¿Alguna vez has escuchado a alguien hablar con la convicción de un premio Nobel sobre un tema del que, claramente, no tiene ni la más remota idea? La explicación está en el efecto Dunning-Kruger, que explica por qué ese conocido tuyo cree que sabe más de virología que un investigador del CSIC y solo ha visto tres vídeos de YouTube.
Esa gente vive en Matrix, pero en vez de ver el código de la realidad, ven lo que su ego les permite. Y lo peor es que están tan convencidos que intentan convertirte en Neo, cuando en realidad son el Agente Smith de las tertulias familiares. Ojo, no es solo arrogancia: es un sesgo cognitivo bien documentado y sorprendentemente humano. O como diría Yoda, hipérbaton incluido: “El conocimiento escaso, a la confianza infinita conduce”.
Ya hablé de este efecto aquí, pero me quedé con ganas de explicar por qué todos (tú también) caemos en él en algún momento. Así, igual, podrás evitar quedar como un ignorante con iniciativa, que es una de las figuras más abundantes de la vida moderna y las redes sociales españolas.
Qué es el efecto Dunning-Kruger
El efecto Dunning-Kruger es un sesgo cognitivo que explica que las personas con escasos conocimientos o habilidades en un área concreta tienden a sobreestimar su propia competencia. O sea, que creen que saben mucho más de lo que realmente saben. Y no es solo que se equivoquen un poco, es que su autopercepción está completamente distorsionada, como creer que “Love Actually” es un documental.
Son demasiado idiotas como para darse cuenta de que lo son. Para reconocer que uno no sabe, hace falta un mínimo de conocimiento previo. Sin ese umbral básico, el cerebro no tiene herramientas para detectar sus propios errores, así que vive instalado en una cómoda ilusión de sabiduría.
No es maldad ni soberbia consciente, es ignorancia que se cree experta. Es el Jar Jar Binks de los fenómenos psicológicos: molesto, omnipresente y probablemente responsable de más desastres de los que aparenta.
Este fenómeno fue descrito por primera vez por los psicólogos David Dunning y Justin Kruger en un artículo publicado en Journal of Personality and Social Psychology (1999), donde demostraron experimentalmente que las personas con peores resultados objetivos eran, paradójicamente, las que mejor se evaluaban a sí mismas. Básicamente, descubrieron científicamente lo que tu abuela ya sabía. Que es que la ignorancia es muy atrevida.
El ladrón del zumo de limón
La historia que dio origen a todo esto parece inventada por los guionistas de una peli de los Hermanos Coen, pero es absolutamente real. En 1995, un hombre llamado McArthur Wheeler atracó dos bancos en Pittsburgh con la cara descubierta. ¿Su brillante estrategia? Se había untado la cara con zumo de limón, convencido de que, como el limón se usaba antiguamente como tinta invisible, lo haría invisible para las cámaras de seguridad.
Sí, has leído bien. Zumo. De. Limón. Tócate. Los. Cojones.
No estamos hablando de tecnología alienígena. Hablamos de un señor que pensó que echarse zumo de limón en la cara lo convertiría en el hombre invisible. Y no, no va de broma. Estaba tan seguro de su plan que ni siquiera intentó cubrirse con una gorra, una mascarilla o, yo qué sé, una bolsa de Mercadona.
En un giro inesperado de los acontecimientos, el truco no funcionó. Lo detuvieron al cabo de unas horas, flipado de que la policía pudiera verlo. Su reacción al ser arrestado fue de sorpresa, como si el universo le hubiera traicionado personalmente. “¡Pero si me eché el zumo!”, debió pensar, con la perplejidad de escucha al fachapobre hablando de los valores de España como la solución a sus problemas económicos.
Cuando Dunning y Kruger leyeron el caso en el periódico, se hicieron una pregunta muy sencilla: ¿cómo puede alguien estar tan seguro de algo tan objetivamente estúpido? O sea: ¿cómo se puede ser tan gilipollas? No estaba chalado. No estaba drogado. Era algo más universal: la incapacidad de reconocer la propia estupidez.
A partir de ahí diseñaron una serie de estudios que confirmaron que la falta de conocimiento y habilidad no solo conduce a malos resultados, sino también a una incapacidad para reconocer esos malos resultados. Es el equivalente psicológico a estar en el Titanic, ver el iceberg, y seguir pensando que el barco es insumergible porque lo pone en el folleto.

