El coste psicológico de leer noticias: por qué estás deprimido y no es tu culpa

Llevo tres días intentando concentrarme en algo, cualquier cosa, que no sean las noticias. Abro el ordenador con la mejor de mis intenciones profesionales (y porque ya me estoy columpiando) y termino atrapado haciendo scroll infinito sobre los resultados electorales de Aragón, como si fueran a revelarme el sentido último de la existencia. Cierro los diarios porque estoy harto de leer análisis “en clave nacional” (no sé quién coño se inventó esa expresión, pero ya está gastada) y ya no puedo consumir ninguna encuesta más sobre el estado cuán mónguers somos los españoles y cuántos van a votar a la ultraderecha.

Cinco minutos después, allí estoy otra vez, leyendo tuits de gente indignada que tampoco debería estar leyendo. Cuando tengo el cerebro hecho pulpa y necesito un buen chute como el buen yonqui que soy, me voy al mundo o al diario ese que se llama OK (no pienso nombrarlo correctamente para que Google, tal) y leo los comentarios de los fachas. Eso sí es mierda y no la heroína. Cuando finalmente he consumido hasta la última letra disponible, refresco la página. No vaya a ser que en los últimos treinta segundos haya estallado otra crisis de importancia nacional… o mundial.

El resultado es que estoy agotado, con el ánimo por los suelos y con la atención peor de lo que la tengo ya. Es el peaje psicológico de vivir informados en el siglo XXI, un festival de estímulos que nuestros cerebros, de diseño paleolítico, no están preparados para gestionar. Tú cerebro, como el mío, fue creado para detectar amenazas inmediatas en un radio de unos pocos metros, no para procesar el horror de la política española, la emergencia climática o el payaso naranja.

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Ya sé que tu cerebro no pudo estar preparado para los dinosaurios porque nunca vieron uno en directo. Que un anacronismo como un piano no te impida poner una imagen de impacto.

Tu cerebro no evolucionó para esto

Tu cerebro evolucionó para lidiar con amenazas concretas, locales, y sobre las que podías actuar. Un depredador acercándose. Una tormenta inminente. Un conflicto en tu grupo social inmediato. Cosas que podías ver, evaluar, y resolver con acción directa: huir, luchar, buscar refugio, negociar.

Lo que tu cerebro NO evolucionó para gestionar: genocidios a miles de kilómetros que no puedes detener, crisis climáticas que tardarán décadas en resolverse (si es que se resuelven), resultados electorales que te afectan, pero sobre los que ya no tienes control, pandemias globales, colapsos económicos sistémicos, y un etcétera de horrores que llegan a tu móvil en tiempo real sin que puedas hacer absolutamente nada al respecto.

El problema es que tu amígdala, la parte del cerebro que detecta amenazas, no distingue entre “tigre acercándose” y “noticia sobre aumento de la extrema derecha en Europa”. Para ella, una amenaza es una amenaza. Y responde igual, activando tu sistema de estrés, preparándote para luchar o huir.

El problema es que no puedes luchar contra un resultado electoral. No puedes huir de una crisis climática. No puedes resolver un genocidio con tus propias manos. Así que tu cuerpo se queda en estado de alerta constante, bombeando estrés, sin poder hacer nada. Ese estrés, como cualquier otro, si se sostiene en el tiempo, va a terminar jodiéndote, amiga.

El “doom scrolling” es la adicción más deprimente

Sabes que deberías alejarte de tuíter, que no deberías leer ningún análisis electoral, que España está jodida y que se acerca al abismo. Sabes que estás acercándote al abismo del doom scrolling, ese momento en que no puedes dormir pero tampoco puedes dejar de leer malas noticias a las dos de la mañana de un martes. Pero no paras. Y cada vez te sientes peor.

