Vivir sin Whatsapp o cómo desconectarse del capitalismo, del grupo del colegio y hasta del Grindr
Parece una locura, pero sí, se puede vivir sin WhatsApp. Y no solo se puede, sino que es profundamente liberador si eres mujer, cuidadora, precaria o un hombre gay atrapado entre el doble check azul y el «está a 374 metros». Porque no es solo una app, es un sistema de control emocional y disponibilidad permanente. Una prolongación de las jornadas laborales, sí, pero también de las ansiedades afectivas. Nos viene fenomenal para la cabeza.
¿Se puede vivir sin mensajería instantánea y sin redes sociales?
Sí, se puede, pero para eso hay que entender primero una cosa. Nos vendieron la mensajería instantánea como una herramienta para estar más conectados, para hacer fácil una reunión de amigas, para distribuir información por escrito, pero lo que han conseguido es que estemos más vigiladas, más disponibles y más explotadas. Si eres mami te meten en los grupos del colegio, en el de la familia, el trabajo, y el que crean para celebrar el cumpleaños del perro. Si eres maricón, Grindr te tiene igual de enganchado, pero en otro tipo de trinchera emocional: la de las notificaciones, los «hola», los «qué buscas», las fotopollas y los ghostings como forma de gestión afectiva estándar.
Y eso también desgasta. Porque cada chat es una promesa o una expectativa que no se cumple. Y si se cumple, igual tampoco era para tanto. El capitalismo afectivo crea una economía basada en la atención: cuanto más disponible estás, mejor. O al menos, eso parece. Y WhatsApp (y Grindr, y todas) juegan ese juego.

WhatsApp, cuidados invisibles y explotación emocional
Podemos ponernos intensos y decir que vivir sin WhatsApp o sin Grindr es un gesto político. No voy a estar siempre, no voy a contestar todo, no voy a dejarme drenar. Es también una forma de cuidarse, de no regalar energía a quien no la devuelve, de salir del bucle de likes, vistos y mensajes sin respuesta. Porque a veces no necesitamos más comunicación, sino más silencio, más presencia y menos algoritmo.
Yo no tengo ninguna red social y estoy intentando no sentirme culpable cuando no contesto a los mensajes. Y sí, desconectarse cuesta. Incluso si has aprendido con el tiempo que el deseo también pasa por ahí. Si el afecto se mide en líneas verdes y la validación depende de si alguien te contesta en tres minutos o en tres días. Pero precisamente por eso hay que intentarlo: porque merecemos vínculos menos frágiles, menos productivistas y menos precarios. Las llamadas son una maravilla que habíamos olvidado. Cristina Fenollar, que en paz descanse, ya lo decía: ¿por qué vamos a hacer una llamada de tres minutos para quedar con tu amiga y tomar café si podemos estar tres días con mensajes para arriba y para abajo para terminar no viendo a esa persona? ¿Estamos locas o qué?
Desintoxicación digital: salud mental y resistencia
Vivir sin mensajería instantánea también es una cuestión de salud mental. Porque de verdad que esto va de ansiedad, de presión, de culpa, de expectativas en todas direcciones y de sentir constantemente que hay alguien que te está prestando atención. Va de no saber si puedes tardar en responder sin parecer una borde. Y puede que no respondas porque no eres capaz de pensar o porque no te apetece o porque estás con una diarrea voladora de las que te hacen adelgazar dos kilos en 24 horas. Esto va de conversaciones simultáneas que no profundizan en nada y que sirven para comunicar «que sepas que soy tu amigo y me acuerdo de ti pero no nos vamos a ver en los próximos cuatro años». También va de burnout afectivo, de relaciones de usar y tirar y de «te uso para hablar contigo porque estoy cachondo, quieras tú o no». Y si lo piensas bien, esto no se diferencia mucho de ser el exhibicionista ese de toda la vida.
Y podría continuar con ejemplos, pero me aburro hasta ayo. Aquí es donde entra la desintoxicación digital. No como moda “wellness” ni como retiro espiritual con batidos verdes ni para abrazar árboles, sino como reseteo emocional. Como forma de decir «hasta aquí». Porque también necesitamos parar en lo íntimo, en lo emocional y en lo cotidiano.
Parar un momento y repensar cómo usamos WhatsApp no es solo un gesto simbólico o político, que no hace falta ponerse intenso a todas horas: puede tener beneficios muy reales para nuestra salud mental. Simplemente dejar de mirar notificaciones cada cinco minutos reduce esa sensación de urgencia constante que nos tiene con el cerebro en modo centrifugado 18 horas al día. Menos estímulos, menos agotamiento. También nos ayuda a gestionar mejor el tiempo porque revisar WhatsApp por inercia veinte veces al día nos parte la concentración y nos hace sentir que no hemos hecho nada aunque no hayamos parado. Y si tienes la atención un poco tocada y fuera de control, que no sé de qué me sonará a mí eso, oye, igual hasta te viene bien y todo.

