Categoría: Sociología

La violencia contra los de “abajo”

Según Kimmel, el origen de la violencia sistémica se encuentra en la asunción de que los individuos que están por “debajo” no gozan de los derechos de los de “arriba”. Si los de “abajo” se comportan de manera inapropiada, e. d., si dan a entender que pueden o quieren ascender, los de arriba están legitimados para mantener el statu quo.

“Así, por ejemplo, con quien la llevan tomando los racistas blancos del sur durante generaciones no es con los negros a secas. Eran los negros ‘arrogantes’ que usaban tenerse por iguales a los blancos, que ‘no sabían cuál era su lugar’, que se atrevían a pensar que podían sentarse donde quisieran, comer donde les viniera en gana, usar los mismos aseos o beber de las mismas fuentes. Eran los engreídos muchachos y hombres negros, que usaban intercambiar palabras con una chica blanca como si tuvieran derecho a ello. Escenas de igualdad tan simbólicas como estas eran consideradas una humillación para los blancos, que tenían derecho a sentirse superiores y veían cuestionado su honor. La violencia racista expresaba esa superioridad agraviada.”

Kimmel, M. (2019). Hombres blancos cabreados. Valencia: Barlin Libros, p. 271.

Sobre el «instinto maternal»

people on farm painting

Gergen dice que las características atribuidas a ciertos constructos que ahora tenemos naturalizados han evolucionado a lo largo del tiempo. A propósito de la maternidad dice lo siguiente:

«En la época moderna consideramos que el amor de una madre por sus hijos representa un aspecto fundamental de la naturaleza humana, así como que las emociones tienen una base genética. Si una madre no muestra amor por sus hijos, nos parece inhumana. No obstante la historiadora francesa Elizabeth Bandinter sostiene que no siempre fue así. En Francia e Inglaterra, durante los siglos XVII y XVIII, los niños vivían en forma marginal. Los escritos de la época ponen de relieve una generalizada antipatía hacia ellos, porque nacían en el pecado, significaban un fastidio insoportable y, en el mejor de los casos, solo servían para jugar o para convertirse en el futuro en labradores. Entre los pobres, que no practicaban el aborto ni tenían fácil acceso al control de la natalidad, abandonar a un hijo era una costumbre difundida. A todas luces, el concepto de instinto maternal habría aparecido extraño en estas sociedades.

Más aún, incluso la lactancia del niño era vista en muchos círculos como una pérdida de tiempo para la madre. Si la familia era lo bastante rica, el recién nacido era enviado al campo la mayoría de las veces para que alguna nodriza se ocupara de él; Y a raíz de los malos tratos que recibían de estas nodrizas, o de que la leche que le estaban no fuera alimento suficiente, era muy común que estos niños murieron. Esas muertes infantiles se tomaban como un asunto de rutina, ya que a la larga o a la corta un niño era reemplazado por otro; los diarios íntimos, al relatar las costumbres familiares, muestran que la muerte de un niño causaba tampoco inquietud en la familia como la de un vecino, o menos; son las actividades económicas de la familia a lo largo de aquella jornada ocupaba más espacio.»

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Referencias

  1. De Gergen, K. J. (1992). El asedio del yo. En «El yo saturado: dilemas de identidad en el mundo contemporáneo» (pp. 19-40). Buenos Aires: Paidós.

Sobre la influencia de la sociedad en el organismo

«La esperanza de vida varía con al ubicación social. Aún en la sociedad norteamericana contemporánea existe gran discrepancia entre la esperanza de vida de los individuos de clase baja y de los de clase alta.

Además, tanto la incidencia como el carácter de la patología varían según la ubicación social. Los individuos de clase baja suelen ponerse enfermos con más frecuencia quel os de clase alta; asimismo, tienen enfermedades diferentes. En otras palabras, la sociedad determina cuánto tiempo y de qué manera vivirá el organismo individual. Esta determinación puede programarse institucionalemente ne la operación de controles sociales, como en la institución del derecho.»

BERGER, P. y LUCKMANN, T. (1993). La construcción social de la realidad. Buenos Aires: Amorrortu, p. 223

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