La Frikitiva
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  • Poliamor de mercado, monogamia patriarcal y otras trampas del «queerer»

    man in white dress shirt holding red bouquet

    Hay una cosa que llevo rumiando desde hace tiempo: ¿cómo hemos llegado a esta glorificación casi religiosa de las relaciones abiertas, sobre todo entre los hombres gay? Y no porque tenga nada en contra de que la gente folle con quien quiera, sino porque tengo la sensación de que nos estamos tragando sin masticar otro relato normativo, disfrazado de liberación sexual, que en realidad es más neoliberal que revolucionario. Pero a muchos les han convencido de que es eso precisamente, una contribución a la lucha contra el patriarcado, nuestro granito de arena a la liberación marika. Y después, ya podemos seguir con nuestras vidas. Circulen.

    Todo esto viene porque he leído en The Guardian la historia de una pareja hetero (Fred y Hester) que se separan, empiezan a acostarse con otras personas, redescubren el deseo mutuo, y acaban volviendo más sabios, más seguros, más sueltos. Una maravilla todo. Y voy yo y pienso: ¿cuánto de eso no es exactamente lo mismo que se repite en muchas relaciones abiertas LGTBIQ+? Es esa idea de mierda de que para que funcione el amor hay que meterle mercado, variedad y constante rotación de cuerpos. Como si la cantidad garantizara la calidad y el bienestar. Como si el deseo solo se sostuviera a base de novedad y consumo rápido. Es como decir que la población venezolana no es libre porque no puede ir al Burger King. Como si la libertad consistiera en poder elegir la comida rápida de la que te vas a morir.

    Venga, va, vamos a ser honestos. Las parejas abiertas son difíciles. Mucho. Y las parejas abiertas de maricones, más aún. No por moralina ni por trauma, sino porque estamos nadando en aguas aún más turbias: por un lado, queremos deshacernos del modelo monógamo tradicional, esa institución del patriarcado que ha funcionado durante siglos como herramienta de control de las mujeres, del deseo, del cuerpo, de la herencia y de la reproducción. Es un modelo que nos ha venido jodiendo a la mayoría de los maricones desde hace mucho. Al mismo tiempo, aplicamos la lógica neoliberal a nuestras relaciones: maximizar el placer, diversificar la cartera sexual, huir del aburrimiento como si fuera la peste, consumir polvos. Lo queremos todo. Y lo queremos ya. ¿Y si no lo tenemos? Ansiedad. Autoestima por los suelos. Grindr. Otra ronda. Scroll.

    Dicho esto, pienso: ¿no será que las parejas abiertas, en lugar de liberarnos del patriarcado, nos hacen firmar otro contrato de permanencia con el capitalismo emocional? ¿No estaremos validando la idea de que más es siempre mejor, incluso cuando “más” nos deja vacías?

    Abro otro melón: ¿qué me decís de esas parejas súper enamoradas que al cabo de diez meses de conocerse están abriendo la pareja? Ay, chica, yo qué sé, pero me da por pensar que tan enamorados no estaban. Como me oiga la Policía Queer Antifascista, me lleva preso. Que igual yo me enamoro de otra forma y soy yo el que tiene la cabeza carcomida. Pero cuando me ha pasado de verdad, sólo he querido follar con esa persona. ¿Y qué hacemos con esos que sólo se validan cuando han follado o cuando tienen novio? Que eso es muy marika: es lo de estar «conociendo a un chico» cada dos semanas, en una rutina imparable de buscar a alguien que valide tu cuerpo y te valide a ti. Porque tengo que follar mucho pero tener pareja y viajar y saberme todos los grupos de modernas folklóricas porque yo soy muy revolucionaria y escucho muixerangas, pero también veo Eurovisión y me gasto en Primark tres euros por una camisa que ha cosido mano esclava infantil. O sea, qué jaleo.

    Vamos a hablar de las parejas abiertas que buscan a terceros online porque han tenido esa conversación iluminadora, la que hace que construyan una narrativa entre los dos para justificar follar con otros. ¿Soy yo o es un clásico empezar escribiendo en Grindr «vamos juntos» y terminar follando por separado cada tres días? ¿Soy yo o esas parejas terminan mintiéndose por sistema, con honrosas excepciones? ¿Por qué necesitan follar con uno detrás del otro constantemente para hacer ostentación de ser antipatriarcal? Si me dijeras que están teniendo dos orgasmos cósmicos a la semana, lo entendería. Pero no. La mayoría de los polvos con desconocidos son, vamos a decirlo, mediocres. No porque falte técnica, que también, sino porque falta vínculo, conocimiento mutuo y cuidado. ¿Cómo va a compararse eso con follar con alguien que te conoce, que te escucha, que te mira con deseo incluso cuando no te has duchado? El problema es, precisamente, cuando no te desea. Haz algo por recuperar a tu pareja, la persona a la que dices que amas, que el patriarcado y la monogamia no son lo mismo, joder. ¿De verdad queremos sustituir la intimidad por el scroll eterno? Soy muy fan de Adrienne Rich y su “la sexualidad sin deseo mutuo, sin conexión, es solo otra forma de alienación.” Fin de la cita y qué gran verdad, maricón. Hemos caído en la trampa de mezclar deseos, cuantificaciones y consumo al creer que de ahí saldría la revolución queer. Que no, que al patriarcado no se le combate solo follando con desconocidos.

