La fatiga de la indignación y por qué cada escándalo importa menos

La corrupción en España crea fatiga.

¿Cuándo fue la última vez que leíste que han pillado a algún político con no sé cuántos millones en billetes de 500€ escondidos debajo del colchón, o en Suiza, o en casa de su primo? O cuando te enteraste de que un famoso estuvo acosando a mujeres durante años. O cuando trincaron al familiar de alguien con un contrato sorpresa. Da igual cuando leas esto, probablemente tu reacción fue algo así como “bueno, vale”.

No sentiste nada. Ni indignación. Ni sorpresa. Ni ganas de compartirlo en redes con un comentario incendiario. Solo un “ah, otro más” antes de seguir scrolleando para ver vídeos de gatos o lo que fuera que tu feed considerara más interesante que la enésima prueba de que vivimos en una cleptocracia con forma de democracia.

Y lo peor no es que me haya vuelto cínico (bueno, sí, me he vuelto cínico, pero ese es otro tema). Lo peor es que sé que no soy el único. Que millones de personas están exactamente igual. Que los escándalos de corrupción, las mentiras descaradas, las fotos comprometedoras, las grabaciones filtradas… todo eso que antes hacía un ruido de la hostia y hace que caigan gobiernos en la “Europa civilizada”, ahora apenas genera un titular que dura seis horas antes de ser sustituido por el siguiente.

Igual te has preguntado por qué la gente no sale a la calle como cuando el 15M. La respuesta a esa pregunta es que la gente ya no puede más. Sobre todo la gente de izquierdas.

Bienvenido a la fatiga de la indignación. El estado psicológico en el que tu cerebro, saturado de mierda política, simplemente se rinde y deja de procesar más estímulos negativos porque literal no tiene recursos para ello.

Qué es la fatiga de la indignación

La fatiga de la indignación no es pereza moral. No es apatía política. No es que te hayas vuelto insensible o que “ya no te importe nada”. Es que tu cerebro tiene un límite biológico de cuánta mierda puede procesar antes de entrar en modo protección.

Técnicamente, estamos hablando de habituación: la reducción progresiva de la respuesta a un estímulo que se repite constantemente. Rankin et al. (2009) lo definieron como un proceso adaptativo donde el organismo aprende a no gastar energía respondiendo a estímulos que, aunque negativos, se vuelven predecibles y constantes.

En cristiano: si algo malo pasa todo el rato, tu cerebro eventualmente deja de reaccionar porque reaccionar cada vez sería agotador e inútil.

Es como vivir al lado de una autopista. Los primeros días, el ruido constante te vuelve loco. No puedes dormir. Te desespera. Te cagas en todo. A los tres meses, ni lo oyes. Tu cerebro lo ha catalogado como “ruido de fondo constante” y ha dejado de gastar recursos en procesarlo.

Eso es exactamente lo que pasa con los escándalos políticos. El primero te indigna. Te cagas en todo. Compartes el artículo. Discutes con gente en Twitter. Te sube la tensión. El décimo escándalo, ya ni abres el artículo completo. A la que llevas veinte artículos, directamente scrolleas hacia abajo. No porque no sea grave. Sino porque tu cerebro ya no puede más.

El coste psicológico de estar permanentemente cabreado

Aquí viene la parte chunga: estar indignado constantemente tiene un coste emocional brutal.

Charles Figley (1995) acuñó el término compassion fatigue (fatiga de la compasión) para describir el agotamiento emocional que sufren los profesionales sanitarios, los trabajadores sociales, o cualquiera expuesto constantemente al sufrimiento ajeno. Tu capacidad de sentir empatía, compasión, e indignación no es infinita. Es un recurso limitado que se agota.

Y cuando se agota, tu cerebro hace lo único sensato que puede hacer: desconecta. No porque seas mala persona. Sino porque la alternativa es el colapso emocional total.

Aplicado a la política: si cada día hay un nuevo escándalo, una nueva mentira, una nueva prueba de que los que gobiernan son unos corruptos, ladrones, o incompetentes, tu cerebro termina diciendo “no puedo procesar más de esto o me voy a la mierda”. Y desconecta. Te vuelves apático no por elección moral, sino por supervivencia psicológica.

Es agotador estar indignado. Consume energía mental, emocional, y física. Tu cortisol sube. Tu sistema nervioso entra en modo alerta. Tu capacidad de concentración en otras cosas disminuye. Estar permanentemente cabreado con la política es, literalmente, malo para tu salud. Y tu cerebro lo sabe. Así que te protege desconectándote.