No quieres seguir, pero no puedes dejarlo, y encima notas que te estás agobiando. Por lo que lees y porque no puedes parar de leer y tienes que levantarte mañana temprano. Cada vez te encuentras peor. Intentas dormir. No puedes. Decides coger el móvil otra vez porque para lo que te queda en el convento, tal. “¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Soy imbécil?”. Es posible, pero no por eso específicamente.

Estás despierto o despierta y leyendo sin parar porque tu cerebro está intentando reducir la incertidumbre. Desesperadamente. Cuando hay una amenaza ambigua, tu cerebro busca información de forma compulsiva para intentar entender, predecir y controlar. Es un mecanismo de supervivencia. Cuanta más información tengas sobre un peligro, mejor podrás prepararte. Da igual que quieras o no, tu cerebro está programado para necesitar leer sobre todos los posibles peligros a los que te puedes enfrentar.

El problema es que con un móvil en la mano y conectados constantemente a internet, nunca hay suficiente información para pensar que ya sabes todo lo que necesitas saber. Siempre hay otro aartículo, otro tuit, otra opinión, otra actualización. Y tu cerebro sigue buscando, convencido de que, si sigue leyendo, encontrará la pieza de información que le permita sentirse seguro o saber cómo abordar la situación.

Nunca la encuentra. Pero sigue buscando.

Adrian F. Ward (2021) ha demostrado que el doom scrolling activa los mismos circuitos de recompensa que otras conductas adictivas. Cada scroll te da una pequeña dosis de novedad (“¿habrá algo nuevo?”) que tu cerebro interpreta como potencialmente importante. Y aunque el 99% del tiempo sea más de lo mismo, ese 1% de “información nueva”, si es que la encuentra, es suficiente para mantenerte enganchado. Es básicamente una máquina tragaperras emocional donde la recompensa es sentirte cada vez peor.

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La fatiga de compasión (la “compassion fatigue” de Figley)

Y luego está la fatiga. Esa sensación de estar emocionalmente exhausto sin haber hecho nada físicamente agotador.

Charles Figley llamó compassion fatigue cuando describía el agotamiento de profesionales que no paran de trabajar implicándose directamente en el sufrimiento ajeno. Aplicado al consumo de noticias, significa que tu capacidad de sentir empatía, horror, indignación o tristeza es limitada. Es un recurso que se agota y tu cerebro necesita un descanso urgente.

Cuando estás expuesto constantemente a noticias sobre guerras, genocidios, crisis, violencia, injusticia o que vamos a una situación parecida al cuento de la criada, tu cerebro llega un momento en que dice que ya no puede más y desconecta. No porque seas mala persona, sino porque la alternativa es el colapso total.

Y esa desconexión genera culpa, te lo digo yo que de eso sé bastante. “¿Cómo puedo ser tan insensible ante esto? ¿Qué clase de monstruo soy? ¿Me estaré haciendo del PP?” Pero no es insensibilidad. Es protección. Tu cerebro está intentando que no te rompas del todo.

Holman et al. (2014) hablan precisamente sobre eso. El consumo de noticias después de crisis traumáticas demostró que la exposición repetida a noticias sobre eventos traumáticos, incluso cuando no te afectan directamente, puede generar síntomas de estrés postraumático. No necesitas estar en la zona de guerra. Basta con verla en bucle en tu pantalla.

Síntomas. De. Síndrome. Por. Estrés. Postraumático. Cágate.

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El sesgo de negatividad y por qué las malas noticias pesan más

Y por si todo esto no fuera suficiente, tu cerebro tiene un sesgo de negatividad: procesa y recuerda las malas noticias con mucha más intensidad que las buenas. Evolutivamente tiene sentido. Piénsalo. Recordar dónde viste al tigre que casi te mata es más útil para tu supervivencia que recordar dónde encontraste esa cosa roja que estaba que te cagas de buena (aunque la diarrea de después fue también buena) o dónde estaban esos yerbajos que sabían raro pero que después te encontrabas de puta madre. Todo eso da igual. El coste de ignorar una amenaza es mucho mayor que el coste de ignorar una oportunidad.