    Tampoco digo que la pareja monógama sea la solución mágica. Porque esa solución no existe y porque históricamente ha sido una jaula, sobre todo para las mujeres y las personas queer. Pero reproducir el modelo sin cuestionarlo, solo que con más cuerpos en rotación, tampoco nos va a salvar. De hecho, a veces nos hunde más. Porque cuando todo gira en torno a follar mucho y variado, ¿qué pasa si no tenemos ganas? ¿Si no estamos bien? ¿Si no hay matches? ¿Y si estamos en una silla de ruedas? ¿Nos sentimos fracasadas? ¿Indeseables? ¿Deprimidas? ¿Qué dirá el Komité Queer de las Buenas Costumbres? Consumir sin parar es lo más reaccionario, joder, que no os enteráis.

    Y añado algo de sicalipsis, pero que se nos olvida a la hora de «abrir la pareja»: si yo he tardado cincuenta años en aprender a masturbarme como Dios manda, ¿cómo piensas tú, alma de cántaro, que vas a venir y me vas a hacer una mamada «con premio» en cinco minutos? Es que es imposible y eres muy lerdo si piensas y esperas que sí. Pero también eres imbécil si piensas que vas a ser mucho más feliz viviendo con tu pareja mientras quedas por Grindr para que uno te alivie en el portal de tu casa.

    Cuando hablamos de modelos afectivos alternativos, tenemos que ir más allá de abrir o cerrar relaciones. Tenemos que hablar de qué valores queremos que rijan nuestros vínculos: el compromiso, la ternura, la honestidad, la mutualidad, la posibilidad de construir algo común que no sea una cárcel, pero tampoco un centro comercial.

    Las familias y las parejas LGTBIQ+ no estamos aquí para copiar el pack heterosexual de casa, hijos y sábana bajera blanca a falta del Volvo ranchera, que cuestan una pasta. Pero tampoco deberíamos convertirnos en la punta de lanza del capitalismo rosa. Podemos y debemos inventar otras formas de querernos, que no pasen ni por la exclusividad tóxica ni por la productividad sexual compulsiva.

    Si, como dice Hooks, el amor no es dominación, sino libertad, entonces esa libertad no la vamos a encontrar en la lógica de acumular amantes como likes. Es lo mismo que entender que ir al McDonalds te hace libre. Igual encontramos esa libertad en la posibilidad de crear modelos afectivos donde podamos respirar, desear, y sobre todo, cuidarnos.

    Maricones y huestes LGTBIQ+: hablemos de amor, de deseo y de libertad sexual. Pero también de cuidados, de comunidad, de tiempo compartido y de proyectos comunes. Porque el poliamor y las parejas abiertas no son la panacea. Y la monogamia tampoco. Ni las parejas que se abren en un intento de «no ser celoso». Yo no lo soy, que conste, pero si lo eres, no pienses que por tener tres conversaciones con tu pareja al respecto va a hacer que dejes de serlo. El problema es que eres celoso, no que toleres que tu novio folle con otros. Lo que sí puede ser revolucionario, en este mundo que nos quiere maricas de bien y ricas, pero solas, cansadas y deseando más, es quedarnos, construir, cuidarnos y comprometernos. Aunque eso no se pueda monetizar.

    Qué pesado soy, joder.

  • Sobre los deberes en los coles

    white graphing notebook

    Sigo sin entender cómo en pleno 2025 seguimos defendiendo los deberes de toda la vida. Que no, que no “forman el carácter” ni “preparan para la vida real” ni hacen que se repase lo que se ha aprendido. Lo que hacen, muchas veces, es reforzar desigualdades. Sorpresa. Porque no es lo mismo hacer los deberes en una casa con wifi, silencio, apoyo y fruta cortada que en un piso con tres hermanos, una tele a todo volumen y una madre que llega a las ocho reventada del curro. Y sí, las madres son las que siguen ocupándose de que la muchachada estudie y haga los deberes como toca.

    Ojo con el reparto de tareas: cuando los deberes entran por la puerta, el patriarcado se sienta a la mesa. En muchísimas casas, son las madres las que asumen el seguimiento escolar: las que preguntan, las que imprimen, las que se sientan a repasar. Y no porque los padres no estén, sino porque seguimos arrastrando la idea de que la educación (como los tuppers, las vacunas o las notas del cole) es “cosa de ellas”. Así que los deberes no solo alargan la jornada escolar, sino también la de muchas mujeres que ya llegan al final del día hechas mierda. Es una carga que no se contabiliza, pero pesa.

    Los deberes funcionan y han funcionado siempre como una extensión de la jornada escolar, pero sin maestras, sin condiciones, sin igualdad de oportunidades y, sobre todo, sin sentido pedagógico. Y en esto somos quienes nos dedicamos a esto los que tenemos que darle una buena pensadita. Son la prueba de que seguimos midiendo la educación en tiempo y no en calidad. De que seguimos creyendo que más es mejor. Spoiler: no lo es. O de que la letra, con sangre entra.

