La ansiedad categórica y las personas trans

Tu cerebro adora las categorías. Le encantan. Es su droga favorita. Hombre/mujer, bueno/malo, blanco/negro, perro/gato. Todo bien ordenadito, cada cosa en su cajita correspondiente, sin ambigüedades molestas que requieran pensar demasiado.

Y entonces aparece alguien que no encaja en la cajita de “hombre” ni en la de “mujer” de la forma que tu cerebro esperaba. Y tu cerebro, en lugar de pensar “ah, interesante, tal vez mis categorías sean demasiado simples”, hace lo que mejor se le da: entra en pánico.

Eso es ansiedad categórica: el malestar psicológico que sientes cuando la realidad se niega a meterse en las cajas mentales que tienes preparadas.

Tu cerebro es vago y las categorías son atajos

Tu cerebro no es un filósofo contemplando la complejidad del universo. Tu cerebro es un órgano que evolucionó para ahorrarte energía. Y una de sus formas favoritas de ahorrar energía es mediante categorización automática. En lugar de procesar cada elemento del mundo como único y complejo, tu cerebro dice “esto se parece a X, lo meto en la caja de X, problema resuelto, siguiente”. Es eficiente. Es rápido. Y funciona bastante bien para sobrevivir en la sabana africana distinguiendo rápidamente entre “cosa que puedo comer” y “cosa que me va a comer”.

El problema es que ese sistema de categorización rápida se aplica a todo, incluyendo a las personas. Y las personas son infinitamente más complejas que “depredador/presa” o “comestible/venenoso”. Pero a tu cerebro le da igual. Ve a alguien y automáticamente intenta meterlo en categorías: hombre/mujer, joven/viejo, amigo/amenaza, de mi grupo/de otro grupo. Y si esa persona no encaja limpiamente en las categorías esperadas, tu cerebro se pone nervioso.

No eres mala persona, pero tu cerebro interpreta la ambigüedad categórica como un problema de procesamiento que necesita resolver urgentemente.

La intolerancia a la ambigüedad no es una postura moral, es un rasgo psicológico

En los años 40, la psicóloga Else Frenkel-Brunswik identificó lo que llamó intolerancia a la ambigüedad: la tendencia psicológica a sentir malestar ante situaciones poco claras, contradictorias, o que no encajan en esquemas mentales preexistentes.

Las personas con alta intolerancia a la ambigüedad necesitan certezas. Necesitan que las cosas sean blancas o negras. Necesitan reglas claras, categorías definidas, fronteras precisas. La zona gris les genera ansiedad, incomodidad e incluso ira.

Las personas trans son, para este tipo de cerebros, ambigüedad encarnada. No encajan limpiamente en “hombre” o “mujer” según los criterios que estos cerebros consideran inmutables (genitales al nacer, cromosomas, biología reduccionista). Y ese desajuste genera un malestar psicológico automático. No es una decisión racional de “voy a odiar a las personas trans”. Es una reacción visceral de “esto no encaja en mis categorías y eso me pone ansioso y cuando estoy ansioso me pongo hostil”.

Estudios como los de Jost et al. (2003) han demostrado que la intolerancia a la ambigüedad correlaciona con eser conservador, con flirtear con el autoritarismo y el fascismo y con resisistirse al cambio social. No porque las personas de derechas sean malas por naturaleza, sino porque las ideologías conservadoras ofrecen exactamente lo que estos cerebros necesitan, o sea, certezas, tradición y categorías claras que no cambian.

Por qué “pero es que biológicamente…” es tu cerebro pidiendo una cajita

Cada vez que alguien dice “pero es que biológicamente solo hay dos sexos” o “es que un hombre no puede ser mujer porque cromosomas”, lo que su cerebro está haciendo es buscar desesperadamente una regla simple que restaure la categorización clara. Y por eso los valencianos tenemos problemas con las versiones de la paella.

A esta gente no le importa realmente la biología. Si les importara, sabrían que la biología del sexo es mucho más compleja de lo que aprendieron en primaria: personas intersexuales, variaciones cromosómicas (XXY, XYY, X0), insensibilidad a andrógenos, mosaicismos genéticos, toda esta movida… la biología real es un espectro, no dos cajitas.