¿Pero qué me estás contando si este barco es insumergible?
La curva Dunning-Kruger: las cuatro fases del autoengaño
El efecto suele representarse como una curva de aprendizaje con varias muy reconocibles, que te sonarán dolorosamente familiares si alguna vez has intentado aprender algo o, simplemente, has estado en la Wikipedia más de cinco minutos:
1. El pico de la ignorancia confiada (también conocido como “Monte Estúpido”)
Sabes muy poco, pero te sientes increíblemente seguro. Has leído dos hilos de Twitter, has visto un par de vídeos de divulgación y medio capítulo de un documental de Netflix, y ya crees que el tema es facilísimo. Es la fase más peligrosa, porque combina desconocimiento con entusiasmo, es como darle una katana a alguien que ha visto Kill Bill una vez y cree que ser un experto en artes marciales no es tan difícil.
Aquí es donde nacen los tertulianos de bar que solucionan la crisis económica mientras piden otra caña, los expertos en geopolítica internacional que no saben situar Ucrania en un mapa, y el 90% de los comentarios en cualquier artículo de El País. Es el momento en que crees que eres Luke Skywalker dominando la Fuerza.
En España, esta fase tiene manifestaciones particularmente virulentas: el aficionado que cree que podría entrenar al Real Madrid mejor que Ancelotti, el conductor que piensa que sabe más de Fórmula 1 que Fernando Alonso, o cualquier persona que empieza una frase con “yo no soy racista, pero…”. Spoiler: sí lo eres.
2. El valle de la desesperación
Empiezas a aprender de verdad y te das cuenta de la magnitud de lo que no sabes. La confianza se desploma más rápido que las acciones de Bankia en 2012. Aquí mucha gente se rinde o concluye que “esto no es lo mío”, cuando en realidad es la primera vez que están teniendo una percepción realista de la complejidad del tema.
Esta es la fase donde descubres que programar no es solo “decirle a la computadora lo que tiene que hacer”, que la economía no funciona como la economía doméstica de tu abuela, y que la Unión Europea es bastante más complicada que “Bruselas nos roba”. Es el momento de verdad, y muchos no lo superan. Prefieren volver al Monte Estúpido, donde al menos se estaba calentito y cómodo.
3. La pendiente de la iluminación
Sigues aprendiendo, cometes errores, corriges, y tu competencia real empieza a crecer. La confianza vuelve, pero esta vez de forma más cauta y fundamentada. Ya no eres un stormtrooper que dispara a todo lo que se mueve sin dar en el blanco. Empiezas a parecerte más a un jedi padawan que al menos ya no se corta accidentalmente con el sable láser.
Aquí es donde pasan las horas de estudio real, la práctica deliberada, los errores humillantes que te enseñan más que los éxitos. Es Rocky subiendo las escaleras, es Karate Kid pintando vallas, es Daniel LaRusso… vale, ya pillamos la idea.
Es el momento en que empiezas a entender que cada campo de conocimiento tiene su profundidad, sus matices, sus excepciones a las reglas. Descubres que la respuesta correcta a muchas preguntas es “depende”, y que eso no es una evasiva, es la realidad. En España y sobre todo si hablamos de política, muy poca gente llega a esta fase porque requiere esfuerzo, humildad y renunciar a la comodidad de las certezas absolutas. Y eso no va con nuestra cultura del “yo ya lo sabía” y el “a mí no me cuentes milongas”.

4. La meseta de la competencia consciente
Sabes mucho, pero también sabes todo lo que ignoras. Curiosamente, te sientes menos segura que en la primera fase, porque la realidad ya no se percibe como simple sino como el argumento de Lost: complicado, contradictorio y con demasiadas versiones alternativas.
Los expertos en cosas suelen empezar sus frases con “bueno, es complicado…” o “depende de muchos factores…”. No porque sean evasivos, sino porque entienden la complejidad real del tema. Es Stephen Hawking diciendo “puede que me equivoque”, o un médico admitiendo que hay cosas que la ciencia aún no sabe.
En España, lamentablemente, esta humildad intelectual se suele interpretar como debilidad. Preferimos al que habla con seguridad aunque diga barbaridades (véase: cualquier tertulia política) que al que matiza y reconoce incertidumbre. Por eso los sabios callan y los tontos gritan.