    Y sí, claro que puede haber tareas con propósito pedagógico: leer algo que emocione, investigar una pregunta, escribir lo que te pete con unas pautas para hacerlo de forma ordenada o practicar matemáticas en situaciones de la vida cotidiana y no repartiendo manzanas. ¿Por qué siempre son manzanas? Pero eso no suele ser lo que se manda. Lo que se manda son fichas en serie, multiplicaciones sin contexto, redacciones tipo “qué hice el fin de semana” (lo mismo de siempre, profe). Tareas que aburren hasta a la tortuga, que nadie quiere corregir y que acaban crispando a toda la familia. El objetivo es terminarlos para que puedas ver la tele o jugar a la consola o cerrar la puerta de tu habitación

    A veces me da la impresión de que los deberes siguen ahí no porque funcionen, sino porque no nos atrevemos a deshacernos la idea de que la educación tiene que doler. Que la infancia necesita entrenamiento, no socialización y pasarlo bien. Que cuanto antes se acostumbren a las exigencias del sistema, mejor. Repito: nos importa que aprendan a cómo funciona el mundo y a que se saquen las castañas del fuego, no sea que vayan a convertirse en personas de paguita.

    Lo que necesitan estas criaturitas de Dior es tiempo libre, juego, descanso, conversación, equivocarse sin pánico, aprender sin castigo, cagarla en un entorno en que puedan hacerlo y aprendan. Lo que necesitan son adultos que no anden todo el día diciendo “venga, que se te acumula”. Y siempre bajo la premisa de que primero son los deberes y después el disfrute, ahí, para que aprendan a quitarse las cosas de encima y a cumplir con sus obligaciones.

    Con siete años, kary, lo que tienen que hacer es saltar como macacos y hacer coreografías en grupo. Ya aprenderán la cultura del esfuerzo más tarde, que de eso hay tiempo.

    Los deberes, tal y como los entendemos, no forman: clasifican. Y siempre clasifican igual. Refuerzan las ventajas de quien ya las tiene. Penalizan a quienes no pueden. Y enseñan desde muy peque a adaptarnos a este capitalismo que nos hemos montado. Y luego fingimos sorpresa cuando vemos a quién votan los jóvenes.

    Cuando viene un niño acojonado a confesar que no ha terminado los deberes, o cuando una madre me escribe agobiada porque no le da la vida para ayudarle, me dan ganas de coger todas esas fichas y hacer una hoguera bien grande, con mascletà, y todo. Porque si educar va de eso, mal vamos.

  • Hay que desinstalarse Instagram

    person using smartphone

    Hay que desinstalarse Instagram. No hoy, ayer. Yo ya lo hice, pero mucha gente cercana lo sigue usando y cuando me pasan algo me horrorizo por sistema. Lo que empezó como una red social para compartir fotos con filtros feos se ha convertido en una máquina de triturar autoestima, fomentar el narcisismo y venderte la ilusión de que todo el mundo está más bueno, más feliz y es más productivo que tú. Spoiler: no. Pero claro, cuando vives viendo vidas retocadas a golpe de algoritmo, el cerebro se lo traga. Y luego tú con tu cara de lunes y tu panza normal te crees defectuoso y sientes de todo menos paz. No es casualidad. Es negocio.

    Instagram no es sólo una app: es una fábrica de ansiedad con branding minimalista. Te vende a ti y te paga con una patada en los cojones a tu salud mental. Todo en ella está diseñado para que compares, compitas, consumas y te sientas un poco peor contigo mismo, justo lo suficiente como para que vuelvas a entrar. Y lo peor es que nos han hecho creer que el problema somos nosotros, por no «usar las redes con moderación», como si la adicción no estuviera programada. Así que sí, desinstálatela. No para convertirte en un monje zen, sino para recuperar tu tiempo, tu atención y, con suerte, un poco de dignidad digital.

  • ¿Por qué necesitamos educación sexual en las aulas?

    person holding a yellow condom

    Manuela Carmena escribe en el epílogo a «Violadas o muertas: Un alegato contra todas las ‘manadas’ (y sus cómplices)”, de Isabel Valdés, un libro que recomiendo, sin más:

    Cómo es posible que esos cinco jóvenes andaluces no fueran conscientes de que estaban utilizando a una mujer como si se tratara de un mero objeto con orificios variados? ¿Cómo puede ser que una juventud con unos niveles de alfabetización suficiente (los acusados tienen estudios; algunos, formación militar) tenga una formación en lo sexual tan primaria, brutal y despiadada? ¿Qué ha sucedido en nuestras escuelas para que esto sea así? ¿Ofrecemos en nuestros centros educativos una verdadera educación sexual?

    La pregunta de Carmena no solo es pertinente, sino urgente. No basta con saber leer y escribir: la alfabetización sexual y emocional es inevitable para construir una sociedad segura y sin ella es imposible que avancemos como sociedad. La ausencia de una educación sexual integral deja espacio a la pornografía y a los discursos misóginos como principales fuentes de aprendizaje afectivo-sexual entre los jóvenes. Una educación sexual de calidad, impartida desde edades tempranas, no se limita a hablar de anatomía o prevención, sino que enseña consentimiento, empatía, respeto y el valor de los vínculos humanos. Es una herramienta de prevención frente a las violencias sexuales. Porque cuando la escuela calla, otros, menos éticos y más violentos, ocupan su lugar.

