En 1972, el sociólogo Stanley Cohen publicó Folk Devils and Moral Panics, un libro que explica por qué las sociedades tienden a entrar en pánico colectivo de forma periódica. No por guerras, hambrunas o colapsos reales, sino por fenómenos sociales convertidos en amenazas morales. Cohen no hablaba de redes sociales, ni de influencers, ni de jóvenes “sin valores”. Y si leyera hoy los titulares de cualquier periódico o tuviera una cuenta en Twitter, probablemente pensaría que no hemos aprendido una mierda en cincuenta años.
El concepto central es el de pánico moral. Ocurre cuando una conducta, grupo o práctica es presentada como una amenaza grave para los valores de una sociedad. El proceso es casi automático y se pone en marcha cuando un hecho relativamente limitado o poco relevante se interpreta como síntoma de decadencia general. A partir de ahí, los medios de derechas lo amplifican, los partidos políticos incluyen el tema en sus mítines y la opinión pública se divide entre el “hay que hacer algo ya” y el “esto antes no pasaba”, cuando no adaptan ambas a la vez.
Para que el pánico funcione necesitamos lanzarle la mierda a alguien, una especie de chivo expiatorio colectivo, pero que sea una comunidad con una identidad definida. Cohen se refería a ellos como los folk devils, grupos fácilmente reconocibles, culturalmente incómodos y lo bastante visibles como para quel es carguemos con la culpa colectiva.
En el estudio original de Cohen eran los mods y los rockers, subculturas juveniles británicas. Todo empezó con una serie muy concreta de enfrentamientos juveniles en Inglaterra a mediados de los años 60. Peleas de playa entre ambos grupos. Nada apocalíptico: unos chavales peleándose en Brighton. Pero la prensa británica los convirtió en el símbolo perfecto del supuesto colapso moral del país. El conflicto existía, sí. Pero su significado fue inflado, dramatizado y repetido hasta provocar un pánico nacional completamente desproporcionado.




La función del folk devil no es explicar la realidad, sino simplificarla. En lugar de analizar cambios sociales complejos, tensiones económicas o transformaciones culturales, el relato se centra en “ellos” (recuerda, siempre hay un “ellos” contra “nosotros”). Los responsables. Los que se salen de la norma. Los que permiten convertir un miedo difuso en indignación concreta. Así todos podemos descargar bilis con razonable facilidad.
Los medios
Uno de los aportes más relevantes de Cohen es su análisis del papel de los medios de comunicación. No como simples transmisores de hechos, sino como actores que seleccionan, exageran y encuadran la información de forma que encaje en una narrativa alarmista. Titulares dramáticos, imágenes repetidas hasta el agotamiento y expertos que confirman que el problema es grave, urgente y, por supuesto, moral. El pánico se construye así como una historia coherente, fácil de consumir y difícil de cuestionar.
odo esto nos suena de periódicos como El Mundo y otros, que no mencionaré. Medios que llevan años convirtiendo cada propuesta progresista en “amenaza existencial a la familia española”, cada ley de igualdad en “dictadura de género”, y cada avance en derechos LGTBIQ+ en “adoctrinamiento de nuestros hijos”. Cataluña nos roba. España envía trenes a Marruecos mientras aquí el mantenimiento de las infraestructuras es tan deficiente que provoca catástrofes. Dos en dos días. Pablo Iglesias lleva a sus hijos a colegios de élite y su mujer tiene un ático porque es multimillonaria. Por no hablar de las saunas gay del suegro de la mujer del presidente del gobierno.

MENTIROSO
No informan. Fabrican folk devils a medida para alimentar el miedo de un electorado que necesita creer que España está al borde del colapso moral. Los catalanes, la izquierda, los maricones y los marroquíes. Y funciona, porque el pánico vende votos y genera clicks mejor que cualquier programa electoral.
La desproporción de los problemas sociales
Cohen no negaba que existieran problemas sociales reales. Su advertencia iba en otra dirección: el peligro de la desproporción. Cuando una sociedad reacciona con más intensidad moral que análisis racional, el resultado suele ser políticas apresuradas, estigmatización de grupos y una falsa sensación de control (o descontrol). El pánico moral calma la ansiedad colectiva, pero rara vez resuelve el problema que dice combatir.
Décadas después, todavía nos podemos aplicar el cuento de lo que dijo Cohen. Cambian los nombres y los contextos, pero el mecanismo se repite con fidelidad. Cada generación parece convencida de que ha descubierto la amenaza definitiva para el orden social. Y cada generación se equivoca de la misma manera.
Goode, E., & Ben-Yehuda, N. (2009). Moral panics: The social construction of deviance (2nd ed.). Malden, MA: Wiley-Blackwell.