Además, hay algo profundamente liberador en dejar de sentir que tenemos que responder al momento. Se desinfla esa presión social invisible que dice que si no contestas rápido es porque no te importa. No es verdad, de verdad que no, que si cuantificas el valor de tus amistades por la rapidez en que responden a tus mensajes estás jodida. Y cuando te desconectas un poco, aunque sea solo una horita al día, aparece ese espacio mental donde de pronto respiras mejor, piensas más claro y duermes una siesta sin sobresaltos (o eso me han dicho, porque creo que mi última siesta fue antes del Vaticano Segundo). Si no respondes durante unas hora y no tienes una depresión como un piano, de pronto te das cuenta de que se abre hueco para el autocuidado, para estar contigo mismo/misma sin tanta interrupción. Y, de rebote, también mejora cómo nos relacionamos: más presentes, más atentos, menos dispersos.
El ghosting como síntoma del capitalismo afectivo
¿Y qué tiene que ver el ghosting con todo esto? Pues todo. El ghosting en Tinder, en Grindr y en Whatsapp no es solo mala educación: es la forma neoliberal de gestionar los vínculos. Se desaparece porque no hay tiempo, ni responsabilidad, ni ganas de sostener nada. Porque el mercado nos ha enseñado que todo es reemplazable y porque tenemos que sacar un beneficio. Además, en los tiempos que corren, una amistad no puede salirte a devolver porque piensas que esa amistad ya no vale, que esa persona no te quiere o que a ese ligue ya no le gustas. Y en el menú infinito de cuerpos disponibles y amistades digitales, lo que no nos da gratificación inmediata, se desecha. Y si te la da, se desecha a continuación.
Eso obvio que estamos agotades. Y sí, nos cuesta confiar. Porque las plataformas no están pensadas para construir nada, sino para mantenernos enganchadas y enriquecerse. No fomentan el vínculo, sino un enganche emocional dopaminérgico de baja intensidad, pero constante. Juegan con tu cerebro para ganar dinero. No soy un experto, pero te aseguro que la relación que tienes con whatsapp, con las apps de zorreo y con instagram es una relación tóxica de manual. Y si Tinder fuera una persona, tendría un trastorno de la personalidad.
Aunque la palma se la lleva Duolingo, que es ese amigo tóxico que todos tenemos. Y si no tienes uno, el tóxico del grupo eres tú.
Grindr, atención constante y vínculos precarios
Grindr es el hermano mayor queer de WhatsApp: más salvaje, más rápido, más impersonal y más desesperado. Una feria de cuerpos geolocalizados donde el deseo se mide en metros y el silencio duele como si te hubieran dejado en visto con megáfono y efectos especiales. No es solo una app, es un ecosistema entero donde el enganche es parte del diseño, y la soledad, paradójicamente, se multiplica con cada nuevo “hola” sin respuesta.
Porque sí, también forma parte de esta lógica de hiperconexión sin compromiso, donde todo el mundo habla con todo el mundo pero nadie dice nada. Las conversaciones duran lo que tarda en llegar alguien “mejor”, “más cerca” o “más disponible”. Y si no encajas en ese molde fugaz del deseo, simplemente desapareces. Next. Una economía afectiva regida por algoritmos, expectativas irreales y cuerpos que valen más o menos según la hora del día, la zona, el tipo de foto o si estás “en forma” para el mercado.
El afecto, aquí, no se construye: se gestiona como una estrategia de mercado. Atención por atención, validación por validación. Un toma y daca emocional en el que siempre sientes que das más de lo que recibes, y donde quedarte en la app esperando algo que ni sabes si quieres pero que no puedes dejar de buscar se convierte en rutina. Como un juego infinito que no puedes ganar, pero del que tampoco sabes cómo salir. Porque lo que buscas (contacto, deseo, cariño, descargar o lo que sea) nunca termina de aparecer, pero la promesa de que quizá lo hará está siempre flotando ahí, como una zanahoria digital.
Y mientras tanto, tú con la pantalla encendida a las dos de la mañana, diciéndote que esta es la última vez. Hasta la próxima notificación.
Esta movida es mucho más interesante de lo que parece. A veces me pregunto hasta qué punto es verdad lo de que la peña busca solo sexo o cree que busca sólo sexo. Que oficialmente sí, pero no. Que caiga un chaparrón. Ya hablaré de esto en otro momento.
Cómo desconectar y reconectar con lo humano
Vivir sin WhatsApp, sin Grindr, sin Instagram y sin la urgencia de contestar todo, no es una locura. Es una necesidad. Es volver a tener derecho al silencio, al deseo que no se acelera, a las conversaciones que no están mediadas por emojis. No se trata de idealizar el pasado, ni de encerrarse en una cabaña con un Nokia 3310. Se trata de elegir cómo queremos estar presentes y hasta qué punto queremos llevar el control de nuestras interacciones con otras personas. De no regalarle todo nuestro tiempo y energía a plataformas que solo nos quieren enganchadas y en las que la mercancía con la que trafican es nuestra atención. Se trata, en el fondo, de recuperar el control sobre nuestras emociones, nuestro deseo y nuestro descanso.