Protesta en contra del Partido Popular ante su sede en la calle Génova de Madrid (1 de febrero de 2013). Fuente: Wikipedia.

Una pendiente resbaladiza: cómo normalizamos lo inaceptable

Pero hay algo más insidioso pasando. No solo es que te acostumbres al ruido. Es que cada escándalo normaliza el siguiente.

Albert Bandura (1999) describió la desconexión moral gradual: un proceso por el cual las personas van desactivando poco a poco sus estándares morales. Cada nuevo nivel de inmoralidad se normaliza antes de pasar al siguiente. Aplicado a política: si el político A tiene 3 millones en Suiza y no dimite, cuando el político B aparece con 5 millones, ya parece “más de lo mismo”. Cuando C tiene 10 millones, es solo “otro caso más”. Cuando D tiene 48 millones, tu cerebro ya ni siquiera registra la diferencia.

Cada escándalo que no tiene consecuencias establece el nuevo nivel de aceptabilidad. Y ese nivel solo sube, nunca baja.

¿Recuerdas cuando Bárcenas tenía 48 millones en Suiza y parecía que era el fin del mundo? Pues Bárcenas sigue por ahí, el PP va a ser el próximo partido de gobierno, y nadie fue a la cárcel de verdad. ¿El mensaje? Que puedes robar 48 millones y no pasa nada grave.

Así que el siguiente que robe 50 ya sabe que las consecuencias son… ninguna. O como mucho, un juicio dentro de diez años, una condena que nunca cumplirás, y mientras tanto seguir en política como si nada. Da lo mismo que se trate de robar dinero o de ignorar que la gente se estaba muriendo mientras tú estabas en un restaurante haciendo a saber qué.

La estrategia (consciente o no) es saturar para anestesiar

Y aquí está la parte más chunga: la saturación funciona como estrategia.

No sé si es deliberado o simplemente un efecto secundario de que todos sean unos corruptos sin vergüenza, pero el resultado es el mismo: si produces escándalos todo el rato, la gente deja de reaccionar. Un escándalo grave cada cuatro años tumba un gobierno. Diez escándalos graves al año y la gente simplemente se acostumbra. Parece absurdo, pero funciona. Al final piensas que lo raro sería que no hubiera esta semana un caso de corrupción.

Trump ha decidido convertir esta estrategia en una performance diaria: di tantas mentiras, tan rápido, tan constantemente, que los verificadores de datos cortocircuitan intentando seguirte el ritmo y la gente simplemente deja de intentar distinguir qué es verdad y qué no. Di algo escandaloso cada día y ningún escándalo individual tendrá tiempo de penetrar en la conciencia colectiva antes de ser reemplazado por el siguiente.

En España tenemos nuestra propia versión. Cada semana hay un nuevo caso: Koldo, Ábalos, Aldama, la pareja de Ayuso, Peinado… y ninguno tiene tiempo de escalar de verdad y de tener consecuencias políticas fulminantes porque el siguiente ya está ocupando titulares. Para cuando procesarías la gravedad del primero, ya van cinco más y tu cerebro dice “paso, no puedo con esto”. Y al final lo verdaderamente sorprendente es cuando te das cuenta de que ese día no hay ningún escándalo nuevo.

Aquí una panda de zombis, protestando por lo suyo con un “viva Cristo Rey”, que como todo el mundo sabe, soluciona todos los problemas de la política nacional.

El tribalismo como escudo antibalas

Por si la habituación y la saturación no fueran suficientes, tenemos un as bajo la manga: el tribalismo político. Porque resulta que tu capacidad de indignación no es universal. Es selectiva. Muy selectiva.

Si el escándalo es de “los otros”, tu indignación funciona perfectamente. Lo compartes, lo comentas, exiges dimisiones, dices que es “intolerable” y “vergonzoso”.

Si el escándalo es de “los tuyos”, tu cerebro activa instantáneamente el modo defensa: “es una campaña de desprestigio”, “todos roban”, “no está probado”, “y el otro qué”, “esto es persecución política”.

Tu capacidad crítica, que funciona perfectamente para juzgar al adversario, se evapora cuando toca juzgar a los tuyos. Y no porque seas hipócrita (que lo eres, pero no por eso). Sino porque tu cerebro está diseñado para proteger tu identidad de grupo. Y si tu identidad política está vinculada a un partido, cuestionar a ese partido es cuestionarte a ti mismo. Y tu cerebro odia eso más que cuando a un católico le preguntas quién fue la madre de los hijos de Caín y Abel.