Por qué ocurre el efecto Dunning-Kruger
No, no es porque “la gente sea tonta”, aunque a veces lo parezca y haya mucha gente estúpida por el mundo. El núcleo del problema es la metacognición, es decir, la capacidad de evaluar correctamente nuestro propio conocimiento y rendimiento. Es como tener un GPS interno que te dice dónde estás realmente, no dónde crees que estás.

Cuando careces de habilidades o conocimientos en un área, también careces de los criterios necesarios para juzgar qué significa hacerlo bien. Es como intentar valorar un cuadro de Picasso cuando tu referencia artística es el dibujo de la vaca de tu hijo en la nevera. No tienes las herramientas mentales para distinguir entre “competente” y “desastre”. Eso explica que mucha gente diga que puede pintar igual que Pollock. Si puedes hacerlo igual, ¿por qué no lo haces?
A eso se suman otros factores bastante humanos:
La ausencia de referentes reales de excelencia
Si nunca has visto a un profesional de verdad en acción, tu percepción de “estar haciéndolo bien” está completamente distorsionada. Es como creer que cocinas bien porque tu madre te dijo que sí, hasta que pruebas un restaurante con estrella Michelin y te das cuenta de que lo tuyo es, en el mejor de los casos, comestible.
Yo cocino del culo, pero tengo una Thermomix. Y si tuviera que decidir entre mi primogénito y la máquina, me lo pensaba.
El sesgo de autoservicio
Nos gusta vernos de forma positiva porque la alternativa (aceptar que somos mediocres en algo) duele. Nuestro cerebro prefiere una autoestima inflada a una autopercepción precisa. Es puro mecanismo de supervivencia psicológica, pero también es la raíz de medio millón de desastres. O más.
Un ego que tiene sus prioridades
Kary de Amor, para tu ego, es más importante sentirse bien que estar en lo cierto. Por eso preferimos la ilusión cómoda a la verdad incómoda. Es como el match ideal en una app de citas: probablemente decepcione en persona, pero imaginárselo es divertido.
Además, el efecto tiene una cara menos conocida pero igual de problemática: los expertos asumen que lo que para ellos es obvio también lo es para los demás, un fenómeno relacionado con la maldición del conocimiento. Es el profesor de física que explica la relatividad como si fuera evidente, o el informático que te dice “es fácil, solo tienes que…” antes de soltar una parrafada incomprensible.
Resultado: los incompetentes hablan con seguridad de terraplanismo en la sobremesa de nochebuena, y los astrofísicos dicen “bueno, hay diferentes teorías…” cuando les preguntan sobre el origen del universo. Y adivina a quién hace más caso la gente. Exacto: al cuñado.
España y el Dunning-Kruger: una historia de amor
Si hay un país donde el efecto Dunning-Kruger ha encontrado su hábitat natural, ese es España. Somos una nación de opinadores profesionales, donde todo el mundo sabe de todo y nadie necesita demostrar nada.
Aquí tenemos expertos en:
- Fútbol: Cada bar tiene 50 entrenadores mejores que el del Barça
- Economía: Todos solucionarían la deuda pública en una servilleta y enviando a los inmigrantes de vuelta a sus países, porque eso lo soluciona todo
- Política: El país va mal, pero yo sé exactamente cómo arreglarlo (amiga, no lo sabes)
- Medicina: Años de facultad de medicina vs. el grupo de WhatsApp de tu tía que comparte remedios naturales
- Virología: marzo de 2020 convirtió a millones de españoles en epidemiólogos certificados por la Universidad de Facebook
Tenemos tertulias donde hay gente sin formación en derecho que debaten leyes, programas con presentadores sin estudios científicos que cuestionan el cambio climático, y políticos que opinan de absolutamente todo con la seguridad de quien ha leído el manual del universo. Que no existe, por cierto, porque si existiera, ya me lo habría leído.
Es como si todo el país viviera permanentemente en el Monte Estúpido, con breves y dolorosas excursiones al Valle de la Desesperación cada vez que llega la declaración de la renta o hay que entender cómo funciona la Seguridad Social.
