La Frikitiva
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  • No, no tienes “TOC con las comas”: por qué deberíamos hablar mejor de salud mental

    31 de agosto de 2025

    |

    Psicología, Salud mental
    Scenes Manchester Cafe

    Yo también lo he dicho. Que si tengo TOC con las comas, que si ayer me dio la depresión porque vi una peli chunga. Lo he dicho, sí. Pero con el tiempo he entendido por qué esas expresiones son un error. Y no porque haya que andar con miedo a ofender, que para eso ya está la Policía del Buen Rollo, sino porque las palabras hacen cosas. Construyen mundos.

    La salud mental es salud. Punto.

    Igual que no harías bromas sobre un infarto diciendo “estás muy cardíaco hoy”, tampoco deberíamos decir tan alegremente que nos pusimos esquizofrénicos con un proyecto o que tuvimos un ataque de ansiedad porque no había croissants en la panadería. Eso no fue ansiedad, fue hambre. Y el hambre se cura comiendo otra cosa, no con frases que convierten enfermedades serias en un chiste pasajero.

    El problema no es hablar en coloquial ni usar el humor en lo cotidiano. El problema es cuando, sin darnos cuenta, banalizamos el sufrimiento real de millones de personas. Hay quienes no pueden levantarse de la cama, quienes sienten que algo en su interior está roto, quienes viven con voces que no eligieron o quienes no logran dejar de llorar en medio de una multitud. Eso no se arregla con yoga, ni con afirmaciones positivas, ni con un domingo de autocuidados con mascarilla de aguacate.

    ¿Por qué importa el lenguaje?

    Porque cuando frivolizamos con la salud mental, reforzamos un estigma que sigue muy vivo. Ese que susurra que pedir ayuda es de débiles, que ir al psicólogo es de locos, que lo que te falta es echarle ganas, como si todo se resolviera a golpe de voluntad y no hubiera detrás neuroquímica, historia de vida, precariedad emocional o contexto social.

    Ese estigma no aparece de la nada: se alimenta de titulares sensacionalistas, de chistes fáciles en la tele, de expresiones que repetimos sin pensar y de la idea cultural de que las emociones son una especie de debilidad incómoda que hay que esconder. Crecemos escuchando que hay que ser fuertes, que llorar es de blandos, que los problemas se solucionan con disciplina o con actitud positiva. Y lo peor es que ese discurso cala tan hondo que incluso quienes sufren terminan creyendo que lo suyo no es para tanto, que están exagerando, que mejor aguantarse. Así funciona el estigma: convierte el dolor en silencio y el silencio en más dolor.

    La cosa se vuelve todavía más oscura cuando entramos en cualquier red social. Ahí ves a adolescentes de trece años autodiagnosticándose con tres trastornos distintos en vídeos de quince segundos, mientras los influencers que ayer promocionaban batidos detox hoy te explican qué hacer si tienes ansiedad. Y no han abierto un manual de psicología en su vida. Hablar de salud mental en redes es necesario, pero hacerlo sin formación ni contexto puede ser peligroso. Un vídeo con “cinco señales de que tienes un trastorno de apego” no sustituye la evaluación de un profesional, del mismo modo que ver “El nombre de la rosa” no te convierte en medievalista, aunque te entren ganas de comprarte una espada y prenderle fuego a todo.

    No es lo mismo alguien que habla desde su experiencia que alguien que pretende dar consejos clínicos sin formación. Tampoco es lo mismo abrir un espacio de cuidado que venderte un curso de “sanación emocional en siete pasos por 59,99 euros”. No todo lo que suena empático es terapia, ni todo lo que llega envuelto en un filtro sepia está bien.

    Lo que es realmente de locos

    Si de verdad queremos usar esa expresión, decir que algo es de locos, apliquémosla a las listas de espera de entre seis meses y dos años para una consulta en la sanidad pública. O al hecho de que mucha gente se medique sola porque no puede pagar un psiquiatra privado. O a que todavía pensemos en la salud mental como un lujo de clase media, mientras un chaval queer en tu instituto pasa por un infierno porque no encuentra un lugar seguro ni en su casa ni en el cole. Y claro, que no se note, que no moleste, que eso es privado.

    Y lo más desesperante es que mientras tanto seguimos recibiendo discursos de autoayuda en versión “hazlo tú mismo” como si todo fuera cuestión de voluntad. Se nos pide resiliencia sin parar, pero pocas veces se habla de recursos reales, de inversión en profesionales, de políticas que permitan a la gente vivir con menos angustia. Parece más fácil decirte que respires hondo y que pienses en positivo que asumir que quizá lo que enferma no está dentro de ti, sino alrededor.

    Humor sí, pero con cuidado

    No estoy diciendo que el humor esté prohibido. El humor también cura, también nombra, también desarma. Pero hay una diferencia entre reírse desde la herida y usar el dolor ajeno como disfraz de Carnaval. Y no todos los disfraces se quitan al final del día.

    Así que la próxima vez que digas que estás “súper ansioso porque tu ex te dejó en visto”, piensa en alguien que vive de verdad con esa montaña rusa emocional que no pidió y al que le come el coño que digas eso. Y cámbialo por otra cosa. Quizá hasta aprendamos a nombrar con más cuidado. Y con eso, quién sabe, igual también a cuidarnos mejor.

  • Alienación y salud mental: por qué tu malestar no es culpa tuya

    30 de agosto de 2025

    |

    Psicología
    bronze statue of a bearded man and green tree in background

    ¿De verdad la ansiedad es un problema tuyo? ¿O será que vivimos en un sistema diseñado para generarla? La narrativa dominante insiste en que la salud mental depende únicamente de la fuerza de voluntad, de la resiliencia individual y de aprender a gestionar mejor el estrés. Un horror. Sin embargo, gran parte de nuestro malestar diario tiene raíces sociales y económicas. El concepto de «alienación» nos ayuda a entender por qué nos sentimos cada vez más desconectados de nuestro trabajo, de la comunidad y hasta de nosotras mismas.

