Yo también lo he dicho. Que si tengo TOC con las comas, que si ayer me dio la depresión porque vi una peli chunga. Lo he dicho, sí. Pero con el tiempo he entendido por qué esas expresiones son un error. Y no porque haya que andar con miedo a ofender, que para eso ya está la Policía del Buen Rollo, sino porque las palabras hacen cosas. Construyen mundos.
La salud mental es salud. Punto.
Igual que no harías bromas sobre un infarto diciendo “estás muy cardíaco hoy”, tampoco deberíamos decir tan alegremente que nos pusimos esquizofrénicos con un proyecto o que tuvimos un ataque de ansiedad porque no había croissants en la panadería. Eso no fue ansiedad, fue hambre. Y el hambre se cura comiendo otra cosa, no con frases que convierten enfermedades serias en un chiste pasajero.
El problema no es hablar en coloquial ni usar el humor en lo cotidiano. El problema es cuando, sin darnos cuenta, banalizamos el sufrimiento real de millones de personas. Hay quienes no pueden levantarse de la cama, quienes sienten que algo en su interior está roto, quienes viven con voces que no eligieron o quienes no logran dejar de llorar en medio de una multitud. Eso no se arregla con yoga, ni con afirmaciones positivas, ni con un domingo de autocuidados con mascarilla de aguacate.
¿Por qué importa el lenguaje?
Porque cuando frivolizamos con la salud mental, reforzamos un estigma que sigue muy vivo. Ese que susurra que pedir ayuda es de débiles, que ir al psicólogo es de locos, que lo que te falta es echarle ganas, como si todo se resolviera a golpe de voluntad y no hubiera detrás neuroquímica, historia de vida, precariedad emocional o contexto social.
Ese estigma no aparece de la nada: se alimenta de titulares sensacionalistas, de chistes fáciles en la tele, de expresiones que repetimos sin pensar y de la idea cultural de que las emociones son una especie de debilidad incómoda que hay que esconder. Crecemos escuchando que hay que ser fuertes, que llorar es de blandos, que los problemas se solucionan con disciplina o con actitud positiva. Y lo peor es que ese discurso cala tan hondo que incluso quienes sufren terminan creyendo que lo suyo no es para tanto, que están exagerando, que mejor aguantarse. Así funciona el estigma: convierte el dolor en silencio y el silencio en más dolor.
La cosa se vuelve todavía más oscura cuando entramos en cualquier red social. Ahí ves a adolescentes de trece años autodiagnosticándose con tres trastornos distintos en vídeos de quince segundos, mientras los influencers que ayer promocionaban batidos detox hoy te explican qué hacer si tienes ansiedad. Y no han abierto un manual de psicología en su vida. Hablar de salud mental en redes es necesario, pero hacerlo sin formación ni contexto puede ser peligroso. Un vídeo con “cinco señales de que tienes un trastorno de apego” no sustituye la evaluación de un profesional, del mismo modo que ver “El nombre de la rosa” no te convierte en medievalista, aunque te entren ganas de comprarte una espada y prenderle fuego a todo.
No es lo mismo alguien que habla desde su experiencia que alguien que pretende dar consejos clínicos sin formación. Tampoco es lo mismo abrir un espacio de cuidado que venderte un curso de “sanación emocional en siete pasos por 59,99 euros”. No todo lo que suena empático es terapia, ni todo lo que llega envuelto en un filtro sepia está bien.
Lo que es realmente de locos
Si de verdad queremos usar esa expresión, decir que algo es de locos, apliquémosla a las listas de espera de entre seis meses y dos años para una consulta en la sanidad pública. O al hecho de que mucha gente se medique sola porque no puede pagar un psiquiatra privado. O a que todavía pensemos en la salud mental como un lujo de clase media, mientras un chaval queer en tu instituto pasa por un infierno porque no encuentra un lugar seguro ni en su casa ni en el cole. Y claro, que no se note, que no moleste, que eso es privado.
Y lo más desesperante es que mientras tanto seguimos recibiendo discursos de autoayuda en versión “hazlo tú mismo” como si todo fuera cuestión de voluntad. Se nos pide resiliencia sin parar, pero pocas veces se habla de recursos reales, de inversión en profesionales, de políticas que permitan a la gente vivir con menos angustia. Parece más fácil decirte que respires hondo y que pienses en positivo que asumir que quizá lo que enferma no está dentro de ti, sino alrededor.
Humor sí, pero con cuidado
No estoy diciendo que el humor esté prohibido. El humor también cura, también nombra, también desarma. Pero hay una diferencia entre reírse desde la herida y usar el dolor ajeno como disfraz de Carnaval. Y no todos los disfraces se quitan al final del día.
Así que la próxima vez que digas que estás “súper ansioso porque tu ex te dejó en visto”, piensa en alguien que vive de verdad con esa montaña rusa emocional que no pidió y al que le come el coño que digas eso. Y cámbialo por otra cosa. Quizá hasta aprendamos a nombrar con más cuidado. Y con eso, quién sabe, igual también a cuidarnos mejor.