  • ¿Hemos perdido el control? Crianza, salud mental y móviles: la ruleta rusa del siglo XXI

    students sitting inside the classroom while using their smartphone

    Tengo a unos amigos de visita en casa. De esas visitas que te hacen recordar que no todo está perdido porque aún hay gente con la que puedes hablar durante ocho horas seguidas sin mirar el móvil. Ironía. Él es arquitecto y nos conocemos desde hace treinta años. Ella es psicopedagoga y la conozco a través de él. Ella y yo tenemos la sensación de estar viviendo una especie de distopía educativa con wifi.

    A los dos une algo más que la amistad y su marido: tenemos en común un oficio difícil y una preocupación creciente. Porque criar y educar en 2025 es como montar un mueble de IKEA sin instrucciones, pero con una voz en off que te grita “a ver si lo haces perfecto, que si algo sale mal, va a ser culpa tuya”.

    Las escuelas están asumiendo cada vez más responsabilidades de las que ya tenían: emocionales, sociales, cívicas, tecnológicas, e incluso terapéuticas. Y con cada nuevo quebradero de cabeza, las herramientas de trabajo se nos van escapando de las manos aunque la inversión haya aumentado y cada vez sea más nítida la convicción social de la importancia de nuestro trabajo en el desarrollo de las generaciones que están por venir. Se nos exige más y se nos deja hacer menos. Si un chaval lo pasa mal, si no se regula o si fracasa, al final se nos ve como los culpables y responsables últimos, y las circunstancias de esa situación, el contexto y la historia que el chaval tiene detrás cada vez son menos relevantes. Que si el profe no vio venir el problema. Que si el cole no actuó. Que si, que si, que si. La culpa es nuestra.

    Pero, como se dice en inglés, hay un elefante en la habitación. Uno que brilla, vibra y se carga por USB.

    Los móviles, las redes, los algoritmos saben más de nuestros chavales que nosotros mismos. Este artículo de El Diario lo dice claro: desde 2012, los problemas de salud mental en menores se han disparado, sobre todo en chicas. Y no, no se debe solo a que ahora se diagnostique más. Tiene que ver con un diseño tecnológico que atrapa, sobreestimula y genera vulnerabilidad a medida. ¿Te suena?

    La adolescencia ya era una montaña rusa emocional antes de que TikTok se sumara a la fiesta. A esta montaña rusa le hemos quitado el cinturón de seguridad. Lo dicen los datos, lo dicen los psiquiatras, lo vemos cada día quienes trabajamos con ellos. Y lo intuyen los propios jóvenes, que muchas veces se sienten sin control y sin red.

    Y mientras, nosotros—familias, profes, educadores—intentamos tapar goteras con una cucharilla. Con suerte, nos organizamos y podemos retrasar el día en el que reciben su primer móvil. Pero las apps están diseñadas para saltarse filtros, atrapar su atención, exprimir sus datos… y sobre todo para que cada vez sea más difícil que las familias y los cuidadores y las cuidadoras tengan cierto control sobre el uso que hacen de los smartphones. No se nos puede olvidar que esto no va solo de límites parentales, va de una industria que debe asumir su parte de responsabilidad.

    ¿Podemos seguir educando como si esto no pasara? ¿Como si cada chaval no tuviera una ruleta rusa en el bolsillo? No. Hay que repensar. Rediseñar. Resistir un poco. Desde las casas, desde las aulas, pero también desde las leyes y las empresas tecnológicas. Porque no, nos vamos a la mierda. Y porque, como educadores (y aquí incluyo a las familias), nos merecemos es no sentirnos siempre los culpables de un sistema que ni siquiera diseñamos nosotros. Si las instituciones que regulan el sistema educativo no intervienen, vamos a flipar.

    No podemos seguir dejando esta responsabilidad únicamente en manos de las familias y los centros educativos. Es urgente que los gobiernos asuman su papel y actúen con decisión. Necesitamos una regulación clara y efectiva que obligue a la industria tecnológica a diseñar productos seguros para la infancia y la adolescencia, con garantías reales de protección por defecto. No se trata de demonizar la tecnología, sino de exigir que se construya pensando en el bienestar de los más vulnerables. Porque sin una intervención firme desde lo público, seguiremos educando a ciegas en un entorno diseñado para lo contrario.

  • We are all running from pain

    white and blue medication pills

    In 2012, enough opioids were prescribed for every American to have a bottle of pills, and opioid overdoses killed more Americans than guns or car accidents.

    […]

    We are all running from pain. Some of us take pills. Some of us coach serve while binge watching Netflix. Some of us read romance novels. We will do almost anything to distract ourselves from ourselves. Yet all these trying to insulate ourselves from pain seems only to have made our pain worse.

    Anna Lembke, “Dopamine Nation”

    En 2012, en EE. UU. se recetaron tantos opioides que alcanzaba para que cada persona tuviera su propio botecito. Una muestra gratuita de bienvenida al apocalipsis: ese año, murieron más personas por sobredosis que por armas o accidentes de coche.

    Según Lembke, y estoy de acuerdo, todos huimos del dolor. Unos con pastillas. Otros enganchados a series que ni les gustan, pero algo hay que ver mientras ceno. Algunos se zambullen en novelas románticas con más clichés que sentido o en ensayos profundísimos para que todo el mundo piense que son la hostia de sabio. Hasta aquí creo que las tengo todas. Mea culpa.