    Alienación: cuando la vida deja de pertenecernos

    Marx utilizó el término «alienación» para describir cómo las personas pierden el control sobre lo que hacen y sobre lo que son. En el siglo XIX se refería a la fábrica, pero hoy se cuela en la oficina con sus reuniones interminables, en los algoritmos que nos dictan el ocio y hasta en las relaciones sociales que giran más en torno al consumo que al cuidado y a disfrutar de pasar un buen rato con alguien que nos hace sentir bien.

    Sentimos alienación cuando el trabajo nos vacía en lugar de llenarnos, cuando la identidad queda reducida a lo que producimos y a producir sin descanso, cuando mirar el reloj en mitad de la jornada laboral, si es que tienes trabajo, se convierte en el momento más esperado del día. Es esa sensación de estar presentes pero desconectados, como si fuéramos robots con emociones en piloto automático que intenta siempre que tengamos una vida para compartir en las redes sociales. Si en vez de «producir» dices «generarnos felicidad», lo verás clarísimo. No podemos dejar de «producir» ni de «ser felices», porque es que ya no sabemos ni aburrirnos, joder.

    La ansiedad no es un fallo personal

    En la vida diaria se nos repite que si no somos felices es porque no sabemos disfrutar lo que tenemos, porque no practicamos suficiente mindfulness o porque no tenemos la actitud adecuada. «Hay que disfrutar de las pequeñas cosas», «aprovecha lo que tienes», «eres un privilegiado», «lo tuyo son problemas de primer mundo». Mucha gente cree que la psicología dominante nos vende la idea de que con un poco de yoga y voluntad, un par de frases motivacionales y un planificador de productividad basta para calmar el malestar y para ser felices. Si no lo eres, es culpa tuya. Eres débil. La psicología no hace eso, la psicología nos ayuda a despojarnos de toda esta mierda y a reprogramarnos para que los malestares de la vida cotidiana no nos paralicen. Otra cuestión muy diferente es que la ansiedad sea siempre una consecuencia directa de estos inconvenientes cotidianos: en muchas ocasiones está vinculada a nuestro entorno y a las expectativas capitalistas de que hay que producir, hay que ser felices, y hay que hacerlo a todas horas.

    Sin embargo, lo que sentimos no surge del vacío. La ansiedad que se ha vuelto tan común no es solo una cuestión de química cerebral que se solucione con una combinación de psicofármacos y terapia: es la consecuencia de la precariedad, de la incertidumbre y de un sistema que nos exige estar siempre disponibles, siempre perfectos, siempre a la altura de unas expectativas imposibles.

    Salud mental y condiciones materiales

    La salud mental no puede separarse de las condiciones materiales. No estamos quemadas porque seamos débiles, sino porque vivimos en un sistema que nos exprime hasta el último segundo para que otros se enriquezcan. Y nos han convencido de que esa es la meta de la vida: ser felices teniendo mucho y experimentando mucho a cada segundo, sin parar. No nos sentimos vacíos porque seamos ingratos, sino porque las dinámicas sociales nos alejan del sentido de vivir, que no es más que sobrevivir, y de la comunidad. El malestar, en muchos casos, es una respuesta bastante lógica a un entorno hostil que nos han creado y nos hemos creído.

    Lo que describía Betty Friedan en «La mística de la feminidad» va muy en la misma línea. Aquellas amas de casa de los años cincuenta que sentían un vacío sin nombre no estaban deprimidas por ser unas ingratas o por no poder disfrutar de las pequeñas cosas, sino porque vivían atrapadas en un modelo social que las alienaba de sí mismas. Su malestar no era individual, sino estructural. Lo mismo ocurre hoy con la ansiedad de la que hablo: no es que fallemos como personas, es que el sistema en el que vivimos nos empuja a sentirnos incompletos y a buscar soluciones individuales a problemas colectivos.

    Quizá lo que necesitamos no sea aprender a resistir de manera individual, sino empezar a imaginar cómo cambiar colectivamente lo que nos enferma. En otras palabras: no es resiliencia lo que falta. Lo que falta es revolución.

    Cuando hablamos de alienación no nos referimos a una idea filosófica perdida en los libros de Marx, sino a esa sensación de llegar a casa después de un día interminable y no reconocer nada de lo que has hecho como «tuyo». La alienación es real. Es el vacío que sientes cuando tu trabajo solo sirve para pagar facturas, cuando descansas con el único objetivo de volver a rendir mañana y vivir la vida a tope, cuando hasta el ocio parece estar diseñado para que sigas consumiendo sin parar. Porque ser feliz cuesta dinero y no debería.

    Reconocer que este malestar tiene raíces estructurales no significa negar la importancia de la terapia, la medicación o los cuidados personales, sino situarlos en un marco más amplio. La ansiedad, el burnout y la tristeza no son únicamente «problemas individuales»: son síntomas de un modo de vida que nos desconecta de lo que somos y de lo que necesitamos. Y ahí está la clave: no basta con arreglarnos por dentro si por fuera todo sigue roto.

  • Generación ansiosa: wifi rápido pero corazón lento

    23 de agosto de 2025

    |

    Psicología, Salud mental
    woman holding iPhone during daytime

    Nos prometieron que internet y el iphone nos harían libres. Que tendríamos todo el conocimiento del mundo en el bolsillo, que podríamos hablar con cualquier persona en cualquier rincón del planeta, saberlo todo al instante, que nunca más estaríamos solos. Y sí, técnicamente es verdad: ahora lo tenemos todo. Podemos ver memes de gatos, seguir en directo un exterminio a miles de kilómetros y aprender a hacer pan de masa madre en tres minutos.

    El problema es que la promesa de libertad venía con letra pequeña: insomnio, ansiedad y la extraña sensación de que, si no contestas un mensaje en los próximos 37 segundos, a alguien en tu vida le va a dar un ictus. Al final, lo que iba a ser conexión se ha convertido en una jaula invisible, en la que estamos siempre disponibles, siempre atentos y siempre un poco al borde del colapso, con el dedo en modo automático haciendo scroll aunque no sepamos muy bien qué estamos buscando.