Pero aplicado a noticias, significa que puedes leer veinte artículos, diecinueve neutrales o incluso positivos, y uno catastrófico… y tu cerebro se quedará con el catastrófico. Lo recordará mucho mejor y le dará vueltas durante horas.

Baumeister et al. (2001) lo resumieron perfectamente: “Bad is stronger than good”. Lo malo pesa más que lo bueno. Siempre. Y los medios lo saben. Por eso los titulares son siempre alarmistas, catastróficos y urgentes. Porque eso es lo que tu cerebro no puede ignorar. Solemos pensar que los medios serios son las hermanitas de la caridad en comparación con las redes sociales de Meta y tal. Pero no, también negocian con tu atención. No con un algoritmo, con algo más artesanal y elaborado, pero en el fondo lo que quieren es que consumas su contenido.

Entonces, ¿qué hago con los resultados de Aragón? Me deprime que hayan subido la ultraderecha de la gaviota azul y el partido del gilipollas ese que nunca ha trabajado. Me deprime que la izquierda esté hecha mierda. Me deprime la sensación de que vamos hacia atrás. Pero secretamente, también me alegra un poco que el PP haya bajado y que la jugada de las elecciones anticipadas les haya salido del culo. Y esa pequeña nota positiva se pierde completamente bajo el peso de todo lo demás. Porque mi cerebro está diseñado para obsesionarse con las amenazas, no para celebrar las pequeñas victorias.

El bucle de la indefensión

Seligman (1972) demostró que cuando un organismo está expuesto repetidamente a estímulos negativos que no puede controlar, termina dejando de intentar escapar, incluso cuando se le presenta la oportunidad. Aprende que sus acciones no importan y que haga lo que haga está en la mierda. Y esa sensación de impotencia genera depresión. Es la indefensión aprendida.

La indefensión aprendida ocurre, básicamente, cuando tu cerebro decide que “¿para qué intentarlo?”, porque ha pasado por situaciones en las que nada de lo que hacías funcionaba. Has aprendido que lo que hagas no tiene importancia y no va a cambiar nada. Entonces, aunque después tengas opciones reales para cambiar algo, te quedas paralizado y pasas de todo. Podrías actuar, pero tu cabeza ha aprendido a no esperar ningún resultado, así que ni lo intentas. Es rendirse por costumbre.

Aplicado al consumo de noticias: lees sobre crisis tras crisis, injusticia tras injusticia, catástrofe tras catástrofe… y no puedes hacer nada significativo para cambiar ninguna de ellas. Votas, protestas, donas, compartes información… y las cosas siguen igual o peor. Tu cerebro aprende que tus acciones no cambian nada, que no tienes control sobre lo que está pasando y que esa situación que no controlas es la que, precisamente, va a tener un impacto sobre ti y va a afectar a tu vida. Y la indefensión aprendida es una via rápida a la depresión.

No olvidarse: la depresión es como Roma, todos los caminos conducen a ella.

No es que seas débil. No es que no te importe. Es que tu cerebro ha aprendido, razonablemente, que estás atrapado en un sistema donde tu agencia individual es ridícula  comparada con la magnitud de los problemas. Y te das cuenta de que la vida es lo que te ocurre mientras estás leyendo sobre una catástrofe política, económica, climática, humanitaria o social, antes de que aparezca la siguiente y repitas el ciclo.

Entonces, ¿qué coño haces?

Primero, no hay soluciones mágicas. Ojalá las tuviera, porque las envasaría, las vendería y me forraría.

Segundo, haz lo que digo, no lo que hago.

“Los científicos” (LOL), sí nos dan algunas ideas. La primera es que hay que limitar de forma consciente el consumo de noticias. De verdad que hay que hacerlo, como las redes sociales. A todo esto, yo me salí de FB e Instagram y podría ser mucho más feliz, pero  como uso Grindr, estoy sumido en la miseria. Bueno, que eso, que hay que reducir el consumo. Pensarás que es lo mismo que decirle a alguien que en vez de fumar un paquete, se fume tres al día y que eso es una mierda de recomendación. Kary, leer noticias no es lo mismo que fumar.

