Estoy leyendo un libro que me aburre de morirme. No un aburrimiento elegante, no: uno espeso, persistente, de los que te hacen releer el mismo párrafo tres veces sin retener nada.
¿Lo dejo? No. Porque trata sobre un tema que no voy a confesar, pero que entra en esa categoría peligrosa de cosas sobre las que me gustaría poder decir “sí, sé algo de eso”. Y claro, aquí sigo: insistiendo, subrayando, fingiendo interés, practicando ese deporte intelectual tan humano que es terminar un libro aburrido solo para justificarlo después.
Dicen que leer siempre merece la pena. Este libro está poniendo a prueba esa teoría… y mi paciencia.