    El parque vacío y el móvil lleno

    Vamos a romantizar un poco. Antes, la infancia era sinónimo de bicis, barro y rodillas hechas polvo. La prueba de amor más grande podía ser dejarle tu chicle a alguien o compartir un cubalitro. Hoy, la infancia y la juventud están en la pantalla: likes que no llegan, vídeos que caducan en horas, grupos de WhatsApp donde la exclusión duele tanto como cuando no te elegían para jugar en el patio.

    La calle se ha vaciado y, en su lugar, tenemos notificaciones a todas horas. Y sí, está genial que los niños sepan inglés a los ocho años porque ven YouTube, pero también estaría bien que supieran trepar a un árbol sin sentir que el mundo se acaba si no tienen cobertura.

    Todo lo anterior es un poco como ese meme que circula por internet con una pintura medieval llena de violencia y fuego de fondo, que dice algo así como «ni un solo teléfono en toda la imagen. Solo gente viviendo el momento”. Y claro, es que a veces caemos en lo mismo: romantizamos la infancia sin móviles como si hubiera sido una Arcadia feliz, cuando en realidad, para quienes nacimos en 1975 (y éramos más bien tirando a pobres), aquello también tenía bastante de mierda pinchada en un palo. Que sí, jugábamos en la calle y todo eso, pero tampoco era precisamente un paraíso: más aburrimiento, menos oportunidades y, muchas veces, precariedad disfrazada de “tiempos sencillos”.

    Y sí, yo he sido de los que jugaba a ver si descarrilaba el trenet de Valencia.

    El «trenet» de Valencia: ni un móvil a la vista. Solo gente disfrutando de la vida.

    Ansiedad con wifi ilimitado

    El “doomscrolling” ya es casi un deporte olímpico: empezar viendo un vídeo tonto y terminar, tres horas después, convencido de que el mundo se va a acabar mañana. Sabemos que es una pérdida de tiempo y que igual nos viene regular para la cabeza. Y aun así, seguimos haciéndolo.

    Porque el capitalismo digital ha descubierto la fórmula mágica: cuanto más nerviosos estamos, más tiempo pasamos conectados, y eso significa que pueden vender más mercancía: nuestra atención. Cada notificación, cada vibración fantasma en el bolsillo, cada “solo un capítulo más” en Netflix está diseñado para tenerte enganchado. Y claro, nuestra ansiedad es un negocio redondo para otros. Bienvenidos al capitalismo digital.

    Adultos (como yo), tampoco os libráis

    Es fácil mirar a los adolescentes y pensar: “qué exagerados, todo el día pegados a la pantalla”. Pero seamos sinceros: ¿quién responde correos del trabajo a medianoche? ¿Quién se dice “entro un momento a Instagram” y sale dos horas después con la autoestima en números rojos y un carrito de la compra lleno de cosas inútiles? Sí soy.

    Los adultos no somos inmunes. Solo que en vez de TikTok usamos LinkedIn, lo cual es aún más deprimente… y quizá más aterrador. Porque mientras en TikTok al menos se baila, se canta y se hace el ridículo, en LinkedIn lo que hacemos es exhibirnos como mercancía. Ahí no buscas amigos ni risas, sino “oportunidades”, contactos que en realidad son futuros empleadores, clientes o socios. Es la red social más honesta en su crueldad: ya no somos personas, somos currículums con patas. Y si en Marx la alienación se daba en la fábrica, ahora también se da en el timeline, donde cada cual mide su propio valor en “endorsements” y “networking”, convencidas de que cada like puede convertirse en una línea más en el contrato.

    No consiste en ser un eremita digital

    No hay solución mágica. No hace falta irse a vivir a una cabaña en el bosque ni convertirse en monje digital. Pero sí podemos rebelarnos con pequeños gestos:

    • Recuperar lo analógico en dosis pequeñas. Un café real con alguien para poner a caldo a los de siempre supera a cincuenta stickers en un chat.
    • Poner límites al scroll. Un temporizador cutre funciona mejor que la “fuerza de voluntad” (que, spoiler, nunca aparece).
    • Recordar que lo online no siempre es real. Lo urgente casi nunca lo es, y la mayoría de cosas sobreviven a que contestes mañana.

    Quizá la verdadera rebeldía de nuestra generación no sea el veganismo, el poliamor o el yoga aéreo. Tal vez la revolución sea más simple y más difícil: apagar el móvil un rato, salir a la calle y escuchar cómo suenan los pájaros. O salir a bailar y emborracharte con el móvil en modo avión. Todo eso sin grabarlo para Instagram.

  • Los testículos de Europa

    30 de julio de 2025

    |

    Citas

    Khrushev is supposed to have called Berlin ‘the testicles of the West: every time I want to make the West scream, I squeeze on Berlin’.

    Katja Hoyer, Beyond the Wall

  • Vivir sin WhatsApp

    21 de julio de 2025

    |

    Psicología
    selective focus photography of person holding turned on smartphone

    Vivir sin Whatsapp o cómo desconectarse del capitalismo, del grupo del colegio y hasta del Grindr

    Parece una locura, pero sí, se puede vivir sin WhatsApp. Y no solo se puede, sino que es profundamente liberador si eres mujer, cuidadora, precaria o un hombre gay atrapado entre el doble check azul y el «está a 374 metros». Porque no es solo una app, es un sistema de control emocional y disponibilidad permanente. Una prolongación de las jornadas laborales, sí, pero también de las ansiedades afectivas. Nos viene fenomenal para la cabeza.

    ¿Se puede vivir sin mensajería instantánea y sin redes sociales?

    Sí, se puede, pero para eso hay que entender primero una cosa. Nos vendieron la mensajería instantánea como una herramienta para estar más conectados, para hacer fácil una reunión de amigas, para distribuir información por escrito, pero lo que han conseguido es que estemos más vigiladas, más disponibles y más explotadas. Si eres mami te meten en los grupos del colegio, en el de la familia, el trabajo, y el que crean para celebrar el cumpleaños del perro. Si eres maricón, Grindr te tiene igual de enganchado, pero en otro tipo de trinchera emocional: la de las notificaciones, los «hola», los «qué buscas», las fotopollas y los ghostings como forma de gestión afectiva estándar.

