Cada vez que veo un reality show americano, siempre hay alguien que menciona la palabra “validación”. Es como el ingrediente secreto que usan para justificar cualquier berrinche. He estado viendo (y disfrutando muchísimo, porque yo también tengo derecho a anestesiar el cerebro) el de las mujeres mormonas, y ahí “validation” y “accountability” son como los filtros en instagram. Absolutamente necesarias. Se supone que ese reality no está guionizado, y claro, yo soy astronauta jubilado.
En Estados Unidos, que te validen es básicamente respirar. Sin eso, no son personas. Que sí, que una cosa es que te venga bien que alguien te entienda, y otra que tu sistema nervioso colapse si alguien no te dice “te comprendo, cariño, eres un ser de luz”. Si le cuentas a tu mejor amiga que estás fatal porque te han puesto los cuernos, lo normal no es que ella te suelte un “venga, que esto es muy común, sonríe”. Lo normal es que entiendas que ese comentario invita al bofetón pedagógico.

Mi depresión yéndose cuando alguien me dice que no esté triste
Siempre he pensado que quien no te valida te hace una especie de luz de gas en versión descafeinada. No llega a ser manipulación de manual, pero sí es un “lo que sientes no existe porque lo digo yo” con un lacito. Cuando estás jodido, por el motivo que sea, la importancia objetiva de tu drama importa un pepino. Si alguien quiere consolarte, no empieza por decirte que lo que sientes es una chorrada. A menos que sea idiota.
Y ya ni hablemos de los chavales de entre diez y quince años. Cuando un padre (generalmente el padre, no la madre) le dice a un niño triste que deje de llorar y se comoporte “como un hombre”, ya sabemos de dónde viene el problema. De ese monumento al paleolítico que hace de progenitor. Luego nos extrañamos de que el niño vaya acumulando emociones como si fuera un cubo de basura emocional.
La luz de gas
La luz de gas es cuando alguien intenta convencerte de que lo que sientes, piensas o recuerdas no es real, como si tu cerebro estuviera defectuoso y esa persona fuera el técnico oficial de la realidad. Es manipulación psicológica pura: te hacen dudar de ti para tener el control. Básicamente, es como si te dijeran que el cielo no es azul, que tú estás viendo mal, y que además agradezcas la corrección.
La nueva estrella de la psicología pop
La validación, además, ha entrado al vocabulario cotidiano junto a otra fauna verbal de psicología pop. Nos llegó junto con “edadismo”, “narcisismo” (que odio con pasión porque lo usan para todo, desde tu ex pesado hasta tu jefe que te manda un correo a las cuatro), “gaslighting”, “trauma bonding”, “personas tóxicas”, “límites emocionales”, “apego ansioso” y la estrella invitada: “red flags”.
Da igual cuánto me burle yo aquí mismamente conmigo mismo, el caso es que la validación tiene ventajas reales. La psicoterapia la conoce desde hace siglos (bueno, décadas, pero ya me entiendes). Otra cosa es que ahora en redes sociales parezca que si no te validan cada microemoción eres víctima de un crimen de guerra. Hay gente que está peor por la falta de validación de su entorno que por el problema que tenían al principio. Si eso pasa, igual el problema original no era tan importante, o igual necesitas fijarte más en tu sufrimiento y menos en el medidor de empatía del resto del mundo. Que no te validen es una mierda, sí. Pero quedarte colgado del comportamiento ajeno cuando estás triste es, sinceramente, tóxico por partida doble.

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La regulación emocional y la validación
La validación emocional ayuda a regularte porque baja el nivel de alarma del cuerpo. Cuando alguien te escucha sin tratarte como pesado, tu cuerpo deja de actuar como si estuviera siendo perseguido por un oso. Literalmente tu sistema nervioso pasa de “modo incendio” a “modo sofá”. Las investigaciones de la Terapia Dialéctico Conductual (DBT) lo tienen más que medido: cuando te validan, te estabilizas antes porque no gastas energía peleando contra tus propias emociones. Es como poner bálsamo en una quemadura: no cura todo, pero ayuda a que dejes de gritar.
Luego está esa frase que parece sacada del traductor automático y que me pone los nervios en modo croqueta: “aceptar las emociones reduce la ansiedad y la depresión”. Voy a traducir eso para mentes cansadas: si intentas meter tus emociones en un cajón para que desaparezcan, no desaparecen. Se convierten en monstruos que luego salen a las tres de la mañana a recordarte que eres mortal. Aceptarlas significa no darles un portazo. Así se vuelven menos ruidosas. Y cuando alguien de fuera te valida, ayuda a que ese proceso no te parezca brujería.
Además, los estudios psicométricos con cuestionarios como el ERQ-ME muestran que regular emociones pasa por saber identificar lo que sientes y no tratarte como un robot averiado. El ERQ-ME, para no iniciados, es un cuestionario para medir cómo regulas tus emociones, nada del otro mundo. Validar emociones hace que seas consciente de lo que te pasa sin volverte loco y, con el tiempo, te vuelve más resistente al estrés. No te convierte en monje zen, pero algo hace.