Ponte límites al día de, yo qué sé, 20 minutos máximo. Después, cierra el navegador, la página de noticias, tu red social de referencia y haz otra cosa. Yo qué sé, pajéate. Pero fuera, cierra todo.

Otra cosa. Vale, estamos ante algo importante e inusual. O algo de lo que te apetece estar informada. Bueno, pues en vez de leer absolutamente todo, como yo, filtra. No necesitas quince análisis diferentes sobre por qué la izquierda no sube en poblaciones medianas de la provincia de Huesca. De verdad que no lo necesitas. Yo he estado ahí, sé de lo que hablo. No lo necesito. Sobrevivo.

Elige dos o tres fuentes fiables y ya. El resto es ruido que solo alimenta la ansiedad. Y si te sientes mal porque no quieres estar en una “echo chamber”, e. d., si piensas que tú estás por encima del bien y del mal y que quieres estar objetivamente informado de todo, es mentira. No lo vas a estar jamás. Crees que eres ecuánime con todo esto, pero es mentira. Así que en el fondo da igual. No te tragues todo, pordiós.

Prioriza noticias sobre las que puedas actuar o las que son verdaderamente importantes porque te afectan en tu día a día. Eres interina y sacan en tu comunidad autonomá no sé qué proyecto de ley sobre los funcionarios porque la Unión Europea, tal. Eso te interesa y te afecta. Vale, conviene saber si tienes que hacer algo, yo qué sé. No te interesan el asunto de corrupción del día sobre ese gilipollas que se pasó la ley de costas por el arco del triunfo, construyó apartamentos en zonas inundables y ahora están desahuciando a los vecinos mientras el hijo de puta está viviendo como dios. Quizá la jueza a la que le encargan el caso no va a poder hacer nada, así que tú tampoco. Lee sobre problemas locales donde tu acción tiene un impacto real, algo que físicamente esté cerca. Lo que te afecte en tu día a día, yo qué sé la movida sobre la rotonda que te pilla de camino al trabajo y que es una cagada como un pino. Tu cerebro necesita sentir que tiene agencia.

Acepta que no puedes saberlo todo ni salvarlo todo. Suena obvio y fácil del morir, pero tu cerebro no lo acepta fácilmente. Tienes que recordártelo activamente: “No tengo que estar informado de cada horror del mundo. No soy responsable de arreglarlo todo.” En lugar de eso busca activamente noticias positivas o al menos neutras. Tu sesgo de negatividad no lo hará solo. Tienes que compensar activamente. No para vivir en una burbuja de ilustración o de buenismo, sino para equilibrar la balanza.

Y perdónate por estar jodida. La mierda que lees te afecta y piensas que no debería ser así. No es debilidad. No es que no te importe. Ya sabes lo de que tu cerebro está diseñado para el paleolítico, bla, bla, bla. Ysabes. Estás deprimido porque el mundo es deprimente. Y porque tu cerebro no tiene las herramientas para procesar esta cantidad de mierda constante sin romperse.

No es tu culpa.

Referencias

Baumeister, R. F., Bratslavsky, E., Finkenauer, C., & Vohs, K. D. (2001). Bad is stronger than good. Review of General Psychology, 5(4), 323-370.

Holman, E. A., Garfin, D. R., & Silver, R. C. (2014). Media’s role in broadcasting acute stress following the Boston Marathon bombings. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111(1), 93-98.

Seligman, M. E. (1972). Learned helplessness. Annual Review of Medicine, 23(1), 407-412.

Ward, A. F. (2021). Attention, attitudes, and action: When and why incidental fear increases consumer choice. Journal of Consumer Psychology, 31(2), 141-167.