    Y eso también desgasta. Porque cada chat es una promesa o una expectativa que no se cumple. Y si se cumple, igual tampoco era para tanto. El capitalismo afectivo crea una economía basada en la atención: cuanto más disponible estás, mejor. O al menos, eso parece. Y WhatsApp (y Grindr, y todas) juegan ese juego.

    woman holding black smartphone at Whatsapp logo

    WhatsApp, cuidados invisibles y explotación emocional

    Podemos ponernos intensos y decir que vivir sin WhatsApp o sin Grindr es un gesto político. No voy a estar siempre, no voy a contestar todo, no voy a dejarme drenar. Es también una forma de cuidarse, de no regalar energía a quien no la devuelve, de salir del bucle de likes, vistos y mensajes sin respuesta. Porque a veces no necesitamos más comunicación, sino más silencio, más presencia y menos algoritmo.

    Yo no tengo ninguna red social y estoy intentando no sentirme culpable cuando no contesto a los mensajes. Y sí, desconectarse cuesta. Incluso si has aprendido con el tiempo que el deseo también pasa por ahí. Si el afecto se mide en líneas verdes y la validación depende de si alguien te contesta en tres minutos o en tres días. Pero precisamente por eso hay que intentarlo: porque merecemos vínculos menos frágiles, menos productivistas y menos precarios. Las llamadas son una maravilla que habíamos olvidado. Cristina Fenollar, que en paz descanse, ya lo decía: ¿por qué vamos a hacer una llamada de tres minutos para quedar con tu amiga y tomar café si podemos estar tres días con mensajes para arriba y para abajo para terminar no viendo a esa persona? ¿Estamos locas o qué?

    Desintoxicación digital: salud mental y resistencia

    Vivir sin mensajería instantánea también es una cuestión de salud mental. Porque de verdad que esto va de ansiedad, de presión, de culpa, de expectativas en todas direcciones y de sentir constantemente que hay alguien que te está prestando atención. Va de no saber si puedes tardar en responder sin parecer una borde. Y puede que no respondas porque no eres capaz de pensar o porque no te apetece o porque estás con una diarrea voladora de las que te hacen adelgazar dos kilos en 24 horas. Esto va de conversaciones simultáneas que no profundizan en nada y que sirven para comunicar «que sepas que soy tu amigo y me acuerdo de ti pero no nos vamos a ver en los próximos cuatro años». También va de burnout afectivo, de relaciones de usar y tirar y de «te uso para hablar contigo porque estoy cachondo, quieras tú o no». Y si lo piensas bien, esto no se diferencia mucho de ser el exhibicionista ese de toda la vida.

    Y podría continuar con ejemplos, pero me aburro hasta ayo. Aquí es donde entra la desintoxicación digital. No como moda “wellness” ni como retiro espiritual con batidos verdes ni para abrazar árboles, sino como reseteo emocional. Como forma de decir «hasta aquí». Porque también necesitamos parar en lo íntimo, en lo emocional y en lo cotidiano.

    Parar un momento y repensar cómo usamos WhatsApp no es solo un gesto simbólico o político, que no hace falta ponerse intenso a todas horas: puede tener beneficios muy reales para nuestra salud mental. Simplemente dejar de mirar notificaciones cada cinco minutos reduce esa sensación de urgencia constante que nos tiene con el cerebro en modo centrifugado 18 horas al día. Menos estímulos, menos agotamiento. También nos ayuda a gestionar mejor el tiempo porque revisar WhatsApp por inercia veinte veces al día nos parte la concentración y nos hace sentir que no hemos hecho nada aunque no hayamos parado. Y si tienes la atención un poco tocada y fuera de control, que no sé de qué me sonará a mí eso, oye, igual hasta te viene bien y todo.

    Además, hay algo profundamente liberador en dejar de sentir que tenemos que responder al momento. Se desinfla esa presión social invisible que dice que si no contestas rápido es porque no te importa. No es verdad, de verdad que no, que si cuantificas el valor de tus amistades por la rapidez en que responden a tus mensajes estás jodida. Y cuando te desconectas un poco, aunque sea solo una horita al día, aparece ese espacio mental donde de pronto respiras mejor, piensas más claro y duermes una siesta sin sobresaltos (o eso me han dicho, porque creo que mi última siesta fue antes del Vaticano Segundo). Si no respondes durante unas hora y no tienes una depresión como un piano, de pronto te das cuenta de que se abre hueco para el autocuidado, para estar contigo mismo/misma sin tanta interrupción. Y, de rebote, también mejora cómo nos relacionamos: más presentes, más atentos, menos dispersos.

    El ghosting como síntoma del capitalismo afectivo

    ¿Y qué tiene que ver el ghosting con todo esto? Pues todo. El ghosting en Tinder, en Grindr y en Whatsapp no es solo mala educación: es la forma neoliberal de gestionar los vínculos. Se desaparece porque no hay tiempo, ni responsabilidad, ni ganas de sostener nada. Porque el mercado nos ha enseñado que todo es reemplazable y porque tenemos que sacar un beneficio. Además, en los tiempos que corren, una amistad no puede salirte a devolver porque piensas que esa amistad ya no vale, que esa persona no te quiere o que a ese ligue ya no le gustas. Y en el menú infinito de cuerpos disponibles y amistades digitales, lo que no nos da gratificación inmediata, se desecha. Y si te la da, se desecha a continuación.

    Eso obvio que estamos agotades. Y sí, nos cuesta confiar. Porque las plataformas no están pensadas para construir nada, sino para mantenernos enganchadas y enriquecerse. No fomentan el vínculo, sino un enganche emocional dopaminérgico de baja intensidad, pero constante. Juegan con tu cerebro para ganar dinero. No soy un experto, pero te aseguro que la relación que tienes con whatsapp, con las apps de zorreo y con instagram es una relación tóxica de manual. Y si Tinder fuera una persona, tendría un trastorno de la personalidad.

    Aunque la palma se la lleva Duolingo, que es ese amigo tóxico que todos tenemos. Y si no tienes uno, el tóxico del grupo eres tú.