Validation is all you need
La validación mejora tu autoestima
La validación emocional refuerza la autoestima porque te hace sentir que tus emociones no son basura radioactiva. Cuando alguien te dice “tiene sentido que te sientas así”, el mensaje es “no estás roto”. La terapia dialéctico-conductual (DBT) usa esto constantemente: menos autocrítica, más confiar en tus emociones sin avergonzarte de ellas.
Los estudios con la Escala de Rosenberg muestran que si toda tu vida te han invalidado, tu autoestima queda como alfombra de entrada. Si te escuchan y reconocen lo que sientes, recuperas una imagen interna más coherente. La validación funciona como un espejo que no te deforma. No te pone filtros mágicos, pero al menos no te convierte en un gremlin.
Eso sí, hay estudios que dicen que vivir pendiente de aprobación externa es un deporte de riesgo. Quién se lo iba a imaginar. Pero la validación bien hecha no te hace dependiente. Te enseña a valorar tus emociones porque sí, no solo porque alguien te aplauda. Eso es autoestima autónoma, no la versión low cost basada en “porfa, dime que estoy bien”.
La validación puede mejorar tus relaciones personales
Validar emociones es uno de los grandes secretos para no cargarte tus relaciones sociales. No hace falta estar de acuerdo con alguien para reconocer que lo que siente tiene sentido en su cabeza. Esa simple diferencia crea confianza y reduce el nivel de drama innecesario.
También sabemos que la validación reduce malentendidos porque la gente deja de sentirse atacada. La comunicación se vuelve menos “Juego de Tronos” y más conversación adulta. No es magia, es saber escuchar sin juzgar.
Incluso en el trabajo se nota. Validar las emociones del equipo hace que la oficina parezca menos una mina de carbón. Baja el estrés, sube la cooperación. No hace milagros con jefes horribles (como yo), pero algo ayuda.

La reducción del malestar cuando te validan
La invalidación crónica es prácticamente un camino directo hacia la ansiedad y la depresión. Si cada vez que expresas algo te dicen que exageras, aprendes a desconfiar de ti y a tragarte todo. Resultado: sufrimiento acumulado. Cuando te validan, reduces ese malestar y te vuelves más capaz de pedir ayuda. No porque seas débil, sino porque alguien te ha dado permiso para sentir sin autoinsultarte.
Las estrategias de aceptación y reevaluación positiva funcionan mejor que la supresión emocional. Quienes las usan presentan menos síntomas ansiosos y depresivos. La validación externa favorece este proceso al recordarte que tu emoción no es un delito. Incluso las intervenciones basadas en mindfulness y validación han demostrado ser eficaces para mejorar los síntomas depresivos, especialmente en adolescentes. Y no porque los adolescentes necesiten validación para respirar, sino porque aprender a sentir sin explotar es útil a cualquier edad.
La validación no es una meta
La validación no es un objetivo místico ni un trofeo emocional que haya que coleccionar, sino una herramienta práctica para que no cortocircuites. La falta de validación puede llegar a ser tan dañina como el problema que generó tus emociones, porque cuando alguien niega tu experiencia, lo que hace es duplicarte el malestar, el original y el secundario.
Y te propongo que a partir de ahora, cuando estés viendo un reality y alguien pronuncie la palabra “validación” como si hubiera descubierto el fuego, chupito sin pensarlo, que total ya que la experiencia neuronal va cuesta abajo al menos que el entretenimiento mejore. Y si se os acumulan los chupitos, pues nada, lo llamamos estudio antropológico en directo. El mío será de tequila.
Y como siempre, para predicar estoy de lujo, para aplicármelo ya tal.