    Y luego están los que menos soporto: esos maricones que follan sin parar porque creen que eso les gusta y terminan enlazando un rollo con otro y sin poder hablar de otra cosa que de lo mucho que copulan. Pero están insatisfechos, frustrados y exhaustos por el esfuerzo de aparentar lo felices que son. Qué casualidad que casi todos son unos misóginos de cuidado; te lo digo yo que soy ese estereotipo de marica resentido que se cree el faro moral de Occidente.

    Leyendo a Lembke soy capaz de verbalizar eso que intuitivamente ya sabía: cada uno con su droga. Lo importante es no quedarse solo con uno mismo, no vaya a ser que nos caigamos mal.

    El problema es que tanta distracción no nos salva del dolor, lo amplifica. Es como ponerle una tirita a una fuga de gas: es una idea terrible, todos lo sabemos, pero lo haces porque patatas. Hay que ser feliz a tope y pasarlo genial. Y esto no solo es un veneno para tu estabilidad y tu bienestar, es que es una cuestión política.

    Cuando el capitalismo te vende que lo respetable no solo es la productividad sino la felicidad y el placer inmediato, acabas yonqui perdido de la dopamina, rascando notificaciones de Grindr y likes en Instagram como si fueran pepitas de oro, pero infeliz y trabajando sin descanso para pagarte esas cosas que te han convencido de que necesitas.

    Ser infeliz, estar triste o aburrido no es productivo. No genera riqueza. Que nos hayan convencido de que la felicidad es un estado irrenunciable de la vida humana es la perversión cultural más terrible que hemos sido capaces de crear.

  • Israel ha invadido el Líbano

    a flag flying on top of a stone structure

    Esta noche, Israel ha invadido el Líbano. Estados Unidos ya ha advertido a Irán que no haga nada, que tendrá consecuencias. Lo de siempre: Israel es el agresor genocida, Estados Unidos lo defiende, Europa no dice nada e Irán se pone a bramar, pero no hará nada. El mismo teatro de siempre.

    Porque es una cuestión de poder y dinero. Que Israel continúe las agresiones incrementa el gasto de material militar y a nadie le conviene dejar de ingresar esas perrillas que les vienen bien a todos, incluso a Alemania. ¿A quién coño le interesa la población? ¿Los procesos de paz? A nadie, es como la obra de teatro de navidad del colegio de los niños: a nadie le apetece, pero todos le damos mucha importancia. Una vez estamos allí, queremos salir corriendo. Cuando termina, todo el mundo está aliviado y esperando a la próxima. El año que viene. Pues esto es igual.

    Es deprimente. Haces una búsqueda de la bandera del Líbano enlace os bancos de imágenes gratuitos (los que uso para poner las imágenes aquí). A partir de la tercera línea, las banderas que aparecen son las de Estados Unidos y, guess what, Israel.

    Que juzguen al asesino Netanyahu ya.

  • Lucha por la existencia

    Los informativos de Danmarks Radio son mejores que los de TVE, diría yo. Pero claro, con dinero todo funciona mejor, siempre. Si TVE tuviera la financiación que tiene la DR, otro gallo les cantaría.

    Por las mañanas, mientras me preparo para salir y desayuno, me pongo las noticias. Hace un rato estaban entrevistando a un experto danés en Oriente Medio. La periodista le ha preguntado que por qué la sociedad israelí está tan militarizada. La respuesta ha sido: Israel está en perpetua lucha por su existencia.

    Efectivamente. Si no se hubiera creado, eso para empezar, la población no tendría que estar luchando por su existencia. Es decir: están utilizando una narrativa que justifica la agresión basándose en una premisa equivocada: que tienen derecho a ocupar esos territorios. No, no lo tiene, pero el sionismo que nos ha calado hasta el tuétano, nos ha convencido de que es así.

  • La importancia de la educación primaria

    Escuela primaria

    La educación primaria es una de las etapas más cruciales en el desarrollo de un individuo. En estos primeros años se adquieren conocimientos básicos en matemáticas, lengua o ciencias, y se establecen las habilidades y competencias fundamentales para el resto de la vida. La educación primaria es el inicio de la vida académica, sino una fase crítica que moldea cómo entenderemos el mundo, nos relacionaremos y nos enfrentaremos a los desafíos que se le presenten en el futuro. Y estoy básicamente hasta el coño de que se piense lo contrario. 

    Desde una perspectiva psicobiológica, la educación primaria es un periodo en el que el cerebro está en pleno desarrollo. Sabemos que durante estos años las conexiones neuronales cambian muy rápidamente y se organizan con una flexibilidad que todavía no comprendemos muy bien. También está claro que los niños y las niñas están particularmente receptivas a aprender nuevas habilidades y absorber información. Este es un momento único en el que se puede influir de manera determinante en la formación de hábitos, en la construcción de la autoestima, en la capacidad para resolver problemas y en nuestra forma de desenvolvernos en sociedad. 