    Grindr, atención constante y vínculos precarios

    Grindr es el hermano mayor queer de WhatsApp: más salvaje, más rápido, más impersonal y más desesperado. Una feria de cuerpos geolocalizados donde el deseo se mide en metros y el silencio duele como si te hubieran dejado en visto con megáfono y efectos especiales. No es solo una app, es un ecosistema entero donde el enganche es parte del diseño, y la soledad, paradójicamente, se multiplica con cada nuevo “hola” sin respuesta.

    Porque sí, también forma parte de esta lógica de hiperconexión sin compromiso, donde todo el mundo habla con todo el mundo pero nadie dice nada. Las conversaciones duran lo que tarda en llegar alguien “mejor”, “más cerca” o “más disponible”. Y si no encajas en ese molde fugaz del deseo, simplemente desapareces. Next. Una economía afectiva regida por algoritmos, expectativas irreales y cuerpos que valen más o menos según la hora del día, la zona, el tipo de foto o si estás “en forma” para el mercado.

    El afecto, aquí, no se construye: se gestiona como una estrategia de mercado. Atención por atención, validación por validación. Un toma y daca emocional en el que siempre sientes que das más de lo que recibes, y donde quedarte en la app esperando algo que ni sabes si quieres pero que no puedes dejar de buscar se convierte en rutina. Como un juego infinito que no puedes ganar, pero del que tampoco sabes cómo salir. Porque lo que buscas (contacto, deseo, cariño, descargar o lo que sea) nunca termina de aparecer, pero la promesa de que quizá lo hará está siempre flotando ahí, como una zanahoria digital.

    Y mientras tanto, tú con la pantalla encendida a las dos de la mañana, diciéndote que esta es la última vez. Hasta la próxima notificación.

    Esta movida es mucho más interesante de lo que parece. A veces me pregunto hasta qué punto es verdad lo de que la peña busca solo sexo o cree que busca sólo sexo. Que oficialmente sí, pero no. Que caiga un chaparrón. Ya hablaré de esto en otro momento.

    Cómo desconectar y reconectar con lo humano

    Vivir sin WhatsApp, sin Grindr, sin Instagram y sin la urgencia de contestar todo, no es una locura. Es una necesidad. Es volver a tener derecho al silencio, al deseo que no se acelera, a las conversaciones que no están mediadas por emojis. No se trata de idealizar el pasado, ni de encerrarse en una cabaña con un Nokia 3310. Se trata de elegir cómo queremos estar presentes y hasta qué punto queremos llevar el control de nuestras interacciones con otras personas. De no regalarle todo nuestro tiempo y energía a plataformas que solo nos quieren enganchadas y en las que la mercancía con la que trafican es nuestra atención. Se trata, en el fondo, de recuperar el control sobre nuestras emociones, nuestro deseo y nuestro descanso.

  • Poliamor de mercado, monogamia patriarcal y otras trampas del «queerer»

    20 de julio de 2025

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    LGTBIQ+, Yo opino que
    man in white dress shirt holding red bouquet

    Hay una cosa que llevo rumiando desde hace tiempo: ¿cómo hemos llegado a esta glorificación casi religiosa de las relaciones abiertas, sobre todo entre los hombres gay? Y no porque tenga nada en contra de que la gente folle con quien quiera, sino porque tengo la sensación de que nos estamos tragando sin masticar otro relato normativo, disfrazado de liberación sexual, que en realidad es más neoliberal que revolucionario. Pero a muchos les han convencido de que es eso precisamente, una contribución a la lucha contra el patriarcado, nuestro granito de arena a la liberación marika. Y después, ya podemos seguir con nuestras vidas. Circulen.

    Todo esto viene porque he leído en The Guardian la historia de una pareja hetero (Fred y Hester) que se separan, empiezan a acostarse con otras personas, redescubren el deseo mutuo, y acaban volviendo más sabios, más seguros, más sueltos. Una maravilla todo. Y voy yo y pienso: ¿cuánto de eso no es exactamente lo mismo que se repite en muchas relaciones abiertas LGTBIQ+? Es esa idea de mierda de que para que funcione el amor hay que meterle mercado, variedad y constante rotación de cuerpos. Como si la cantidad garantizara la calidad y el bienestar. Como si el deseo solo se sostuviera a base de novedad y consumo rápido. Es como decir que la población venezolana no es libre porque no puede ir al Burger King. Como si la libertad consistiera en poder elegir la comida rápida de la que te vas a morir.

    Venga, va, vamos a ser honestos. Las parejas abiertas son difíciles. Mucho. Y las parejas abiertas de maricones, más aún. No por moralina ni por trauma, sino porque estamos nadando en aguas aún más turbias: por un lado, queremos deshacernos del modelo monógamo tradicional, esa institución del patriarcado que ha funcionado durante siglos como herramienta de control de las mujeres, del deseo, del cuerpo, de la herencia y de la reproducción. Es un modelo que nos ha venido jodiendo a la mayoría de los maricones desde hace mucho. Al mismo tiempo, aplicamos la lógica neoliberal a nuestras relaciones: maximizar el placer, diversificar la cartera sexual, huir del aburrimiento como si fuera la peste, consumir polvos. Lo queremos todo. Y lo queremos ya. ¿Y si no lo tenemos? Ansiedad. Autoestima por los suelos. Grindr. Otra ronda. Scroll.

    Dicho esto, pienso: ¿no será que las parejas abiertas, en lugar de liberarnos del patriarcado, nos hacen firmar otro contrato de permanencia con el capitalismo emocional? ¿No estaremos validando la idea de que más es siempre mejor, incluso cuando “más” nos deja vacías?

    Abro otro melón: ¿qué me decís de esas parejas súper enamoradas que al cabo de diez meses de conocerse están abriendo la pareja? Ay, chica, yo qué sé, pero me da por pensar que tan enamorados no estaban. Como me oiga la Policía Queer Antifascista, me lleva preso. Que igual yo me enamoro de otra forma y soy yo el que tiene la cabeza carcomida. Pero cuando me ha pasado de verdad, sólo he querido follar con esa persona. ¿Y qué hacemos con esos que sólo se validan cuando han follado o cuando tienen novio? Que eso es muy marika: es lo de estar «conociendo a un chico» cada dos semanas, en una rutina imparable de buscar a alguien que valide tu cuerpo y te valide a ti. Porque tengo que follar mucho pero tener pareja y viajar y saberme todos los grupos de modernas folklóricas porque yo soy muy revolucionaria y escucho muixerangas, pero también veo Eurovisión y me gasto en Primark tres euros por una camisa que ha cosido mano esclava infantil. O sea, qué jaleo.