Así que tu cabeza hace gimnasia mental: minimiza, relativiza, encuentra excusas y cambia de tema. Cualquier cosa antes que admitir que tu político también es un corrupto de mierda.

Y eso es aplicable a todos. A los de izquierdas cuando el PSOE tiene casos de corrupción. O Podemos. A los de derechas cuando el PP los tiene. A los independentistas cuando lo tienen los suyos. El mecanismo es el mismo: mi tribu bien, tu tribu mal. A los de Vox, simplemente, se la suda cuando sale una noticia demostrando que uno de los suyos es simplemente un monstruo sin sentimientos. Además, la actividad cerebral de sus votantes tiende a cero (por incapacidad o por desgaste, da igual), así que no pasa nada.

El resultado de todo esto es que nadie dimite porque su propia tribu lo defiende, y la tribu contraria está tan acostumbrada a escándalos que su indignación ya no tiene fuerza real.

Fuente: Diario Público.

La anestesia democrática

El resultado final de todo esto se podría llamar “anestesia democrática”: un estado en el que la población está tan saturada, tan habituada, tan agotada, que los mecanismos de rendición de cuentas dejan de funcionar.

En teoría, en una democracia funcional, los escándalos deberían tener consecuencias. Los políticos pillados con el sobre aún en el bolsillo deberían dimitir o ser expulsados por sus propios partidos. Los votantes deberían castigar electoralmente a los partidos corruptos. La vergüenza pública y la presión social son mecanismos de control y en España, cada vez lo son menos. Aquí hay mucho que decir sobre el poder fiscalizador de la prensa y tal, pero me da una pereza del copón, pa qué negarlo.

Una democracia sana y funcional requiere una población que se indigne, que exija consecuencias y que mantenga la presión sobre el corrupto.

¿Y qué pasa cuando esa población está exhausta? Cuando su capacidad de indignación está agotada, cuando ha normalizado la corrupción como parte del sistema, cuando el tribalismo la hace inmune a los escándalos de los suyos y la fatiga la hace inmune a los escándalos de los otros. Pasa que los políticos pueden hacer básicamente lo que les salga del arco del triunfo sin consecuencias reales.

Feijóo con su foto con Marcial Dorado, el narcotraficante. ¿Consecuencias? Ninguna. Ábalos con el caso Koldo. ¿Consecuencias? Ya veremos en diez años. La pareja de Ayuso con sus presuntos delitos fiscales. ¿Consecuencias? Contraatacar acusando al fiscal. Y nosotros, la ciudadanía, viendo el espectáculo desde el sofá, sin energía ya ni para sorprendernos. Algunos, deseando que le pase algo malo a Perrosanxe. Pero de verdad. Qué miedo, joder.

¿Qué coño hacemos con esto?

No sé si hay solución por que creo que el problema es estructural y psicológico a la vez.

¿Deberíamos indignarnos más? Sí, pero no podemos. Literal, no tenemos recursos psicológicos para estar indignados 24/7.

¿Deberíamos exigir consecuencias? Sí, pero ¿cómo, si el sistema está diseñado para que no las haya?

¿Deberíamos desconectar para proteger nuestra salud mental? Probablemente, pero entonces ellos ganan porque la apatía les permite seguir haciendo lo mismo.

Es una trampa perfecta y la izquierda está agotada

Lo único que te puedo decir es esto: reconoce que no estás apático porque seas mala persona o porque “ya no te importe nada”. Estás exhausto. Y ese agotamiento es una respuesta natural, humana, comprensible a una situación insostenible. Igual piensas que eres progresista y que deberías salir a la calle, pero no te da la vida.

La fatiga de la indignación no es un problema tuyo. Es una característica inevitable de vivir en España, un sistema donde la corrupción es constante, los escándalos son diarios, y las consecuencias son inexistentes.

Que estés hasta el mismísimo coño no es tu culpa. Es culpa de ellos por ser una puta vergüenza.

Lo que sí es tu responsabilidad no dejar que esa fatiga te convierta en cómplice pasivo. Y eso, amiga, es la parte más jodida de todas.

Referencias

  • Bandura, A. (1999). Moral disengagement in the perpetration of inhumanities. Personality and Social Psychology Review, 3(3), 193-209.
  • Figley, C. R. (1995). Compassion Fatigue: Coping with Secondary Traumatic Stress Disorder in Those Who Treat the Traumatized. Brunner-Routledge.
  • Rankin, C. H., et al. (2009). Habituation revisited: An updated and revised description of the behavioral characteristics of habituation. Neurobiology of Learning and Memory, 92(2), 135-138.