    Este impacto va más allá de la adquisición de conocimientos académicos; es cuando comenzamos a entender y practicar las dinámicas sociales fundamentales. En otras palabras, la escuela primaria es el lugar donde nos socializamos y nos convertimos en seres humanos. Aprendemos a interactuar con nuestros compañeros, a trabajar en equipo, a compartir, a dialogar, a negociar, a autorregularnos, a gestionar nuestras frustraciones y a tener en cuenta que las acciones propias influyen en los demás. Este proceso de socialización nos permite desarrollar una comprensión más profunda de la empatía, la cooperación y la diversidad, preparándonos para participar activamente en la sociedad. La escuela actúa como un microcosmos de una sociedad más amplia, donde se experimenta y se aprende a manejar las complejidades de las relaciones humanas. A muchos se nos pasa por alto lo importante que es este proceso para el bienestar emocional futuro en todos los ámbitos de la vida.  

    Cuando recibimos una educación adecuada durante esta etapa, se establecen las bases para el aprendizaje durante el resto de nuestras vidas. Aprender a leer y escribir, por ejemplo, no es sólo una habilidad mecánica e inmutable, sino una puerta de entrada a un mundo de conocimiento. Desarrollar una comprensión lectora sólida, flexible y robusta nos permitirá manejar cualquier texto, técnico o de ficción, asimilar contenidos cada vez más complejos y buscar y encontrar la información que necesitamos de un texto largo. También nos ayudará a ser más críticos con la información que leemos y, con el tiempo, con los datos que nos proporcionan. Y esta capacidad no es más que un aspecto del pensamiento crítico, cada vez más necesario en una época en la que estamos de mierda de hasta arriba, donde la verdad y la mentira en internet y en las redes sociales se hacen más y más difíciles de distinguir.  

    La educación primaria también juega un papel súper importante en el desarrollo social y emocional. Aprendemos a interactuar con los demás, a respetar las normas, cuestionarlas y negociarlas en la medida de lo posible, a respetar los puntos de vista de quienes nos rodean y a resolver conflictos. Estas habilidades sociales son esenciales para el éxito en la vida adulta, tanto en el ámbito personal como social. Se aprende a vivir en sociedad y a tener un sentido de comunidad que, tarde o temprano, tendrá importancia para la acción política, al respeto por los valores ciudadanos y, al final, terminará afectando para bien o para mal al funcionamiento de nuestra democracia.  

    Y para los y las liberales que están leyendo esto, os doy un bonus track, gratis, oye: una educación primaria de calidad es fundamental para el desarrollo económico y social de una nación. Como lo estás leyendo. Los niños y las niñas que reciben una buena educación tienen más probabilidades de continuar sus estudios, lo que aumentará sus oportunidades de empleo y contribuirá al crecimiento económico. Así que si estás pensando que lo de la educación primaria pública, de calidad, universal y justa es sólo una cosa de gente woke y progre, haz un esfuerzo y piensa, si es que te llega, que una buena educación termina beneficiando al desarrollo de la actividad económica y empresarial. A no ser, claro está, que estemos hablando de empresas que pasen de su plantilla y no les afecte eso del bienestar de quienes trabajan en ella.  

    Además, una educación primaria inclusiva y equitativa es clave para reducir las desigualdades sociales y promover la cohesión social. Es en la educación primaria donde se empiezan a abordar temas tan importantes como la ciudadanía, los derechos humanos y el respeto por el medio ambiente. Estos son aspectos esenciales para formar ciudadanos responsables y comprometidos con su comunidad y con el mundo en general. Al inculcar estos valores desde una edad temprana, se sientan las bases para una sociedad más justa, equitativa y sostenible. 

    La educación primaria debe considerar las diferencias individuales de cada niño. No todos los niños ni todas las niñas aprenden al mismo ritmo o de la misma manera, y es fundamental que los sistemas educativos sean lo suficientemente flexibles para adaptarse a estas diferencias. La personalización del aprendizaje, la atención a la diversidad y el apoyo a los estudiantes con necesidades educativas especiales son elementos clave para asegurar que, con el tiempo, todos tengan las mismas oportunidades. Y esto cuesta mucho dinero.

    Sabemos que la inversión en educación primaria tiene un retorno significativo a nivel económico y social. Los países que invierten más en las primeras etapas educativas no solo ven mejoras en el rendimiento académico, sino también en indicadores como la salud, la reducción de la pobreza y la estabilidad social. Que Finlandia no es un modelo en muchas cosas, pero en esta, sí. La educación primaria no sólo es una responsabilidad ética y moral, sino una inversión estratégica para el futuro de cualquier nación. 

    Invertir en la educación primaria es una responsabilidad esencial del Estado, ya que se trata de una cuestión afectará directamente al futuro de la nación. Cuando el Estado destina recursos adecuados a esta etapa educativa, asegura que todos los niños, independientemente de su origen socioeconómico, invierten en la formación de ciudadanos preparados para contribuir al desarrollo económico y social del país. La UNESCO dice que una población bien educada impulsa la innovación, mejora la productividad y fortalece la democracia, lo que convierte la inversión en educación primaria en una estrategia clave para el progreso y la estabilidad. 

    Pensar que la educación primaria no es un pilar fundamental para el desarrollo integral de los individuos y para el progreso de las sociedades, es ser muy mónguer. Invertir en la educación primaria es invertir en un futuro mejor para todos. 

    Sigue leyendo aquí:  

    Bruner, J. S. (1996). The Culture of Education. Harvard University Press. 