    Vamos a hablar de las parejas abiertas que buscan a terceros online porque han tenido esa conversación iluminadora, la que hace que construyan una narrativa entre los dos para justificar follar con otros. ¿Soy yo o es un clásico empezar escribiendo en Grindr «vamos juntos» y terminar follando por separado cada tres días? ¿Soy yo o esas parejas terminan mintiéndose por sistema, con honrosas excepciones? ¿Por qué necesitan follar con uno detrás del otro constantemente para hacer ostentación de ser antipatriarcal? Si me dijeras que están teniendo dos orgasmos cósmicos a la semana, lo entendería. Pero no. La mayoría de los polvos con desconocidos son, vamos a decirlo, mediocres. No porque falte técnica, que también, sino porque falta vínculo, conocimiento mutuo y cuidado. ¿Cómo va a compararse eso con follar con alguien que te conoce, que te escucha, que te mira con deseo incluso cuando no te has duchado? El problema es, precisamente, cuando no te desea. Haz algo por recuperar a tu pareja, la persona a la que dices que amas, que el patriarcado y la monogamia no son lo mismo, joder. ¿De verdad queremos sustituir la intimidad por el scroll eterno? Soy muy fan de Adrienne Rich y su “la sexualidad sin deseo mutuo, sin conexión, es solo otra forma de alienación.” Fin de la cita y qué gran verdad, maricón. Hemos caído en la trampa de mezclar deseos, cuantificaciones y consumo al creer que de ahí saldría la revolución queer. Que no, que al patriarcado no se le combate solo follando con desconocidos.

    Tampoco digo que la pareja monógama sea la solución mágica. Porque esa solución no existe y porque históricamente ha sido una jaula, sobre todo para las mujeres y las personas queer. Pero reproducir el modelo sin cuestionarlo, solo que con más cuerpos en rotación, tampoco nos va a salvar. De hecho, a veces nos hunde más. Porque cuando todo gira en torno a follar mucho y variado, ¿qué pasa si no tenemos ganas? ¿Si no estamos bien? ¿Si no hay matches? ¿Y si estamos en una silla de ruedas? ¿Nos sentimos fracasadas? ¿Indeseables? ¿Deprimidas? ¿Qué dirá el Komité Queer de las Buenas Costumbres? Consumir sin parar es lo más reaccionario, joder, que no os enteráis.

    Y añado algo de sicalipsis, pero que se nos olvida a la hora de «abrir la pareja»: si yo he tardado cincuenta años en aprender a masturbarme como Dios manda, ¿cómo piensas tú, alma de cántaro, que vas a venir y me vas a hacer una mamada «con premio» en cinco minutos? Es que es imposible y eres muy lerdo si piensas y esperas que sí. Pero también eres imbécil si piensas que vas a ser mucho más feliz viviendo con tu pareja mientras quedas por Grindr para que uno te alivie en el portal de tu casa.

    Cuando hablamos de modelos afectivos alternativos, tenemos que ir más allá de abrir o cerrar relaciones. Tenemos que hablar de qué valores queremos que rijan nuestros vínculos: el compromiso, la ternura, la honestidad, la mutualidad, la posibilidad de construir algo común que no sea una cárcel, pero tampoco un centro comercial.

    Las familias y las parejas LGTBIQ+ no estamos aquí para copiar el pack heterosexual de casa, hijos y sábana bajera blanca a falta del Volvo ranchera, que cuestan una pasta. Pero tampoco deberíamos convertirnos en la punta de lanza del capitalismo rosa. Podemos y debemos inventar otras formas de querernos, que no pasen ni por la exclusividad tóxica ni por la productividad sexual compulsiva.

    Si, como dice Hooks, el amor no es dominación, sino libertad, entonces esa libertad no la vamos a encontrar en la lógica de acumular amantes como likes. Es lo mismo que entender que ir al McDonalds te hace libre. Igual encontramos esa libertad en la posibilidad de crear modelos afectivos donde podamos respirar, desear, y sobre todo, cuidarnos.

    Maricones y huestes LGTBIQ+: hablemos de amor, de deseo y de libertad sexual. Pero también de cuidados, de comunidad, de tiempo compartido y de proyectos comunes. Porque el poliamor y las parejas abiertas no son la panacea. Y la monogamia tampoco. Ni las parejas que se abren en un intento de «no ser celoso». Yo no lo soy, que conste, pero si lo eres, no pienses que por tener tres conversaciones con tu pareja al respecto va a hacer que dejes de serlo. El problema es que eres celoso, no que toleres que tu novio folle con otros. Lo que sí puede ser revolucionario, en este mundo que nos quiere maricas de bien y ricas, pero solas, cansadas y deseando más, es quedarnos, construir, cuidarnos y comprometernos. Aunque eso no se pueda monetizar.

    Qué pesado soy, joder.

  • Sobre los deberes en los coles

    18 de julio de 2025

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    Enseñanza, Yo opino que
    white graphing notebook

    Sigo sin entender cómo en pleno 2025 seguimos defendiendo los deberes de toda la vida. Que no, que no “forman el carácter” ni “preparan para la vida real” ni hacen que se repase lo que se ha aprendido. Lo que hacen, muchas veces, es reforzar desigualdades. Sorpresa. Porque no es lo mismo hacer los deberes en una casa con wifi, silencio, apoyo y fruta cortada que en un piso con tres hermanos, una tele a todo volumen y una madre que llega a las ocho reventada del curro. Y sí, las madres son las que siguen ocupándose de que la muchachada estudie y haga los deberes como toca.

    Ojo con el reparto de tareas: cuando los deberes entran por la puerta, el patriarcado se sienta a la mesa. En muchísimas casas, son las madres las que asumen el seguimiento escolar: las que preguntan, las que imprimen, las que se sientan a repasar. Y no porque los padres no estén, sino porque seguimos arrastrando la idea de que la educación (como los tuppers, las vacunas o las notas del cole) es “cosa de ellas”. Así que los deberes no solo alargan la jornada escolar, sino también la de muchas mujeres que ya llegan al final del día hechas mierda. Es una carga que no se contabiliza, pero pesa.