Pero aceptar eso requiere vivir con ambigüedad. Requiere aceptar que las categorías son construcciones útiles pero imperfectas, no verdades absolutas. Y para un cerebro con alta intolerancia a la ambigüedad, eso es intolerable.

Así que se aferran a la versión simplificada de “dos sexos y punto” porque esa simplicidad les da la certeza que necesitan para no sentirse ansiosos. Y cuando alguien desafía esa simplicidad, no responden con curiosidad intelectual. Responden con hostilidad defensiva. No estás desafiando su comprensión científica del sexo. Estás desafiando el mecanismo psicológico que usan para gestionar la ansiedad.

El contacto directo rompe categorías

Cuando conoces personalmente a una persona trans, no como concepto abstracto, sino como Paula de contabilidad que se vuelve loca con los donuts y tiene tres gatos, tu cerebro tiene que hacer una de dos cosas:

Opción A: Ajustar tus categorías mentales para acomodar la realidad compleja de que Paula existe y no encaja en tus cajitas pero es obviamente una persona real con vida, emociones, y dignidad.

Opción B: Deshumanizar a Paula lo suficiente para que siga siendo un concepto abstracto amenazante en lugar de una persona concreta que conoces.

La investigación de Pettigrew y Tropp (2006) sobre el contacto intergrupal demuestra consistentemente que la Opción A es lo que pasa normalmente. El contacto directo, positivo, con personas de grupos estigmatizados reduce dramáticamente los prejuicios. Porque es muy difícil mantener categorías rígidas cuando la realidad concreta está sentada frente a ti comiendo donuts.

Pero eso requiere flexibilidad cognitiva. Requiere tolerar la ambigüedad de “mis categorías eran demasiado simples, necesito actualizarlas”. Y para cerebros con baja tolerancia a la ambigüedad, esa actualización es psicológicamente costosa.

Así que muchos eligen la Opción B: evitar el contacto, deshumanizar, aferrarse a las categorías abstractas. Porque mantener la certeza de sus cajitas mentales es más importante que actualizar su comprensión del mundo.

“No es odio, es incomodidad” que se expresa como odio

Mucha gente insiste: “No odio a las personas trans, simplemente no lo entiendo” o “me hace sentir incómodo”. Y mira, te lo compro. Probablemente no sea odio visceral. Es incomodidad genuina. Es ansiedad categórica. Es tu cerebro diciendo “esto no encaja y no me gusta”.

El problema es que esa incomodidad, aunque no sea odio, tiene exactamente las mismas consecuencias que el odio cuando se traduce en políticas públicas.

“Me siento incómodo, así que no deberían usar baños públicos.”

“Me genera ansiedad, así que no deberían poder cambiar su documentación.”

“No lo entiendo, así que no deberían existir en espacios públicos donde yo tenga que verlos.”

Tu incomodidad, tu ansiedad categórica y tu necesidad de certezas simples están bien como experiencia psicológica interna. El problema es cuando decides que tu incomodidad justifica limitar los derechos de otras personas. Ahí ya no estamos hablando de “tengo dificultad procesando categorías ambiguas”. Estamos hablando de “mi comodidad psicológica es más importante que tu dignidad humana”.

Y eso, quieras o no, es discriminación. Puede que nazca de la ansiedad en lugar del odio. Puede que sea un mecanismo psicológico automático en lugar de una elección moral consciente. Pero el resultado para las personas trans es exactamente el mismo: exclusión, violencia, negación de derechos.

Tu cerebro puede preferir la simplicidad. Pero la dignidad humana no se adapta a tus preferencias psicológicas.

Referencias:

  • Frenkel-Brunswik, E. (1949). Intolerance of ambiguity as an emotional and perceptual personality variable. Journal of Personality, 18(1), 108-143.
  • Jost, J. T., Glaser, J., Kruglanski, A. W., & Sulloway, F. J. (2003). Political conservatism as motivated social cognition. Psychological Bulletin, 129(3), 339-375.
  • Pettigrew, T. F., & Tropp, L. R. (2006). A meta-analytic test of intergroup contact theory. Journal of Personality and Social Psychology, 90(5), 751-783.