survival of the friendliest: Understanding our origins and rediscovering our common humanity. Random House.
Gruber, T., & Clay, Z. (2016). A comparison between bonobos and chimpanzees: A review and update. Evolutionary Anthropology, 25(5), 239–252.
BBC Future. (2024). What bonobos can teach us about language and empathy. BBC.

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