    Los deberes funcionan y han funcionado siempre como una extensión de la jornada escolar, pero sin maestras, sin condiciones, sin igualdad de oportunidades y, sobre todo, sin sentido pedagógico. Y en esto somos quienes nos dedicamos a esto los que tenemos que darle una buena pensadita. Son la prueba de que seguimos midiendo la educación en tiempo y no en calidad. De que seguimos creyendo que más es mejor. Spoiler: no lo es. O de que la letra, con sangre entra.

    Y sí, claro que puede haber tareas con propósito pedagógico: leer algo que emocione, investigar una pregunta, escribir lo que te pete con unas pautas para hacerlo de forma ordenada o practicar matemáticas en situaciones de la vida cotidiana y no repartiendo manzanas. ¿Por qué siempre son manzanas? Pero eso no suele ser lo que se manda. Lo que se manda son fichas en serie, multiplicaciones sin contexto, redacciones tipo “qué hice el fin de semana” (lo mismo de siempre, profe). Tareas que aburren hasta a la tortuga, que nadie quiere corregir y que acaban crispando a toda la familia. El objetivo es terminarlos para que puedas ver la tele o jugar a la consola o cerrar la puerta de tu habitación

    A veces me da la impresión de que los deberes siguen ahí no porque funcionen, sino porque no nos atrevemos a deshacernos la idea de que la educación tiene que doler. Que la infancia necesita entrenamiento, no socialización y pasarlo bien. Que cuanto antes se acostumbren a las exigencias del sistema, mejor. Repito: nos importa que aprendan a cómo funciona el mundo y a que se saquen las castañas del fuego, no sea que vayan a convertirse en personas de paguita.

    Lo que necesitan estas criaturitas de Dior es tiempo libre, juego, descanso, conversación, equivocarse sin pánico, aprender sin castigo, cagarla en un entorno en que puedan hacerlo y aprendan. Lo que necesitan son adultos que no anden todo el día diciendo “venga, que se te acumula”. Y siempre bajo la premisa de que primero son los deberes y después el disfrute, ahí, para que aprendan a quitarse las cosas de encima y a cumplir con sus obligaciones.

    Con siete años, kary, lo que tienen que hacer es saltar como macacos y hacer coreografías en grupo. Ya aprenderán la cultura del esfuerzo más tarde, que de eso hay tiempo.

    Los deberes, tal y como los entendemos, no forman: clasifican. Y siempre clasifican igual. Refuerzan las ventajas de quien ya las tiene. Penalizan a quienes no pueden. Y enseñan desde muy peque a adaptarnos a este capitalismo que nos hemos montado. Y luego fingimos sorpresa cuando vemos a quién votan los jóvenes.

    Cuando viene un niño acojonado a confesar que no ha terminado los deberes, o cuando una madre me escribe agobiada porque no le da la vida para ayudarle, me dan ganas de coger todas esas fichas y hacer una hoguera bien grande, con mascletà, y todo. Porque si educar va de eso, mal vamos.

  • “Yo, adicto”

    9 de julio de 2025

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    Citas

    El enfermo no acepta ser adicto, no reconoce que necesita ayuda. Vive en una subcultura particular y utiliza un lenguaje con códigos típicos de esa subcultura para comunicarse. Es una persona con inteligencia promedio o superior (la mayoría). Tiene conflictos con la autoridad y la rechaza. Es egocéntrico e individualista, se suele preocupar poco por los demás. Distingue entre el bien y el mal, pero cuando actúa primero lo hace y después piensa (es impulsivo). Tiene controles internos pobres o débiles. Es inconsistente, no persevera. Comienza las cosas pero no las termina. No tolera la rutina. Vive el presente como un niño. Quiere las cosas cuando las pide y no puede esperar. No planifica en base a la realidad. Es manipulador, siempre busca salirse con la suya. Es inmaduro, ansioso e inseguro. No aprende de sus experiencias ni de las de otros. Tiene una bajísima tolerancia a la frustración y también una bajísima autoestima. No se hace cargo ni se responsabiliza de sus conductas, los culpables siempre son los demás. Presenta embotamiento afectivo, le cuesta sentir amor y se le hace muy difícil recibirlo. Es mentiroso y se cree sus propias mentiras. Tiene ambiciones y autoexigencias desmedidas, así como una gran capacidad para seducir y agradar. No se conforma nunca, siempre quiere más. O provoca conflictos con su pareja (objeto que puede usar como quiere) o, por el contrario, se deja usar. Trata de modificar el mundo de acuerdo con sus propios intereses. Le cuesta aceptar las reglas y las pautas externas. Es un ser desconfiado. Su complejo de inferioridad a menudo se desarrolla en forma de patología narcisista. Tiene poca confianza en sí mismo. A veces se torna irascible, negativo y hostil. Siente una culpabilidad y una vergüenza permanentes con autodesvaloración, minusvalía y tendencia al autocastigo. Tiende a la amargura existencial y la depresión. Necesita obtener la aprobación de los demás.

    Javier Giner, p. 115.

  • Las desigualdades se aprenden en primaria

    29 de junio de 2025

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    Enseñanza
    shabby chalkboard on stone wall

    La educación primaria es una de las etapas más importantes en el desarrollo de una persona: no sólo se aprenden mates, lengua o ciencias. También se van entrenando competencias fundamentales que nos van a acompañar durante el resto de la vida. Es el punto de partida, no sólo de lo académico, sino de cómo vamos a entender el mundo, cómo nos vamos a relacionar y cómo vamos a enfrentarnos a los marrones que nos caigan después. Y estoy, sinceramente, hasta el coño de que se piense que la escuela no está para «educar». Es precisamente eso lo que hacemos, mucho más de lo que las familias piensan

    Desde una perspectiva psicobiológica, este periodo es efervescencia cerebral. Las conexiones neuronales van a toda hostia, se reorganizan y se adaptan. Es un momento privilegiado para aprender, para absorber, para establecer patrones que luego se nos van a quedar pegados como un chicle en la suela del zapato. Se forman hábitos, se construye la autoestima, se entrena la capacidad de resolver problemas, se aprende a convivir. Pero además, y esto no se dice lo suficiente, es un periodo donde se establecen las bases de las desigualdades estructurales que arrastraremos durante toda la vida si no hacemos nada por corregirlas.