    Goswami, U. (2008). Cognitive Development: The Learning Brain. Psychology Press. 

    Piaget, J. (1970). The Science of Education and the Psychology of the Child. Orion Press. 

    Vygotsky, L. S. (1978). Mind in Society: The Development of Higher Psychological Processes. Harvard University Press. 

    Shonkoff, J. P., & Phillips, D. A. (2000). From Neurons to Neighborhoods: The Science of Early Childhood Development. National Academy Press. 

    UNESCO (2015). Education for All 2000-2015: Achievements and Challenges. UNESCO Publishing. 

  • Cómo los estereotipos corporales y sexuales afectan la autoestima

    Hombres desnudos

    En las últimas semanas hay algo a lo que no paro de darle vueltas: a los maricones, como al resto de la población, se nos ha impuesto un modelo de cuerpo y de comportamiento sexual que hace que tengamos unas expectativas muy poco realistas. No solo debemos tener unos pectorales de gimnasio, viajar, ser jóvenes y ganar muchísimo dinero, sino que también tenemos que follar más que nadie, tener unas orgías de la hostia y, además, tenemos que contárselo a todo el mundo para que se enteren de lo felices que somos follando a diestro y siniestro. No hay lugar para reírse mientras follas. Tienes que ir de orgía en orgía y si duras menos de 12 horas follando o no follas cinco veces por semana (las mismas que vas al gimnasio), no eres nadie. Dios nos libre de decir que hemos tenido un polvo de mierda, salvo en círculos reducidos. Tampoco es que no puedas estar gordo, sino que, si lo estás, tienes que serlo de una forma específica, a poder ser con mucho pelo, en cuyo caso, olvídate de follar si tienes pluma. Si no eres un twink, tienes que ser una especie que pueda verse en cualquier zoológico de provincias: una nutria, un oso o un camello africano. O sea, si no te puedes etiquetar, te vas a joder.  

    Más allá de este fenómeno de la pertenencia a los grupos y a las “tribus”, que es más o menos universal, las redes sociales y los medios tienen un papel fundamental en la construcción de estas percepciones sociales y determina la manera en que las personas percibimos nuestros cuerpos. No sólo eso, sino que también establecen patrones de comportamiento deseables, entre ellos, el sexual.  Esto no es nada nuevo y viene ocurriendo desde que los medios de comunicación entraron en nuestras vidas. Si no, que se lo digan a las mujeres. Ojo, que cuando hablo de “medios” o de “redes sociales” es porque me da pereza especificar más. Da igual que sea Instagram, Grindr, Telecinco o la última serie de Netflix.  

    En la comunidad gay, esta dictadura de lo deseable y de lo bueno es especialmente potente, ya que estamos expuestos a versiones idealizadas de lo que significa ser maricón ANNO 2024 que influyen profundamente en nuestra autoestima y nuestra autoimagen, en lo que nosotros queremos ser y lo que nos parece bueno y deseable. Entre estos significados hay uno muy potente que a mí me perturba muchísimo y que campa a sus anchas por Instagram: que seas maricón no es tanto problema. Lo que no está tan bien, en la mayoría de los casos, es que tengas pluma y se te note. Y si eres pobre, date por jodido. Porque el problema no lo tiene el maricón con pasta que sale en las listas de los 50 gais más poderosos de España, el regidor de de fiestas del ayuntamiento, ése que sale en todos los saraos y lleva 1500 euros en ropa todos los días y que es militante de un partido “progresista” (tos seca). Tampoco estás expuesto a que te llamen de todo si tienes dinero suficiente para esclavizar a una mujer pobre y comprarte un niño por gestación subrogada. El problema es que no tengas un duro para para todo eso, que no tengas trabajo o que vayas perdiendo aceite y el resto lo vea. Maricón, irrelevante y pobre, mal vas. Da igual que seas un maltratador, o que vayas drogado hasta arriba, o que te lances a una espiral de viajar sin parar para poder hacerte la foto en Noruega durante una aurora boreal.  

    Los medios de comunicación han sido históricamente un espacio donde se construyen y refuerzan estereotipos y las redes sociales son las herederas de esa labor de construcción. No hay más que ver los anuncios de Soberano de los ochenta, al primo de Zumosol o a las secretarias del Un, Dos, Tres. O todos nuestros feeds de Instagram. En el caso de los hombres gay, los medios suelen promover una imagen corporal que encaja en un ideal específico: un cuerpo esbelto, musculoso, joven y atractivo según los estándares convencionales de belleza masculina. Este ideal, inalcanzable para la mayoría, se ve representado en una variedad de plataformas, desde la televisión y el cine hasta las redes sociales, empezando por Instagram o Grindr. Pero si te das una vuelta por una aplicación de zorreo, lo que verás son cientos de tíos que se han hecho tres fotos en lugares estratégicos, como delante de la Torre Eiffel. Esa es un clásico. Otra en una playa, preferentemente Tailandia, y la última en un mercadillo de navidad alemán o, en su defecto, en la cumbre de una montaña. Eso depende de si eres de los que se cuida o quieres que piensen que eres un bon-vivant.  