Ejemplos
El emprendedor digital
Ha leído tres libros de autoayuda, ha visto The Social Network, y ahora está convencido de que su idea de una app para compartir fotos de comida (que ya existe y se llama Instagram) va a revolucionar el mundo. Tiene un pitch deck lleno de palabras como “disruptivo”, “blockchain” y “sinergías”, pero no sabe qué es un estado de flujos de caja.
El experto en geopolítica
Ha visto todos los vídeos de VisualPolitik y ahora explica el conflicto de Oriente Próximo como si hubiera sido asesor de la ONU. No sabe situar Irak en un mapa, pero tiene opiniones muy firmes sobre qué deberían hacer allí. Es Obi-Wan Kenobi explicando la Fuerza después de haber visto el tráiler de Star Wars.
El nutricionista de Instagram
Ha hecho una dieta keto durante dos semanas y ya da consejos sobre metabolismo, insulina y mitocondrias. Su formación académica: un curso online de 20 euros y muchos, muchos stories de batidos verdes. Es el Frankenstein de los zumos detox, pero sin el doctorado y sin el monstruo.
El criptobró
Compró Bitcoin cuando ya había subido un 5000%, perdió dinero, y ahora está convencido de que entiende los mercados financieros mejor que Warren Buffett. Su estrategia de inversión se basa en memes de Elon Musk.
Esto es un problemón, incluso político
El efecto Dunning-Kruger no es solo un problema individual. Es un problema social y político de primer orden. Vivimos en una era donde la información está al alcance de todos, pero la sabiduría sigue siendo escasa. Y la combinación de acceso ilimitado a información con falta de criterio para procesarla es tóxica. Y así es como terminamos votando a quien habla con más seguridad, no a quien tiene más conocimiento o a quien tiene un verdadero plan para solucionar los problemas de la gente.
Y si después de leer esto “jo, qué razón, esto le pasa a un montón de gente que conozco”, cuidado. Es muy probable que tú también estés cayendo en él en algún área de tu vida. Ahora mismo. Porque si tengo que ser honesto, yo tampoco te creas que domino el tema. Di todo esto en la facultad, y au. No te fíes de mí tampoco.
Sócrates tenía razón
El verdadero conocimiento no te hace sentir superior. Te hace sentir pequeño ante la inmensidad de lo que no sabes. Como Sócrates, lo mejor es pensar “solo sé que no sé nada”. Y no lo decía para hacerse el humilde en Instagram, lo decía porque había aprendido lo suficiente para entender lo poco que sabemos. Y lanzo la pregunta: ¿Sócrates habría tenido Instagram? Ahí lo dejo.
El mundo está lleno de personas extraordinariamente seguras de cosas que no entienden. Pero la duda no es debilidad intelectual: es el primer síntoma de inteligencia funcional, el sensor de humo de tu cerebro.
Cito a Bertrand Russell, porque las citas de señoros conocidos parece que le dan más enjundia a un post: “El problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas”.
Y no, entender esto no te hace mejor persona. Pero sí bastante menos ridícula. Y en el siglo XXI, donde cualquiera puede demostrar su estupidez a millones de personas en 280 caracteres, no ser ridículo ya es un logro considerable.
Recuerda: antes de opinar con rotundidad sobre algo, hazte la prueba del zumo de limón. ¿Tu idea tiene algún parecido con untarse la cara con limón y esperar ser invisible? Si la respuesta es sí, cierra la boca y abre un libro.
Y si aún así decides hablar, al menos ten la decencia de empezar con “no soy experto, pero…”. No evitará que digas una tontería, pero al menos advertirás a los demás de que viene.
La ignorancia es disculpable. La ignorancia confiada es intolerable. Y la ignorancia confiada con megáfono es, básicamente, el estado natural de las redes sociales en 2026.
Referencias
Dunning, D., & Kruger, J. (1999). Unskilled and unaware of it: How difficulties in recognizing one’s own incompetence lead to inflated self-assessments. Journal of Personality and Social Psychology, 77(6), 1121–1134.
Ehrlinger, J., Johnson, K., Banner, M., Dunning, D., & Kruger, J. (2008). Why the unskilled are unaware: Further explorations of (absent) self-insight among the incompetent. Organizational Behavior and Human Decision Processes, 105(1), 98–121.
Kruger, J., & Dunning, D. (2009). Unskilled and unaware of it—but why? A reply to Krueger and Mueller. Current Directions in Psychological Science, 18(1), 1–6.