    Porque no, no todos los niños y niñas empiezan la carrera desde el mismo sitio. Algunos nacen ya con el viento en contra. Y si no entendemos eso desde una perspectiva de clase, estamos jodidos. Si vienes de una familia con pasta, con tiempo, con estabilidad emocional, tienes ventaja. Si no, todo cuesta el triple. Y ahí es donde entra la educación pública, no como una ONG buenista, sino como garante de equidad: para corregir, no para premiar. Para redistribuir oportunidades, no para “estimular el talento” como si fuera una tómbola genética.

    Hay más: desde la primaria se empieza a enseñar, de forma más o menos sutil, cómo debe comportarse una niña y cómo debe comportarse un niño. Y spoiler: no suele salir bien. A las niñas se les enseña a callar, a ser responsables, a cuidar; a los niños, a liderar, a competir, a comerse el mundo. Si no desmontamos los roles de género desde pequeñitos, luego no hay feminismo que lo arregle. Si no hablamos de consentimiento, de emociones, de autocuidado, de igualdad en serio desde primaria, estamos criando a las próximas víctimas y a los próximos agresores sin saberlo.

    Porque la escuela primaria también es un espacio de socialización crítica. Aprendemos a convivir con otras personas, a negociar, a frustrarnos sin tirar la silla por la ventana, a entender que el mundo no gira en torno a nuestro ombligo. La escuela es el primer laboratorio de democracia, de comunidad y de empatía. Y eso es mucho más importante que saberse los ríos de Europa, aunque también venga bien.

    Además, desarrollar una comprensión lectora sólida no es simplemente saber juntar letras: es aprender a no tragarse bulos, a leer entre líneas, a distinguir una opinión de un hecho. En la era de la desinformación algorítmica y los reels que dan pereza hasta a la inteligencia artificial, esta capacidad es un superpoder. Nos vacuna contra la manipulación, y eso, amigues, es un acto político de primer nivel.

    Y por si aún hay algún liberal leyendo esto (¿qué tal, cómo va eso de pensar que el mercado lo arregla todo?), os dejo un bonus track: una educación primaria pública, gratuita y de calidad no es un capricho progre, es una inversión en capital humano. Que sí, que suena frío, pero si te va lo económico, agárrate: cada euro que se mete en educación primaria se recupera multiplicado. Porque menos fracaso escolar = menos paro = más productividad = más contribuyentes. Y esto lo dice hasta el FMI, no sólo los alternativos intensitos de la UNESCO. Aunque si la empresa que tienes sólo quiere exprimir al personal y echarlo antes de que cumpla los 50, igual esto no te interesa tanto, ya tú sabes.

    Pero volvamos a lo importante: una educación primaria inclusiva y equitativa es la mejor herramienta que tenemos para reducir desigualdades estructurales. En primaria se aprenden los valores, sí, pero también se empieza a intuir cómo funciona el mundo, quién tiene poder y quién no. Si la escuela no visibiliza las injusticias, si no se habla de racismo, de clase, de género, de colonialismo, de cuidados, ¿entonces cuándo? Porque lo personal es político, y lo educativo también. He dicho.

    La personalización del aprendizaje no es un lujo, es una necesidad democrática. No todos aprenden igual, no todos necesitan lo mismo, no todos llegan en las mismas condiciones. Y esto cuesta pasta. Mucho. Y es una inversión, no un gasto. Porque sin inversión no hay equidad, y sin equidad, no hay justicia social. Y sin justicia social, bueno, ya sabemos en qué termina la historia.

    Los países que invierten en educación primaria ven resultados. Mejora la salud, baja la criminalidad, sube el compromiso cívico. Finlandia, en esto, algo sabe, y mira que me da rabia decirlo. Y no, no es sólo porque coman salmón y tengan bibliotecas bonitas, que también. Es porque se toman en serio a su infancia. Porque saben que la educación no es una cuestión de caridad, sino de supervivencia colectiva. Y por cierto, las bibliotecas bonitas cuestan dinero. Igual que reducir la ratio de estudiantes por clase. Yo qué sé.

    Pensar que la educación primaria no es un pilar esencial para el desarrollo humano, social y político de una sociedad es ser, con todo el cariño, muy mónguer. Invertir en primaria es invertir en igualdad, en democracia y en un futuro donde no tengamos que escribir estos posts con los dientes apretados.

  • Hay que desinstalarse Instagram

    6 de junio de 2025

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    Yo opino que
    person using smartphone

    Hay que desinstalarse Instagram. No hoy, ayer. Yo ya lo hice, pero mucha gente cercana lo sigue usando y cuando me pasan algo me horrorizo por sistema. Lo que empezó como una red social para compartir fotos con filtros feos se ha convertido en una máquina de triturar autoestima, fomentar el narcisismo y venderte la ilusión de que todo el mundo está más bueno, más feliz y es más productivo que tú. Spoiler: no. Pero claro, cuando vives viendo vidas retocadas a golpe de algoritmo, el cerebro se lo traga. Y luego tú con tu cara de lunes y tu panza normal te crees defectuoso y sientes de todo menos paz. No es casualidad. Es negocio.

    Instagram no es sólo una app: es una fábrica de ansiedad con branding minimalista. Te vende a ti y te paga con una patada en los cojones a tu salud mental. Todo en ella está diseñado para que compares, compitas, consumas y te sientas un poco peor contigo mismo, justo lo suficiente como para que vuelvas a entrar. Y lo peor es que nos han hecho creer que el problema somos nosotros, por no «usar las redes con moderación», como si la adicción no estuviera programada. Así que sí, desinstálatela. No para convertirte en un monje zen, sino para recuperar tu tiempo, tu atención y, con suerte, un poco de dignidad digital.

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La Frikitiva

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