    La asociación entre la imagen corporal ideal y el valor sexual es un tema recurrente en los medios dirigidos a la comunidad. Y de esto nosotros mismos somos los primeros culpables. Nuestras representaciones sugieren con demasiada frecuencia que solo aquellos que cumplen con ciertos estándares físicos (esbeltos, musculosos, y jóvenes) y conductuales (viajar, tener muchos amigos y comer de gourmet todos los fines de semana) son dignos de ser el objeto de deseo y éxito sexual y social. Esta narrativa puede llevar a que muchos sientan que su valor como individuos está directamente relacionado con su apariencia física, su desempeño sexual y su nivel de vida. Como resultado, algunos pueden sentirse presionados a participar en comportamientos sexuales que no necesariamente desean, simplemente para cumplir con las expectativas impuestas por estos ideales. 

    La obsesión con la apariencia y el rendimiento sexual también puede llevar a la hipersexualización dentro de la comunidad gay. La constante exposición a imágenes de cuerpos sexualizados refuerza la idea de que la actividad sexual es un componente central y definitorio de la identidad gay. Esto genera una presión muy poderosa para estar sexualmente activo que a su vez conduce a comportamientos de riesgo, como el sexo sin protección o el uso de sustancias para mejorar el rendimiento. Estas expectativas sobre la sexualidad pueden ser dañinas para quienes no se ajustan a los ideales de belleza promovidos por los medios. Los maricas que no cumplen con estos estándares sienten vergüenza y terminan con una autoestima de mierda que les hace muy difícil establecer relaciones saludables, sexuales o no. No ser lo suficientemente atractivo o deseable favorecen los comportamientos de evitación, como la renuncia a buscar pareja o a participar en la vida social de la comunidad. 

    El peligro de estas expectativas no solo radica, por tanto, en la presión para conformarse a un ideal físico, sino también en la limitación de la expresión sexual. La idealización de ciertos cuerpos y comportamientos sexuales crea un marco muy estrecho e inflexible de lo que se considera aceptable o deseable dentro de la comunidad gay. Aquellos que no se sienten representados por estas imágenes pueden sentirse excluidos o invisibles y se refuerza la idea de que solo existe una forma correcta de ser gay y sexualmente activo. 

    Los problemas gordos, como la ansiedad de rendimiento sexual, la disforia corporal o incluso la depresión, vienen después. La ansiedad de rendimiento sexual, en particular, se ve exacerbada por la expectativa de que debemos estar siempre dispuestos a tener sexo, rendir de manera excepcional y pasárnoslo bien. ¿A dónde lleva esto? A lo de siempre: ciclos de estrés y evitación, donde el miedo a no cumplir con las expectativas sexuales lleva a una mayor ansiedad y, en muchas ocasiones, a una disminución del deseo sexual o incluso a la disfunción eréctil. Sí, unas expectativas irreales harán que no se te levante.  

    Contrarrestar estas expectativas tan dañinas requiere un esfuerzo consciente tanto a nivel individual como comunitario. Es vital que los maricones nos demos cuenta de que la sexualidad es diversa y personal, y que no existe una forma única de ser sexualmente activo o atractivo. Desafiar las normas impuestas por los medios implica aceptar y valorar la propia identidad sexual y corporal tal como es, en lugar de intentar cumplir con un ideal inalcanzable. Además, es importante que empecemos a hablar sobre la sexualidad de otra manera y que dejemos de fijarnos en el aspecto y el cuerpo o en el rendimiento. Deberíamos darle una vueltecita para establecer discursos más saludables y equilibrados sobre la sexualidad. Deberíamos empezar a hablar de límites y de respetar estos límites. Deberíamos hablar de la aceptación de la diversidad corporal y de que las parejas abiertas están muy bien, pero igual nos estamos exigiendo demasiado.  

    Referencias

    Cash, T. F., & Pruzinsky, T. (2004). *Body Image: A Handbook of Theory, Research, and Clinical Practice*. New York: Guilford Press. 

    Levine, M. P., & Piran, N. (2001). *Body Image and Disordered Eating: Feminist Perspectives*. New York: Routledge. 

    Pope, H. G., Phillips, K. A., & Olivardia, R. (2000). *The Adonis Complex: The Secret Crisis of Male Body Obsession*. New York: The Free Press. 

    Puckett, J. A., Horne, S. G., Surace, F. I., Carter, A., & Mosher, C. (2017). «Predictors of sexual risk behavior in a diverse sample of transgender youth». Journal of Sex Research, 54(9), 1242-1256 

    Sanchez, F. J., & Vilain, E. (2012). «‘Straight‐Acting Gays’: The Relationship Between Masculine Consciousness, Anti‐Effeminacy, and Negative Gay Identity». Archives of Sexual Behavior, 41(1), 111-119. 

    Szymanski, D. M., & Carr, E. R. (2008). «The roles of gender role conflict and internalized heterosexism in gay men’s psychological distress: Testing two mediation models». Psychology of Men & Masculinity, 9(1), 40-54. 

    Tiggemann, M., & Slater, A. (2013). «NetGirls: The Internet, Facebook, and Body Image Concern in Adolescent Girls». *International Journal of Eating Disorders*, 46(6), 630-633. 

    Watson, R. J., & Dispenza, F. (2015). «The Role of Media and Body Image in the Development of Eating Disorders among Gay Men: A Review of the Literature». *Psychology of Sexual Orientation and Gender Diversity*, 2(1), 21-32. 

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